La pureza y la prisa

La estrategia modernizadora en la cuál está embarcado el Gobierno puede fracasar por su apresuramiento.

En política, cosas nimias pueden tratarse como importantes -en la ausencia de noticias realmente relevantes-: en las horas que pasaron, el Gobierno vetó una ley inocua sobre un problema que dice que no existe (el desempleo), aunque facilitó su aprobación para evitar que otra ley en el mismo sentido, mucha más cara para el Estado, fuera aprobada la semana entrante. En síntesis, un enorme dislate de todos y todas, en un juego de abalorios inútil, cuando se juega la suerte del desarrollo del país. Todo esto, a pesar que el manual de best political practices aconseja que, en momentos como este, es bueno que las fuerzas partidarias consensúen políticas de Estado (pero éste parece sólo regir para la economía y la gestión).

Por eso –si me disculpan los politólogos– quiero salir esta vez del coyunturismo espurio y volver a mi primer amor, el pensamiento político (aunque pienso que no van a ser los colegas enfadados por mi infidelidad sino los filósofos los que me van a sugerir que mejor siga probando suerte con la ciencia política). La idea aquí no es pasar a “verdades más importantes” (que no tengo la menor idea cuales son y cómo pueden saberse) sino cambiar un poco de aire, para volver en breve a internarnos en la brutal lógica del diario acontecer.

Comienzo entonces: Carl Schmitt tiene una mal ganada fama en los círculos liberales porque fue tanto el jurista de Adolf Hitler como el más implacable crítico de la democracia parlamentaria. Para él, si lo ético se definía en la relación bueno/malo y lo estético en el par lindo/feo, la esencia de la política quedaba definida en la relación amigo/enemigo. Esa que alcanzaba su máxima expresión e intensidad en la situación definida por su famoso diktum: “Soberano es quien decide en el Estado de Excepción”. Si algo hacía el liberalismo para Shmitt era neutralizar esa esencia política, permitiendo a los poderes indirectos (partidos, corporaciones) jibarizar al Estado, abriendo precisamente la puerta a la crisis.

Como tantas veces sucede, de ser admirado en los círculos católicos conservadores, Carl Schmitt pasó a ganar notable ascendencia sobre la gauche champagne, y no solo por eso de que el “enemigo de mi enemigo es mi amigo”. Dada la finesse de su pensamiento, de él puede decirse lo que Peter Sloterdijk en su muy recomendable Sin salvación afirmó de otro ilustre compañero de ruta nazi, Martín Heidegger: “Podrá haber sido, como muchos de los espíritus de primera fila que en la República de Weimar tomaron la palabra, un desertor de la modernidad, pero en igual medida fue también su diagnosticador, cuyas ideas hacían referencia a condiciones personales, regionales y de época. Por eso será, a mi parecer, por tiempo indefinido el aliado lógico de aquellos cuyo pensamiento se rebela contra la trivialización de lo inmenso”.

En el crepúsculo de su dilatada carrera y su longeva existencia, Schmitt en sus obras Mar y Tierra y fundamentalmente El Nomos de la Tierra volvió su atención sobre las relaciones internacionales. En la misma línea de Heiddeger y Max Weber consideró a la modernidad definida por la irrupción y el dominio de la “racionalización técnica”, impulsada fundamentalmente por las nuevas potencias mundiales–donde tanto los Estados Unidos como la Unión Soviética tomaban la posta dejada por Inglaterra–.

En su tan polémica como sugestiva interpretación del Leviathan, de Thomas Hobbes, Schmitt había considerado que esas ideas solo se habían realizado parcialmente y en la Europa continental, en donde se constituyeron Estados burocráticos bajo el signo de la legitimidad barroca (lo que el mismo Hobbes había simbolizado con el monstruo bíblico terrestre Beemoth). En cambio, en su país natal, Inglaterra, contra lo preconizado por Hobbes, el monstruo marino Leviathan se había erigido dominante del Mundo pero sin un aparato estatal, fragmentándose en su vocación por el comercio, difuminándose la frontera entre los poderes políticos directos y los económicos e indirectos, apoyada en la aristocrática Royal Navy y los corsarios que robaban privadamente para la Corona. La conquista del mar, esa superficie indistinta y sujeta a la técnica anunciaría el pronto dominio del aire y de allí, sin escalas el del cyberspace de la actual economía globalizada en la que reina las finanzas globales.

Relegados quedarían los “estados territoriales” de la Europa continental, sumidos en sus particularidades y al pretender ensanchar sus fronteras a costa de los demás y desatarían la guerra total. Manuel Mora y Araujo siempre ha sostenido que los problemas de la Argentina anticipan los que sufrirán luego los países más avanzados. Lo decía en los ´70, a propósito de la crisis del Estado interventor vernáculo, que preanunciaría el fin del Estado de Bienestar. Luego la crisis de 2001 anunciaría la Gran Crisis Capitalista del 2008. Y sin forzar las cosas, podría decirse que la cruzada que se ha propuesto Mauricio Macri de modernizar el Estado y convertir a los sujetos sociales en agentes económicos autónomos pretende hacer como que el futuro ya llegó y que todo lo que es tejido muerto, es fácilmente removible.

Macri aparece, paradójicamente, como un político por vocación (en donde prevalece su ética de la convicción, antes que la ética de la responsabilidad) que, sin embargo, quiere terminar con todos los políticos ya sea por vocación o por profesión. Políticos que bajo su óptica, se han convertido en los aliados de la marginación, de lo territorial, viviendo consecuentemente en el pasado.

Visión maximalista que, en primer lugar, no considera que la política (la buena y la mala) es esencialmente territorial, que de aquí a lo que alcanza a ver la vista histórica, seguirá habiendo actores y organizaciones políticos, junto con medios de comunicación, y opinión pública. Y que ellos son vitales para que la savia de las decisiones públicas llegue y haga efecto.

Y en segundo lugar, su vocación tiene el problema de no llegar quizás a alcanzar la potencia suficiente como para ser realizada en el plazo de lo urgente, como se lo pretende. La estrategia modernizadora puede, entonces, fracasar por atolondrada, cuando en política, si no se tiene el sumo poder, la única forma de avanzar es haciendo coaliciones, acuerdos con los actores que, sin ser tan puros y por los motivos que sean, quieren acompañar el proceso, con sus condiciones y sus límites.

Por algo, en El Nombre de la Rosa de Umberto Eco ante la pregunta de su ayudante, Adso de Melo ¿qué es lo que más le aterra de la pureza?, el franciscano Guillermo de Barskerville contestaba “la prisa”.

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