La era de la fragmentación

España no forma gobierno, Brasil lo deforma. Mientras en el mundo aumentan las divisiones, una pequeña aldea resiste.

En 1945, 51 países fundaron las Naciones Unidas. Hoy los miembros son 193: casi cuatro veces más. El nacionalismo que cunde en Europa torna probable que pronto superen los 200. Si una Nación es un grupo de personas que se inventa un pasado común y odia a sus vecinos, el Viejo Continente está empeñado en multiplicar pasados y vecinos.

Cuando Brasil salió de la dictadura tenía dos partidos. Hoy exhibe la legislatura más fragmentada del globo. El PT, que gobernó ocho años con Lula y desgobernó cinco con Dilma, tiene sólo el 13% de los diputados. Aún así está mejor que su contraparte argentina, el PRO, que alinea al 8% de los senadores. La diferencia es que aquí hay un partido mayoritario, el PJ-FPV, que ostenta el 54% de las bancas, mientras en Brasil necesitan diez partidos para formar mayoría. La sangüichitación en curso de los bloques peronistas es transitoria: cuando haga falta ganar o gobernar, el PJ se reunificará. En el resto del mundo, en cambio, las dinámicas de fragmentación avanzan sin frenos. Se desintegran los estados, los gobiernos y los partidos. El mundo se cae a pedazos justo cuando volvemos a él.

No era un delirio de Cristina. El analista Moisés Naim describe el fenómeno en su libro reciente “El fin del poder”. Naim afirma que el poder está cambiando de manos: de ejércitos disciplinados a bandas de insurgentes; de grandes corporaciones a ágiles emprendedores; de los palacios presidenciales a las plazas públicas. Pero también está cambiando en sí mismo: cada vez es más fácil de obtener pero más difícil de ejercer y más fácil de perder. El resultado es que los líderes actuales tienen menos poder que sus antecesores, y que la posibilidad de que ocurran cambios repentinos y radicales es mayor que nunca. La marea iconoclasta de los micropoderes puede derrocar dictadores, acabar con monopolios y abrir oportunidades impensadas, pero también conducir al caos y la parálisis. La micromilitancia kirchnerista no era una alucinación nostálgica, o al menos no del todo. Ejemplos: entre la corrupción de las élites y la indignación de las masas, España no puede formar gobierno y Brasil está a punto de perderlo. No son excepciones: países institucionalizados como Chile y Estados Unidos también están empantanados en parálisis gubernamentales. El retorno del nazismo en Europa y el ascenso de los subnormales en el Partido Republicano forman parte del mismo fenómeno: cuando la cabeza no encuentra soluciones, las vísceras toman el control.

La guerra de los Donalds contra los inmigrantes muestra que Occidente dejó atrás la civilización. “Voy a construir un gran muro en la frontera sur, y va a salir barato: haré que lo pague México”, bravuconeó Donald Trump. “No vengan a Europa”, advirtió Donald Tusk, el presidente del Consejo Europeo, a los refugiados que no tienen otro lugar adonde ir. Patoteros Donald. La diferencia es que Estados Unidos todavía se esperanza con Hillary, mientras en Europa las opciones decentes emigraron.

A la fragmentación se suma, en todos lados, la polarización. Si los fragmentos fueran pacíficos, la solución sería pegarlos con coalición. Pero cuando son incompatibles, Naim tiene razón y el poder se escurre. España tiene cuatro partidos grandes que no se ponen de acuerdo; Brasil tiene trece partidos efectivos y van a ir todos presos. En la política como en el fútbol, destruir es más fácil que construir: el restablecimiento del sistema partidario exigirá al menos dos elecciones, más de una década perdida.

Como es su costumbre, Argentina va a contramano. Pero deshonrando su tradición, avanza por el camino correcto. Después del colapso de 2001, presenciamos hoy una lenta renacionalización del sistema de partidos, argumenta la politóloga Paula Clerici. Primero fue el peronismo el que se recompuso bajo los Kirchner; hoy es el no peronismo el que se reagrupa alrededor de Macri. Divisiones tácticas no desmerecen la centralización del comando y la penetración territorial más homogénea de ambos espacios. Si Argentina consigue evitar el ajuste y la hiperinflación, sus perspectivas son más alentadoras que las del mundo al que dice volver. La grieta, por comparación con otros países, no era más que relato.

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