Tiempo de resaca

El kirchnerismo esperaba una explosión social contra el Gobierno pero enfrenta una explosión moral en SU contra.

El peronismo hoy está viviendo su 2001. A la derrota electoral se le suma el creciente escarnio en la opinión pública por la megacorrupción cuya fisonomía grotesca aflora incontinente por estas horas. Es el mismo peronismo el que sabe que resulta en vano tratar de circunscribir el foco de infección al kirchnerismo, tanto como es en vano que el kirchnerismo quiera parar el tsunami de indignación popular circunscribiendo el enriquecimiento ilícito a unas pocas “manzanas podridas”.

El kirchnerismo duro, que soñaba con un estallido social fulminante que los devolviera al poder más temprano que tarde, enfrenta ahora un estallido moral. Y al peronismo, en su conjunto, le es muy difícil constituirse como oposición organizada, tanto como partido como así también en sus personalidades individuales. La jefatura de José Luis Gioja aparece como un expediente de circunstancias que no alcanza para intentar siquiera reagruparse. Les falta el Antonio Cafiero del ´85 y Sergio Massa, astutamente, no tiene intenciones de subirse al barco escorado pejotista, sujeto a vapuleo mediático y oficialista.

Muy pocos de los mandamases vernáculos están libre de culpa. Pero la defensa del kirchnerismo de decir como Proudhon de que “la propiedad es un robo” y sin embargo, pasándosela comprando propiedades, o que junto con Bertold Brecht diga que “robar un banco es nada comparado con fundar un banco”, lo único que genera es autoincriminarse aún más. En un capitalismo estadocéntrico como el argentino, el dinero corrupto no puede haber venido sino del Estado. Ha sido “retorno” más que “mordida”.

Ya todo el mundo habla de que la “corrupción es un sistema”. Y ciertamente, la variante capitalista que se da por estas playas no ayuda a la probidad. La actividad económica depende del gasto del Estado (lo está comprobando este Gobierno). Es una economía que vive alrededor de la producción de billetes de El Estanciero -o el Monopoly, para los imberbes extranjerizados-. Y que entra en crisis cuando masivamente a los argentinos se les ocurre cambiarlos por “verdes” ya sea en billete o en especies.

A la redistribución horizontal se le suma la vertical: el dinero del Estado, se reparte entre los Estados –provinciales y municipales– que en su gran mayoría dependen de esa savia. Pretender que pasemos a tener una sociedad anglosajona de un día para el otro es quizás la utopía más alucinada desde los tiempos de esa cruzada delirante e inoperante que fue el montonerismo (a la que le siguió la hipercruzada asesina del Proceso, devorador de sus propios hijos).

En la sombra de nuestros ancestros culturales celtíberos y peninsulares, es toda una confesión de parte, que no tengamos en nuestro léxico traducción de esa palabra decisiva del control político que es la de “accountability”. Y es propio también de economías que dependen de un solo sector competitivo, que sean más propensas a la corrupción que otras (máxime cuando no hay un establishment social “rector”, cosa que por un lado habla bien de nuestra configuración más “democrática”, pero por el otro, ha sido factor de inestabilidad cíclica permanente).

Una cultura estatista, una economía basada en commodities y consumo, un sistema político destartalado, una estructura política de país institucionalmente centrada en el intercambio de recursos económicos por apoyo político llevó a que todo estuviese preparado para que, ante una etapa de vacas gordísimas, Argentina entera se haya desmadrado. Que un concejal de un pueblo anduviera en un Audi Q no podía ser cosa normal, como tampoco podía serlo que alguien, solo con un talonario de facturas, avanzara varios casilleros en la carrera por el ascenso social.

El país entero, y el peronismo en particular, oficialismo durante la década ganada, se siente con la resaca propia de una fiesta llena de excesos, y hoy no puede mirar a la misma sociedad a los ojos, esa misma sociedad que le permitió todo.

La gran pregunta es cómo sigue esto. Si la política ha quedado en la línea de fuego, los que siguen son los jueces federales, que debieron administrar Justicia y no lo hicieron. Los medios no pueden sino asociarse al sentimiento y deseo de venganza de “su” sujeto histórico que es la “gente”, sobre la que se acaballa esa forma de hacer política diciendo que no se hace política, autodenominada “nueva política” (y eso, a pesar de que también su poder económico lo construyeron en este país estatista y con pingües negocios con el Estado).

Y lo más peligroso es que con un sistema político, ya no fragmentado, sino atomizado, sin siquiera el dinero para coordinarlo, vastos sectores queden al garete, siendo potencialmente seducibles por cualquier irrupción mesiánica. Antonio Gramsci decía que no hay situación más peligrosa en política que la de una crisis orgánica de las fuerzas políticas, cuya descomposición siempre puede ser aprovechada por un capo carismático.

Sin instituciones ni organizaciones, todo depende de que la regeneración sea acompañada por la recuperación económica (cosa, que como sabemos, lamentablemente no están causalmente relacionadas). Crucemos los dedos.

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