La creación de los republicanos

(Columna de Juan Radonjic)

En las primarias quedó claramente expuesta la radicalización de los candidatos conservadores en Estados Unidos.

Con una gran cantidad de primarias realizadas, no caben dudas de que la actual campaña presidencial de Estados Unidos es atípica. Hay dos figuras ajenas a las estructuras políticas tradicionales que están teniendo desempeños muy sólidos. El sentimiento contra el establishment político, originado en la frustración de muchos sectores sociales con la marcha del país, es muy fuerte y es el factor dominante de la actual temporada electoral.

En el campo demócrata, Bernie Sanders le ganó varios estados a Hillary Clinton y sigue dando batalla cuando ya se realizaron más de la mitad de las primarias. En otro contexto, Clinton hubiese sacado rápidamente de carrera a un senador por Vermont cuyo nombre conocieron muy recientemente la mayoría de los votantes. Este hecho vuelve a demostrar que, pese a su capacidad y experiencia política, no despierta entusiasmo como candidata.

En el campo republicano, Donald Trump sigue al frente en las primarias y constituye la mayor expresión de la siempre riesgosa fusión entre el mundo de las celebrities y el de la política. Pero la irrupción de Trump no es un hecho aislado sino que es la consecuencia del fastidio de las bases republicanas, que se sienten abandonadas por la dirigencia tradicional. El populismo tiene un atractivo creciente entre los votantes republicanos y el mensaje antiWashington es muy potente. La obsesión con reducir el peso del Estado y no subir los impuestos – y bajarlos, en muchos casos- se sostiene cualquiera sea el contexto económico y los problemas de los sectores medios -cuyos ingresos están estancados- no aparecen en el centro de los mensajes de los candidatos republicanos.

Hasta la aparición de Bill Clinton en 1992, que cambió el perfil del Partido Demócrata, el Partido Republicano aparecía como la expresión de la corriente mayoritaria de la sociedad estadounidense mientras que los demócratas se habían convertido – a partir de 1968- en la expresión de los intereses de distintas minorías. Pero el escenario cambió y los republicanos se han radicalizado. Han dejado de orientar su política hacia el centro para marchar hacia un conservadorismo extremo. Por lo tanto, la polarización que hay en la política estadounidense es asimétrica y difícilmente deje de serlo hasta tanto el campo conservador no asuma visiones más tolerantes y menos fundamentalistas.

Los candidatos republicanos son cada vez más radicalizados en sus posiciones. Y todos temen aparecer como tibios con sus críticas al Gobierno de Barack Obama o al sistema político tradicional porque saben que sus votantes esperan mensajes duros. Pueden diferir en las tácticas a emplear, pero no en lo esencial. Palabras como moderación, compromiso y acuerdos ya no tienen lugar en el diccionario político estadounidense. Trump, por ser el más exótico y políticamente incorrecto, ha concentrado la atención pero los senadores Ted Cruz y Marco Rubio – este último, virtualmente fuera de la carrera- también tienen mensajes muy sesgados. Sólo el gobernador de Ohio, John Kasich, escapó parcialmente a esa lógica.

¿PUEDEN FRENAR A TRUMP?

Impedir que Trump sea nominado en la Convención Republicana que se reunirá a mediados de año requerirá de un acuerdo entre los distintos sectores del partido. Pero aún así, no será fácil porque llegará a esa instancia habiendo sido el candidato más votado en las primarias. ¿Cómo hará la Convención para no respetar el mandato de los votantes?

En las últimas décadas, tanto los republicanos como los demócratas llegaron a sus respectivas convenciones con un solo candidato presidencial. Luego de las primarias, los derrotados le cedían sus delegados a los ganadores y de esa manera el partido podía transmitir un mensaje de unidad.

Hay pocos antecedentes de convenciones a las cuales se llegó con más de un postulante candidato y hubo que dirimir en esa instancia el nombre del candidato. En el campo republicano ocurrió en 1948 y, en el demócrata, en 1952. No fueron hechos casuales sino que expresaron las fuertes divisiones partidarias. Algo similar, aunque sin llegar a convenciones fragmentadas, se dio en 1976 con los republicanos y en 1972, 1968 y 1980 con los demócratas.

Lo que ocurre en Estados Unidos con el crecimiento de figuras ajenas a las estructuras políticas tradicionales y con un mensaje populista no es muy distinto a lo que pasa en otros lugares del mundo. Pero la importancia es otra. Hay quienes ven a Trump como una versión norteamericana de Silvio Berlusconi. Tal vez la comparación personal sea pertinente pero es incomparable el peso que tienen Italia y Estados Unidos en el escenario global.

Trump puede o no ser candidato y Hillary, casi con seguridad, será nominada y eso la colocará como favorita para llegar a la Casa Blanca. Pero el llamado de atención para el sistema político estadounidense –cuyas reglas de juego favorecen a la polarización- se hará sentir por mucho tiempo.

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