Democracias en el desfiladero y en la tormenta global

La crisis turca deja en entredicho análisis simplistas y da cuenta de los dilemas de nuestra época.

El fallido intento de golpe de Estado en Turquía, el 15-J pasado, ha oficiado como otra irrupción del Siglo XX en este Siglo XXI, poniendo en cuestión los prismas con los que observamos y analizamos las encrucijadas de las democracias de nuestro tiempo. Según sea ese prisma, la ubicación de las piezas del rompecabezas geopolítico y nuestras conjeturas pueden variar sustancialmente, con implicancias y consecuencias que nos tocan muy de cerca.

Cuando los turcos parecían haber enterrado la amenaza de los golpes de Estado e incluso haber devuelto a los militares a los cuarteles para siempre, las imágenes de los tanques y carros de combate en el aeropuerto Atatürk de Estambul y en los puentes sobre el Bósforo golpearon nuevamente al país miembro de la OTAN, todavía aspirante a integrarse en la alicaída Unión Europea, y pusieron en alerta a las principales capitales del mundo. Se vivieron momentos y vieron imágenes que parecían anticipar una masacre.

Una línea de análisis ubicó inicialmente el levantamiento militar contra el presidente Racep Erdogan como un ejemplo claro de los embates internacionales contra gobiernos y líderes nacionalistas y populares que se atreven a desafiar a las grandes potencias occidentales, e inscribió el levantamiento como parte de esa ofensiva externa. Erdogan integraba así un lote junto a Hugo Chávez, Bashar al-Assad e incluso Dilma Rousseff, la suspendida presidenta de Brasil quien también se permitió comparar la situación de su país con la de Turquía. Las coberturas que quisieron verlo así mejoraron ostensiblemente el perfil del presidente turco, perdonándole sus ataques a la libertad de expresión, la persecución de opositores y sus políticas y definiciones abiertamente autoritarias. Emergió de esta crisis un presidente constitucional que aplastó el golpe gracias al respaldo popular, se impuso sobre el poder militar y su sueño de ejercer una presidencia ejecutiva con plenos poderes estaba ahora más cerca. Con cuatro mandatos con mayoría absoluta en las urnas a partir de 2002, el contundente peso de los votos y la fortaleza política del partido islamista conservador AKP rechazó la intentona y devolvió a los gobernantes civiles la autonomía con la que no habían contado más que en apariencia desde la fundación de la República, en 1923, tras el hundimiento del Imperio Otomano en la Primera Guerra Mundial y el genocidio del pueblo armenio.

En otra línea de análisis aparecerá el Erdogan que integra la lista de gobernantes autócratas y populistas que constituyen, ellos mismos, amenazas principales a la democracia y la paz internacional, sea en el ejercicio del poder, como Vladimir Putin, o como aspirantes a desembarcar en la presidencia, como Marine Le Pen o Donald Trump. Sami Nair y Baltasar Garzón, entre otros, advirtieron la deriva del régimen turco hacia el islamismo radical y el fallido golpe militar como una coartada para la represión sistemática. Quedaban aparte las estimaciones sobre la ubicación estratégica de Turquía como puente –o tapón– entre Oriente y Occidente, su posición clave para la estabilidad y la seguridad de Oriente Medio y Europa y la visión del presidente turco como un islamista moderado aliado en la lucha contra el islamismo extremista.

Todas estas lecturas encuentran asidero, pero es evidente que los análisis binarios y extrapolaciones directas pueden conducir a confusiones y extravíos. Ellos dicen tanto por lo que enuncian como por lo que dejan fuera. La democracia turca parece deslizarse hacia el autoritarismo, su sociedad con la defensa de Occidente y la lucha contra el terrorismo islámico generan más dudas y está ocurriendo que esos rasgos y tendencias preocupantes tienden a profundizarse. Llegados a este punto, el ex canciller Dante Caputo dio cuenta del dilema: “¿Era deseable el fracaso del golpe? ¿La elección democrática hace democrático a un gobierno? ¿Rechazar la libertad y el estado de derecho, como lo hace Erdogan, no hacen que esa democracia tenga de tal sólo el nombre? ¿Una vez democrático siempre democrático, haga lo que haga?” (Clarín, 20/7). Las visiones pesimistas sobre el devenir de las democracias se compensan en parte con los destellos de esperanza que aparecen en cada encrucijada. Días después del fallido golpe, miles de turcos llenaron la plaza Taksim “contra los golpes y la dictadura, a favor de la democracia y las libertades”

Primera conclusión: de lo que se trata es más complejo que la disputa de “las democracias” frente a “los autoritarismos”, “las izquierdas” frente a “las derechas” o “los pueblos” frente a los “Imperios”. Tampoco de la lucha entre el secularismo y el fundamentalismo religioso (y la reciente Convención republicana en los EE.UU. fue una prueba palmaria de la fuerza que tiene el fundamentalismo cristiano en la principal potencia mundial). Hay conjunciones y choques más complejos con zonas grises y niveles de superposición. Populismos con contenido económico ultraliberal y liberalismos que se confunden con el neofascismo en su visión del mundo y algunas posiciones frente a “los otros” así como en la justificación de las intervenciones militares e imposiciones unilaterales basadas en la superioridad de unos sobre los otros. En esta época de “regímenes híbridos” importa saber que las opciones no son entre “el bien” y “el mal” sino, tal vez, entre males mayores y menores, alternativas “menos malas” y caminos reversibles por sobre aquellos que conducen a situaciones irreversibles e irreparables. Y finalmente, una pregunta clave que atiende a un problema de moralidad en las relaciones internacionales y las definiciones políticas: ¿cuántos “márgenes de error” o justificaciones sobre acciones inmorales y “daños colaterales” estamos dispuestos a tolerar?

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