Visiones geopolíticas, fijaciones retóricas y matrices corruptas

El acercamiento a la Alianza del Pacífico soslaya la significación de una “visión bioceánica”. Y, otra vez, se olvida a la Patagonia.

La incorporación de Argentina como miembro observador al Tratado del Pacífico abrió un nuevo capítulo en el debate sobre la política exterior, en el que se reproducen las posturas encontradas sobre nuestra inserción internacional. De un lado, quienes la enmarcan en la apertura comercial y la búsqueda de nuevos mercados como parte de la “reinserción argentina en el mundo”; del otro lado, quienes la endosan al realineamiento con Washington y el apartamiento del proceso de integración regional. Juan Gabriel Tokatlian (“Contra una política exterior binaria”, La Nación, 10/6) y Julio Burdman en estas páginas (“Menos desarrollistas?¿O diferentes?, el estadista 143), advirtieron sobre el riesgo de aferrarse a las lecturas pendulares y las conjunciones disyuntivas.

Pero lo que prevalece es la política de la gestualidad y la retórica de los cambios drásticos allí donde lo que se observa, yendo detrás de la escena y acercando más el foco, son continuidades y recurrencias cíclicas. Como parte de esas continuidades, en este caso, está la distancia entre lo que la política discursiva dice y declama y lo que la geopolítica y los comportamientos muestran. El hecho es que Argentina ingresa como país observador en la Alianza del Pacífico que integran Chile, Perú, Colombia y México. De los cinco integrantes del Mercosur ya son observadores Uruguay y Paraguay. La decisión, por el momento, es simbólica y los símbolos, se sabe, abren los abanicos interpretativos. La condición de país observador no cambia la estructura de unión aduanera del Mercosur ni elimina su arancel externo común. Aun sus crí- ticos más lúcidos reconocen que el Mercosur y la Alianza del Pacífico ya venían acercándose en los últimos años.

Pero el paso de Macri es interpretado –por defensores y críticos– subrayando su carácter disruptivo. Entonces se recuerda que se trata de la primera iniciativa diplomática de peso sin Brasil desde que la Argentina de Carlos Menem decidió sumarse a la coalición liderada por los EE.UU. en la Guerra del Golfo de 1991 y luego, 1998, cuando se incorporó como aliada extraOTAN. Se trataría, de tal modo, de un nuevo alineamiento con Washington, la restauración del proyecto del ALCA, acuerdo de librecomercio que interrumpieron en la Cumbre de Mar del Plata, noviembre de 2005, Néstor Kirchner, Lula da Silva, Hugo Chávez, Nicanor Duarte Frutos y Tabaré Vázquez. Al enfatizar la disyuntiva “Mercosur o AP” se soslaya la vinculación entre ambos así como la evidencia de las propias debilidades estructurales que, sumadas a la crisis de Brasil y la catástrofe venezolana, llevaron al estancamiento del proceso de integración sudamericana con el formato y los contenidos que tuvo en la última década. Como señala Tokatlian, es la fuerza del pensamiento binario: oscilamos entre el “latinoamericanismo” y el “suramericanismo” como si no fuera posible concebir una diplomacia de círculos concéntricos que se suceden, amplían y yuxtaponen. Una perspectiva estratégica más abarcadora explica el acercamiento al Pacífico como parte de una visión “bioceánica” en la cual el Mercosur y Brasil siguen siendo socios prioritarios, aunque las dificultades económicas y políticas de Brasil y el retraso en el acuerdo MercosurUE alientan a Argentina a dar estos pasos con mayor protagonismo del sector privado y en la búsqueda de inversiones.

Del lado oficial también hay una brecha entre la descripción del horizonte y el camino a recorrer. Por caso, una visión bioceánica de la inserción regional que vincule al Mercosur y la AP –“convergencia en la diversidad”– no debería desentenderse, entre otras cosas, del desarrollo patagónico. ¿Qué hay de nuevo en materia de integración físico territorial a escala nacional y binacional?

Hace treinta años, Raúl Alfonsín anunciaba el proyecto de traslado de la capital a Viedma, con el objeto de descentralizar el poder político y económico del país, y al mismo tiempo, fomentar nuevas corrientes migratorias hacia el sur argentino: “Tenemos en la Patagonia uno de los espacios vacíos más dilatados  del planeta y esto hace, en cierta forma, vulnerable a nuestro país. Y la paradoja es que tenemos en la  Patagonia riquezas sin fin, riquezas energéticas,  riquezas ictícolas, riquezas en la  precordillera, que permitirían utilizaciones para la actividad agropecuaria, riquezas en cuanto a las posibilidades de explotación del turismo”, decía. Los altos costos del proyecto, la falta de apoyo y la crisis económica que sobrevino pronto dieron por tierra con esa utopía –o quimera– de los primeros años de la recuperación democrática, cuando todo estaba por hacerse.

Desde entonces, se acumularon ambiciosos trazados y planes estratégicos, conformaron comisiones de estudio, dispusieron millonarios presupuestos, anunciaron faraó- nicas obras y cometieron cuantiosos negociados y desfalcos. Mientras las rutas del dinero K dejan en evidencia por qué poco y nada se hizo para desarrollar obras de infraestructura durante el período de mayor crecimiento económico sostenido que registre el país en su historia contemporánea, el Gobierno piensa en el Plan Belgrano para el desarrollo del NOA y su principal anuncio de obras públicas –la extensión de la red de autopistas nacionales– refuerza estos desequilibrios y atiende las zonas y corredores con mayor circulación y actividad. “Hay que hacer un esfuerzo nacional para lograr realmente este desarrollo postergado en  una zona que aparece como pobre cuando en realidad está empobrecida pero con una  riqueza potencial realmente importante”, decía entonces Alfonsín. El mapa sigue siendo el mismo.

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