Después de la luna de miel

(Columna de Ernesto Calvo)

Luego de la luna de miel, la propiedad intelectual de todos los problemas es del oficialismo. Es el problema de la política: oficialismo hay uno solo.

El mejor artículo de ciencia política que nunca fue publicado llegó a mi computadora hace una docena de años: “Retrospección Ciega: la respuesta electoral a las sequías, la gripe y los ataques de tiburón”. Firmado por dos pesos pesado de la ciencia política norteamericana, Chris Achen y Larry Bartels, el manuscrito documentaba cómo los votantes a menudo penalizan a los políticos por cosas que están fuera de su control, como son las sequías y las inundaciones, las pandemias gripales y los ataques de tiburón. Es esperable, afirmaban los autores, que las crisis económicas disminuyan el voto por el oficialismo, quien es a todas luces percibido como responsable de las penurias sufridas por los votantes.

Sin embargo, cuando la mala fortuna colectiva golpea a los votantes, aun cuando no exista posibilidad alguna de que el sufrimiento sea responsabilidad de la política, alguien tiene que ser encontrado culpable. El acto de penalizar al oficialismo por hechos sobre las cuales este no tiene ningún control es denominado “retrospección ciega”. El argumento era original, interesante, una de esas intuiciones que toman por asalto a la disciplina y pasan a ser parte del elenco estable de la ciencia política.

El mejor artículo en circular de computadora en computadora, ser extensamente discutido por estudiantes, colegas y políticos, una revelación que, sin embargo, una docena de años después, sigue aun sin ser publicado. El mejor artículo de ciencia política que nunca fue publicado ha sido también parte del repertorio de mis materias por más de una década. Cada año se repite el mismo ritual, donde yo le pido a mis estudiantes que discutan en grupo y seleccionen un ejemplo en el cual todos los políticos podrían por unanimidad decir: “La verdad que en este caso no había nada que hacer”. Ningún grupo ha logrado con éxito dar con este ejemplo. Los políticos hacen carrera precisamente por su capacidad para asegurar que pueden resolver los problemas de la gente. Ante los ataques de tiburones algún empresario de la política dirá que se podrían haber puesto redes marinas como en Acapulco. Ante las sequías, mayor irrigación. Ante las pandemias, inversión en investigación y desarrollo. Es por eso que el artículo aún no se ha publicado. Es extraordinariamente difícil probar que el castigo era inmerecido y que el oficialismo realmente no podía hacer nada cuando tenemos en la vereda de enfrente a un opositor que dice: “Esto yo lo podría haber resuelto”.

En efecto, el mal humor social siempre genera atribución de responsabilidad porque cuando donde hay un problema hay también un político que dice poder anticiparlo y que busca capitalizar políticamente de los vientos y las mareas adversas. Mauricio Macri hubiera evitado el incendio de Cromañón; Guillermo Dietrich hubiera evitado la tragedia de Once y/o María E. Vidal hubiera evitado las inundaciones en Buenos Aires. Y así como los políticos opositores atribuyen responsabilidad y capitalizan del mal humor social, es difícil desde el oficialismo tratar de administrar este mal humor y redirigirlo a otros actores (al FMI, a la oposición, al sindicalismo, etcétera). Es ese inevitable desgaste político que comienza luego de la luna de miel, aquel período maravilloso en el cual todos los errores son ajenos y todos los aciertos son propios. Una lástima que el amor dure tan sólo un año, en el mejor de los casos.

Faltan tan sólo unos meses para que la culpa de la inflación sea de este Gobierno. Tan sólo unos meses para que la falta de inversión en infraestructura sea de Dietrich, para que la deuda pública sea exclusiva responsabilidad de Luis Caputo y para que la falta de inversión extranjera sea una muestra de la falta de previsión e imaginación de Alfonso Prat-Gay. Y todo político que esté dispuesto a remplazar a sus pares debe tener en claro que la cuenta regresiva empieza poco tiempo después de haber aceptado este ingrato y a veces bien remunerado trabajo. La política “sin costos” dura tan sólo un instante. Luego de la luna de miel, la propiedad intelectual de todos los problemas es del oficialismo.

En estadística política, el “costo de gobernar” es una variable que aumenta una unidad cada día que el oficialismo está en el gobierno. Junto con el pulso de la economía, es el mejor predictor del cambio de voto en EE.UU. y Europa. Cada día de los 4,000 que siguieron a la luna de miel del kirchnerismo en el 2003, conseguir votos se hacía un poquito más difícil. Como en el boxeo, cada día es un golpe al cuerpo. No te tumba pero te debilita. Ocurre porque se cometen errores pero también porque hay sequías, epidemias y ataques de tiburón. La retrospección, justificada o ciega, contribuye a que el humor de los votantes suba o a que baje.

Sin embargo, conforme pasa el tiempo, solo ayuda a que baje. Las dotes pugilísticas del Gobierno serán ahora puestas en evidencia. Son las siete plagas que acechan al emperador: la bicameral se retoba, la inflación avanza, la economía aún no despega, los gobernadores demandan recursos, la protesta sigue en la calle, la negociación con los buitres tiene un precio declarado y ese escandalete ocasional por corrupción que pone a aquel ministro contra las cuerdas y siempre aparece en el momento menos pensado. Siete plagas que tan sólo en unos meses serán exclusiva propiedad de quienes moran en la Casa Rosada y que, no importa cuánto esfuerzo o inversión sea realizada, no podrán ser atribuidas a sus predecesores. Es el problema de la política: oficialismo hay uno solo.

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