El estallido del segundo semestre

Macri enfrenta el dilema de todo gobierno no peronista: defender su base social de apoyo o arriesgarse a más conflictos.

No hubo estallido de las inversiones, como anunciaba el macrismo. No hubo estallido social, como anunciaba el kirchnerismo. Hubo, en cambio, estallido moral, impulsado por la indignación de la gente. La imagen de José Lopez, arrojando bolsas de dólares por sobre el muro de un convento conurbano ha pasado a formar parte del acervo fantástico argentino, repleto de situaciones surrealistas, a punto casi de tener que invertirse la fórmula de Alejo Carpentier. Aquí en vez de realismo mágico, tenemos magia realista, porque la cotidianidad misma ha pasado a ser irreal y solo es matizada por atisbos de realidad que nos indican que no estamos soñando.

Falta mucho para que el Presidente se haga cargo del Estado (primero debe reconstruirlo). Falta bastante para que se haga del Gobierno (en donde todavía pululan cuadros kirchneristas, y no en posiciones menores). Falta, incluso, de que se haga cargo de la gestión, el caballito de batalla PRO, ya sea porque a los funcioCEOs les falta gimnasia operativa pública, se la pasan cometiendo gaffes y tienen miedo de firmar cosas que les comprometan su abultado patrimonio, ya sea porque se han propuesto de modo no muy oportuno cambiar el sistema mismo de administración pública. La Presidencia de Macri evidencia una paradoja; se presenta como un gobierno ABL, abocado a gestionar, pero las fallas hasta ahora son fundamentalmente de gestión. Tiene que dejar atrás su inercia municipalista y minimalista y empezar a pensar en grande.

El macrismo enfrenta las consecuencias de la subestimación de la herencia recibida y la sobrestimación de las capacidades propias. Pero lo cierto es que pasándose a una economía de expectativas (a diferencia de la kirchnerista, que funcionaba rompiendo los bolsillos de la gente a fuerza de enchufarle billetes de El Estanciero) las señales que quedaron instaladas incentivaron a la retracción y la desconfianza, antes que al consumo y el optimismo.

El kirchnerismo, aun fuera del poder y boxeando desde el piso -tal su estilo rabioso- pudo difundir la imagen de miles de despidos en la administración pública que nunca fueron tales (salvo el de los contratados a último momento), pero que generó el clima de que el neoliberalismo duro había llegado para recortarlo todo. Súmese a eso un tarifazo en los servicios públicos tan necesario como mal comunicado y tremendamente mal procesado –que convierte a los errores de CFK con la 125 en una simple distracción-. Y Last but not the least, el mantenimiento del déficit nominal combinado con un parate real del gasto público por sentarse arriba de las facturas y no agilizar licitaciones, y la recesión queda más que explicada.

Los socios radicales le advirtieron desde el triunfo electoral mismo al Presidente y a sus hombres de confianza que era necesario hacer un dramático inventario de la situación heredada. La tesitura del gurú PRO, Jaime Durán Barba se opuso, en la confianza de que así como Macri había llegado al poder gracias a la comunicación de la alegría, podía gobernar del mismo modo, solo ocupándose de las buenas noticias. La llegada de capitales permitiría enfrentar a la transición sin problemas y sin necesidad de un ajuste mayor ni de persecuciones judiciales.

Eso no sucedió de ninguna manera, sino todo lo contrario, y con la mufa en aumento, llegó el estallido moral salvador de la mano de la gente antes que por la operación de jueces, gobierno y medios. Da la impresión de que nadie comanda el mani pulite argentino, porque no hay manos limpias que puedan usufructuarlo (salvo Lilita -CromwellCarrió) y que las cosas suceden pese a que ninguno de los de arriba quiere finalmente que todo cambie de verdad.

