¿Puede Brasil volver a ser una potencia?

La época de los BRICS, IBSA y BASIC se terminó. La B ya no brilla. Y las chances de reemerger podrían quedarse en eliminatorias.

Brasil es el país del futuro”, escribió optimista Stefan Zweig; “y siempre lo será”, respondían jocosos los brasileños. Justo cuando parecía que el futuro había llegado, se cruzaron el Lava Jato y Tchau Dilma. ¿Será posible volver a emerger después de haberse hundido?

Brasil depende de sí pero sobre todo de otros.

Quinto país del mundo por población y territorio, sexto por el tamaño de la economía y primero por participación en mundiales, el gigante latinoamericano parecía imparable hace una década y lo parece también hoy. La ironía es que antes no paraba de subir y hoy no para de caer.

Como cualquier relación de poder, la política internacional tiene tres dimensiones: la coercitiva, la remunerativa y la persuasiva. El palo, la zanahoria y la palabra gobiernan desde el principio de los tiempos, y su efectividad depende de la distribución: cuánto tiene uno y cuánto los demás. Lo que uno tiene son recursos; lo que tienen los demás determina sus oportunidades y restricciones.

El futuro de Brasil como potencia depende de las oportunidades globales y de sus recursos en las tres dimensiones del poder. Las oportunidades políticocoercitivas se resumen a una: la existencia de una potencia alternativa, si no rival, a Estados Unidos. Como mostró el politólogo brasileño Júlio Cossio Rodriguez, todas las veces que Brasil alcanzó prominencia fue por el margen de autonomía que le permitieron Alemania, la Unión Soviética o China. Cuando los EE.UU. dominan solos, el protagonismo de Brasil se diluye. Esto es independiente de la voluntad de EE.UU. Durante la última década, Brasil emergió porque los BRICs crearon espacio. Con Rusia en decadencia y China en retracción, Brasil volvió a sumergirse. La única oportunidad para dar un salto adelante sería la abrupta emergencia de India.

Las oportunidades económicas determinan de qué modo se inserta Brasil en los mercados mundiales. A mediados del Siglo XX lo hacía como productor de postres: azúcar, cacao y café componían el 85% de sus exportaciones. Luego de un periodo de ilusión industrial, sus principales exportaciones volvieron a ser commodities, principalmente soja y hierro. Lo que cambió fue el cliente, antes Estados Unidos y hoy China. La retracción del dragón es la causa principal de la recesión brasileña. También en esta dimensión Brasil depende de un rápido despegue de India, el único país con escala suficiente como para remolcarlo.

Las oportunidades ideológico-normativas son más cambiantes. Todavía no está claro a qué aspira la humanidad: ¿un desarrollo más industrial o más verde? ¿Soberanía nacional o democracia global? ¿Multiculturalismo o asimilación? Durante años los modelos fueron variando entre Yugoslavia, Escandinavia y el Sur Global, pero por diferentes razones hoy todos están en crisis. En semejante contexto aumentan las dificultades para encontrar un perfil vendedor, pero también las oportunidades para innovar. ¿En qué nuevo acrónimo podría insertarse Brasil ahora que los viejos perdieron su encanto?

Los recursos políticos tampoco generan optimismo. Brasil es un enano militar, con un presupuesto consumido en salarios y jubilaciones y una logística anticuada. Su única ventaja es que las amenazas a la seguridad nacional también son nimias. Aunque diplomáticos brasileños dirigen la OMC y la FAO, las demás potencias de la región no apoyan su ambición de ingresar al Consejo de Seguridad como miembro permanente. El protagonismo brasileño en los foros globales también viene declinando. Itamaraty ya no muerde.

Los recursos económicos son menores que el mito. Con 3% de la población mundial, Brasil sólo contribuye al 1,2% del comercio global. Gigante en casa, pigmeo afuera. La reprimarización de la economía, alimentada por la asociación dependiente con China, es hoy un lastre para el desarrollo. El atraso tecnológico y la escasa innovación empeoran el paisaje. Sin una revolución productiva o la aparición de nuevos mercados para sus commodities, el futuro es opaco.

Y los recursos blandos, basados en la capacidad de seducción y atracción, se agotaron después de 16 maravillosos años presididos por Fernando Henrique Cardoso y Lula. La corrupción, el impeachment y el 7 a 1 no terminaron con el carnaval carioca sino peor: El país vuelve a ser festejado por su exotismo y ya no por su civilización política o sus hazañas sociales y deportivas.

Brasil no es un país serio, dicen que dijo Charles De Gaulle. La seriedad va en gustos, y para muchos la Francia posterior a Asterix tampoco es seria. A pesar de las crisis, Brasil sigue siendo un país maravilloso. Lo que quizás ya no será es una potencia.

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