Sincericidios simétricos

La idea de que la corrupción y la desigualdad son inherentes a la política democrática acerca los argumentos populistas y tecnócratas.

Casi en simultáneo, desde dos veredas aparentemente enfrentadas del escenario político nacional se expusieron argumentos que, por su crudeza y frontalidad, suscitaron variadas reacciones y comentarios. El periodista kirchnerista Hernán Brienza escribió que “la corrupción democratiza de forma espeluznante a la política”. Y el economista liberal Javier González Fraga explicó que gran parte de los problemas económicos actuales derivan de “haberle hecho creer a un empleado medio que su sueldo servía para comprar celulares, plasmas, autos, motos e irse al exterior”.

Brienza sugirió que la corrupción en el gobierno tiene más probabilidades de aumentar cuando no gobiernan los ricos y se llevan adelante políticas que benefician a las mayorías. Esto ocurriría porque “sin la corrupción (solo) pueden llegar a las funciones públicas aquéllos que cuentan de antemano con recursos para hacer sus campañas políticas. Sólo son decentes los que pueden ‘darse el lujo’ de ser decentes. Sin el financiamiento espurio sólo podrían hacer política los ricos, los poderosos, los mercenarios, los que cuentan con recursos o donaciones de empresas privadas u ONG de Estados Unidos”.

Por su parte, González Fraga explicó que “venimos de doce años en donde las cosas se hicieron mal. Se alentó el sobreconsumo, se atrasaron las tarifas y el tipo de cambio”. De acuerdo con esta visión, el gobierno de Mauricio Macri está trabajando en una plataforma que generará el desarrollo sustentable, pero tardarán en cosecharse sus frutos para la clase trabajadora, que vivió una “ilusión” durante el kirchnerismo. Fueron estafados una vez más, y ahora hay que pagar los platos rotos, los costos de esa fiesta. Hacerse cargo de “la pesada herencia”. Otro veterano analista económico, Juan Carlos De Pablo transita por el mismo andarivel al explicar que “la herencia que dejaron es escandalosa. El usuario de energía eléctrica pagaba el 10% del gasto de generar y distribuir energía. Te triplico la tarifa y todavía estás en el 40%”. En otras palabras, todavía no se ha hecho un verdadero ajuste.

Ambos análisis parecen compartir la caracterización del ciclo kirchnerista y sus políticas, aunque unos las reivindiquen y otros las critiquen. Pero también coinciden en su concepción elitista de la política, en conformidad con el sesgo delegativo que adquiere la representación democrática: gobiernan las elites, y el pueblo les delega su poder soberano para que hagan lo que consideren más adecuado, según su saber y entender. En eso coinciden el elitismo populista y el elitismo tecnocrático. Lo importante no es si son honestos o corruptos sino para quién gobiernan y quiénes se benefician con sus políticas. Lo que importa es lo que “se le hace creer a la gente”, no la consistencia entre lo que se dice y lo que se hace en el ejercicio del poder. No podía faltar en esta confesión de partes el aporte de Guillermo Moreno, señalando que Macri es peor que Videla, quien “tiraba a nuestros compañeros al mar, pero no se metió con el precio de la comida”.

Lo que queda en el camino –los controles republicanos, la rendición de cuentas, la transparencia y la participación ciudadana– es para los discursos y las tribunas. Recursos de lenguaje subordinados a la premisa mayor: “las reformas”, “el proyecto” o “ el modelo”. Por eso, para Brienza la denuncia de la corrupción es una máscara que encubre la lucha de una elite contra la otra. Sostiene que se trata de una operación mediática más: “Denunciemos al gobierno que se fue que es más barato y sin riesgos y seamos cómplices del nuevo gobierno que, todavía, tiene poder para lastimarnos”. Una operación de la que, obviamente, “también participa el Poder Judicial en sus vaivenes entre la impunidad y la injusticia”. Que quienes venían a gobernar en beneficio de las mayorías se hayan enriquecido de manera cuanto menos opaca resultaría así accesorio en función de la finalidad ulterior en la que habrían estado empeñados. Vienen a contarnos ahora que “la corrupción está íntimamente ligada al financiamiento de la polí- tica”. Que “quién no tiene recursos, no puede hacer política; ni acá ni en Estados Unidos”. ¿Qué hicieron durante doce años para cambiar ese funcionamiento? ¿Utilizarlo en beneficio propio?

Respecto del otro argumento, no se puede acusar de deshonestidad intelectual a quienes vinieron advirtiendo a lo largo de los últimos años sobre las consecuencias de subir el fuego debajo de la olla a presión, negar las señales de alarma, desequilibrios y déficit de la economía y colocarle cepos –en lugar de adecuadas regulaciones– a los mercados. La gente votó como votó y el rumbo que se tomó fue aquel que resultó de la decisión colectiva de los argentinos. Lo que resulta más discutible y controvertido es que se les haga pagar los costos a quienes se beneficiaron de aquel “derrame” con la misma inequidad distributiva con la que se repartieron premios y castigos en los tiempos de bonanza. Lo escandaloso no fue que las clases medias pudieran comprar celulares, plasmas, electrodomésticos y pegarse unos viajes al exterior (Plata dulce, II parte).

Lo escandaloso es que aquello haya sido presentado como un modelo de crecimiento con inclusión social mientras se generaban ganancias extraordinarias que fueron dilapidadas por políticas de subsidio al consumo, se desatendían el ahorro, el crédito y las inversiones en infraestructura y servicios y se mantenían las desigualdades en el acceso a las oportunidades y bienes. No contemplan estos argumentos que es precisamente la corrupción y la desigualdad las que provocan el fracaso de las políticas, sean éstas populistas o neoliberales, adecuadas o inadecuadas, correctas o incorrectas. Se trata, en definitiva de una cuestión ética, pero también ideológica y, en definitiva, de puro pragmatismo.

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