El mantra del segundo semestre

Las promesas oficiales de un repunte de la economía parecen soslayar a “letra chica” de las estimaciones optimistas que llegan de afuera.

El presidente Mauricio Macri y su jefe de Gabinete, Marcos Peña, fijaron la consigna que desde el Gobierno se repite como un mantra; sea para calmar los ánimos, o para infundir optimismo: en el segundo semestre habrá pasado lo peor y se empezarán a ver los efectos favorables del reordenamiento, el sinceramiento o el ajuste –según se prefiera– de las principales variables económicas. Mientras adentro se hacen oír las críticas por la caída económica, los despidos y la inflación, los mayores aplausos siguen viniendo del exterior. El último Informe del FMI alaba la “ambiciosa transición” que –estiman– permitirá reducir la inflación, contener el déficit público y reinsertar a Argentina en los mercados internacionales. Más heterodoxa, la secretaria ejecutiva de la CEPAL, Alicia Bárcena, opina también positivamente sobre el cambio de ciclo y afirma que la liberación del cepo cambiario, la eliminación de las retenciones y el reacomodamiento de precios relativos en cuanto a tarifas, han generado un impacto auspicioso para el acceso al financiamiento externo. Todo esto, como lo indica el manual, debería generar un aumento de la inversión, el crecimiento y el empleo… pero en el 2017. Mientras tanto, hay que pasar el invierno. Ocurre además que los elogios vienen con letra chica: el mismo informe del FMI advierte que América Latina sigue en recesión por segundo año consecutivo. No sólo eso: también compara el desplome con el producido durante la primera gran crisis de la deuda de 1982-1983, lo que da cuenta de la enorme resaca que sufre la región luego del ciclo en que no mucho tiempo atrás deslumbró con crecimientos del 5% promedio. Muy lejos de aquellos días de abundancia, el FMI prevé para este año una caída del PBI del 0,5%. Brasil, Venezuela, Argentina y Ecuador, aunque con fuertes diferencias entre ellos, concentran las razones de este drástico cambio de tendencia. En un ambiente mundial donde la recuperación avanza cuesta arriba, la caída de precios de las materias primas y la vertiginosa crisis del petróleo actuaron como detonantes. Pero no agotan la explicación. Desde la CEPAL reconocen que se requiere un esfuerzo coordinado con los países desarrollados para que haya un mayor estímulo fiscal y monetario a la inversión, y como los países superavitarios también se están ajustando, el espacio que les queda a los deficitarios se reduce. El FMI alerta sobre el riesgo de creer que la recesión afecta por igual a toda la zona y advierte que gran parte de la implosión se debe a la caída de unas pocas, pero significativas piezas del tablero. Entre ellas, lógicamente, destaca la crisis de Brasil, con su clase política minada por la corrupción, una presidenta desplazada y bajo juicio político, un gobierno provisional con baja credibilidad y una economía que se muestra incapaz de frenar la caída y repite números negativos (-3,8). En esta combinación de fragilidades macroeconómicas y yerros políticos, Brasil es superado largamente por Venezuela, el ejemplo de todos los males para los organismos financieros internacionales. Ahogada en una hiperinflación que llegará al 720% a finales de año, su recesión (-8%) es la mayor de Latinoamérica y las condiciones económicas no dejan de deteriorarse, con distorsiones políticas y desequilibrios fiscales que siguen sin resolverse. Y al lote agregan a Ecuador, con un descenso del PIB de 4,5%, Lo que puede sorprender es que, aún habiendo hecho los deberes y aparecer como la nueva estrella en escena, también Argentina forma parte de este grupo de países que lastran la economía de la región, con una caída de un punto. Es indudable que el efecto Macri suscita expectativas favorables, no sólo al FMI, también a otras agencias, como el BCIU, la oficina de diplomacia comercial paralela de EE.UU., que alaban las medidas para reactivar la inversión y la competitividad. Ellos estiman que el cuadro continental puede empezar a mejorar, pero no en lo inmediato. Para 2017, el FMI prevé que la recesión ya habrá acabado para Latinoamérica, gracias al empuje de México, América Central y el Caribe, siguiendo los pasos de Estados Unidos, en plena expansión. Pero para el hemisferio austral asumen que el panorama es más complejo y sólo se podrá salir del atolladero “cuando hayan resuelto sus desafíos internos”. Unos retos que en el caso de Brasil y Venezuela aún siguen sin despejarse y que, por supuesto, afectan a nuestro país. Por eso, resulta conveniente leer detenidamente la “letra chica” de tanto beneplácito con la apertura argentina. La CEPAL, otra vez, advierte que el desafío de incentivar la inversión y la productividad no es de cada país sino regional. No es la primera vez que Argentina, por demorar tanto en la estación, se sube a un tren de la historia que ya ha cambiado de rumbo y sin el equipaje y abrigo necesarios. La creencia en que con la sola apertura comercial fluirán inversiones productivas no se corresponde con la desconfianza que despierta el discurso del libre mercado, las derivas proteccionistas y los estándares que se le exigen a una economía para ser verdaderamente competitiva en materia de equidad social, sustentabilidad ambiental y seguridad jurídica. Por lo demás, el recuerdo de la crisis de la deuda de 1983 por parte del FMI le hace flaco favor a Macri, preocupado por evitar a toda costa encontrarse con situaciones como las que debió enfrentar entonces Raúl Alfonsín, apremiado por los compromisos externos y condicionalidades crediticias, con el Senado en contra y el peronismo y la CGT capitalizando el descontento y la protesta social.

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