El Presidente ingeniero

En este ciclo presidencial hay muchas novedades pero, como siempre, su éxito dependerá de la marcha de la economía.

“Esto es inmutable”, rezaba un enorme graffiti en un paredón al costado de las vías férreas del Roca a principios de la década del ‘70, firmado por un Parménides vernáculo a cuya P le agregaba abajo, la V, del Perón Vuelve de aquella época. Pero pese a la catastrófica ciclicidad argentina (en realidad más acorde con el Eterno Retorno heracliteano) siempre ha habido intentos de cambio propositivos en Argentina y también, el sistema mismo ha mutado, mucho y no siempre para mejor.

Hoy asistimos nuevamente a un promisorio intento de finalizar con esa inmutabilidad parmeniana argentina, esa tragedia griega de final ya conocido, y esta vez la promesa se inscribe autoreferencialmente en su nombre —que, dicen por ahí, es arquetipo de la cosa—: Cambiemos fue ni más ni menos que el logo electoral con que Mauricio Macri y sus socios llegaron al poder.

Doble sorpresa entonces: un Gobierno que apenas asume y se pone a cumplir con sus promesas de campaña, y que también llama la atención por la cantidad de innovaciones que ha encarado en muy poco tiempo. Claro que muchas de estas reformas distan de ser “épicas” y costaría mucho entusiasmar con ellas a mi Tía Nacha (aun siendo mi madrina quilmeña una entusiasta natural). Y, por supuesto, con las dudas que implica la doble contingencia de todo proceso de cambio: por un lado, la eficacia de la reforma —si ella va a llegar a buen puerto— y por el otro, la efectividad de la reforma —si teniendo éxito en ponerse en marcha, ella produce el efecto positivo que se buscaba o más bien genera un desastre peor o igual—.

Quizás la innovación más relevante que el Gobierno intenta imponer sea política (aunque se lo acuse de no hacer política). Siendo un Gobierno inaugural, de una fuerza que ostenta una cultura absolutamente diferente de la de las fuerzas tradicionales, en estos primeros meses el PRO no ha generado un nuevo entendimiento con “la política”, ese implícito y a veces explícito acuerdo básico que materializaron durante la democracia los dos partidos tradicionales. Los disparatados componentes del sistema político se encuentran sueltos y atienden cada uno su juego.

La apuesta del presidente Macri es aquí enorme y mucho más audaz que, digamos, la del presidente Kirchner y la presidenta Cristina Fernández, que gobernaron solos, a latigazos pero fundamentalmente a billetazos y atendiendo al esquema político heredado, pese a zamarrearlo constantemente. A lo que hay que sumarle la debilidad institucional intrínseca de un gobierno que por primera vez no controla siquiera una cámara del Congreso y que navega en un mar de gobernaciones e intendencias que no le responden, aparte de los actores sociales, hijos y entenados de la “vieja” política.

El manual diría que el Gobierno tiene que convocar a un consenso amplio social y político, pero claro, Macri lee las encuestas y se encuentra con un enorme descontento con la partidocracia y por ende descree de una institucionalidad que coloque al Presidente al mismo nivel que con el resto de los actores políticos y sociales. Como decía un prominente macrista, “por algo la gente eligió un Presidente ingenierio y no un Presidente político. Hay miedo de que esta foto contamine la relación directa que los publicistas supieron construir entre la “Gente y Mauricio”. Pero es cierto que en el Gobierno se percibe la necesidad de acuerdos: un tibio atisbo de esto fue el acto en la Casa Rosada con los empresarios a quienes se los comprometió con no echar a nadie por 90 días, de la que no participaron los sindicalistas. Además, desde el Gobierno sospechan que este “pacto” sería leído por los inversionistas extranjeros como que Macri se rindió tempranamente al “inveterado populismo argentino”. Así, el Presidente vetará en todo caso la “ley antidespidos” para demostrar una voluntad de hierro pro mercado en honor a los que tienen que hundir sus dinerillos en el país. Voluntad que no podrá torcer siquiera un Congreso adverso. Ahora ciertamente, un veto es menos gobernabilidad que el consenso que había conseguido frente a la cuestión de los holdouts, y encima no puede ponerse como ejemplo de “diálogo”. Tendríamos una semiplena prueba de que los residentes argentinos de un tiempo a esta parte tienen adicción por el “relato” a la Humpty Dumpty —cuando le aclaró a Alicia que las palabras tenían el significado que quería darle el que mandaba—.

Otra innovación audaz macrista es la de comenzar “da capo” con un Gabinete en la que se destacan mayoritariamente hombres y algunas mujeres del Presidente. Esto no tendría que ser en teoría algo extraño: en los parlamentarismos el electorado elige a los parlamentarios, y ellos al primer ministro, que tiene que armar su Gobierno respetando la coalición que lo eligió. En los presidencialismos, se elige Presidente y miembros del Congreso por separado y el Presidente elige el Gabinete que quiere.

Sin embargo, el manual de la política aconseja comenzar primero con un Gabinete de consenso, para después depurarlo ante la primera crisis, teniendo la doble ventaja de tener el Presidente una excusa para “tomar la manija” y, simultáneamente, dar la señal de una renovación total. Alfonsín se cargó a los miembros de la UCR tradicional en 1985 y la Coordinadora tuvo más poder; Menem encumbró a Cavallo contra la carpa y toda la fauna ictícola de sus primeros tiempos erráticos; De la Rúa se cargó a Chacho (y al país); Chirolita Kirchner a Chasman Duhalde a los dos años; Cristina Fernández a los old penguins, entronizando a los imberbes camporistas (2nd edition).

Salvo los cuatro jinetes que dicen ser radicales, el Gabinete de Macri es “puro” de entrada; de allí, la pregunta de sí, ante una crisis y agotada ya la cantera del Newman, a quienes convocará el Presidente. Los miembros relegados de la coalición se entusiasman con que les toque a ellos.

La tercera gran innovación es la de un Gabinete de CEO´s en vez de un Gabinete de Ministros. El proceso de decisión se convierte en un proceso de gestión con responsables, monitoreo y programas específicos. Son los responsables del tablero de control dos profesionales muy respetados en el ambiente empresario como Gustavo Lopetegui y Mario Quintana, que se conocen desde sus primeras armas en la consultora McKenzie, y que desde jóvenes mostraron vocación por la gestión pública. Pero, de nuevo, se intenta cambiar una cultura administrativa centrada en los ministros por una gestión moderna y por resultados, desde el primer momento que se pisa la administración en un contexto incierto.

Muchos dicen que el problema de todas estas innovaciones es que el macrismo ha abierto todos los frentes a la vez y sin demasiadas municiones. Otros, directamente descreen de las innovaciones. Como siempre en Argentina, el éxito de ellas dependerá del contexto general de la marcha de la economía¬. Y aquí la historia de las innovaciones que han quedado dicen que ellas han podido imponerse desde arriba en el cesarista momento de la crisis, o en el cesarista momento de la abundancia. Intentar esto en un contexto que no es ni uno ni el otro es quizás la innovación más difícil que intenta Macri.

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