EL LUGAR DE LA ECONOMÍA

Lo que queda cada vez más claro es que la recuperación económica (que quien sabe si comenzará antes de que se inicie la carrera electoral por la renovación parlamentaria el año que viene) no se dará por los dinerillos ahorrados por la lucha contra la corrupción, ya que al caerse los ingresos por la falta de actividad económica, el déficit sigue galopando alto. Tampoco la recuperación se deberá a la llegada de ingentes inversiones, ya que ellas jamás llegan para sacar a un país de la recesión (sino, no habría países en recesión). El fly to quality de ellas siempre se da sobre seguro.

La recuperación se dará en cambio por el efecto de los motores tradicionales utilizados profusamente por el kirchnerismo en todos estos años de economía anabólica: licitaciones de obra pública y dinero depositado en los bolsillos de esos cajeros con piernas que son nuestros queridos abuelitos (que no se ahorran nada y se gastan todo por razones de carpe diem). A lo que se sumará algo todavía más paradójico en esta Argentina indignada por la corrupción: la llegada de la black money gracias al blanqueo. Todo esto, obviamente, con un ojo puesto en la inflación.

Al Gobierno le toca enfrentar un escenario diferente al que le ha tocado a las anteriores administraciones presidenciales en su inauguración: enfrenta una etapa de vacas flacas (comparada con la “exuberancia irracional” de los últimos años de la fiesta K) pero no cuenta ni con una crisis anterior que le legitime el tomar decisiones drásticas ni tampoco enfrenta un horizonte de crisis terminal a la vista. Cuestión que por un lado lo obliga a idas y vueltas y a negociaciones continuas, especialmente al carecer de mayorías parlamentarias y, por el otro lado, enfrentar a una mayoría de gobernadores e intendentes bonaerenses peronistas. Sin embargo, este escenario sin crisis le permite al Gobierno macrista el encarar por primera vez en la historia de la nueva democracia argentina un cambio de modelo económico sin un cataclismo económico y social que haga perder lo avanzado en el pasado y más bien, sea usado como un piso para trascenderlo.

El problema que enfrenta hoy Macri es el dilema que se le presenta a todo gobierno no peronista: elegir entre perder el apoyo de su base de sustentación, la clase media o enfrentar un estallido social. Es que el peronismo siempre ha llegado al poder luego de la crisis disfrutando del rebote económico y usufructuando esa constatación en el imaginario popular que él solo puede gobernar el país cuando las papas queman. Por su parte, las fuerzas no peronistas, llegan al Gobierno cuando las cosas comienzan a andar mal y la opinión pública se vuelve republicana y considera que la que falta es la “que se han llevado”. Pero en vez de mejorar la situación económica -al atacarse la corrupción-, las cosas van peor por el ajuste necesario que afecta a los estratos sociales medios.

Los socios radicales consideran que muchos de los problemas del Gobierno se basan en la falta de experiencia en la gestión política del macrismo –y lo grafican con la serie de bloopers con que el Presidente jalonó los históricos fastos del bicentenario-. Para ellos, la solución pasaría por convertir a la coalición de gobierno en un gobierno de coalición, y asimismo, volver a un esquema tradicional de concentración de la decisión económica en manos de un superministro de Economía, para evitar la jibarización actual de las responsabilidades de la gestión. Cosa que parece indigerible para el núcleo duro del Gobierno de Macri.

Pero hay una creciente presión del ala política del PRO, cuya dirección se disputa el ministro del Interior Rogelio Frigerio y el Presidente de la Cámara de Diputados Emilio Monzó, y que pugnan por armar una red de gobernabilidad apelando esa “coalición de bajo mantenimiento” que representan los gobernadores e intendentes peronistas, hoy a precio de saldo. Cosa que en la provincia de Buenos Aires, la Gobernadora María Eugenia Vidal comenzó hace tiempo.

Aparece en el horizonte, una contradicción fragrante entre gobernabilidad y el apoyo a la clase media, solo disimulable con un boom económico, y un dólar barato que nos haga sentir en el Primer Mundo (caso la presidencia Menem) o mejor que en él (como sostenía CFK). Demás está decir que sin un programa de erradicación de los baronatos conurbanos y de los sultanatos interiores difícilmente se logre el tan mentado desarrollo con el que todos los candidatos presidenciales se llenaron la boca durante la campaña.

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