Crecer y Creer

El presidente Macri recurre a herramientas tradicionales que se suponía no tendrían cabida en su gobierno.

La ya legendaria fundación desde la que Mauricio Macri comenzó su carrera política ocupaba una casona muy elegante en la calle Lafinur y fue bautizada “Creer y Crecer” –ya reflejando el sesgo “nuevopolítico” que tomaría luego alto vuelo, bastante tiempo después, con la incorporación de Jaime Durán Barba–.

Y si hay algo que se destaca en la personalidad del presidente Mauricio Macri es su perseverancia metódica: coronada su fulminante carrera política con la llegada a la Casa Rosada, desde allí dio audaces movidas alineadas con ese motto primitivo con el que denominó primigeniamente su emprendimiento político.

Tanto el levantamiento del cepo, como la devaluación moderada, pero fundamentalmente el rápido arreglo con las hold outs y la eliminación de las retenciones tuvieron como objetivo directo no perder ese momentum de confianza que los inversores manifestaban que materializarían con dinero contante y sonante si ganaba las elecciones..

Sin embargo, el “creer” de los mercados quedó fundamentalmente en el plano testimonial y de las previsiones a futuro, y por lo tanto, ese “crecer” que se iba a dar por reemplazar consumo por inversiones no se dio. La economía entonces no pudo pasar del “go” del big push del gasto público kirchnerista al “go market friendly” que descontaban los funcionarios macristas. Se desplomó el consumo, el trabajo y la actividad económica, cayendo la economía julio contra julio la friolera de casi 6%, y acumulando una caída del 2,3%).

De este modo, lo que eran medidas para apuntalar la transición de un modelo ahora simplemente resultaron en la típica fase de ajuste (aunque moderado y no catastrófico) que caracteriza a ese momento de “cebar la bomba” de la economía argentina. O sea, el enfriar el recalentamiento económico, bajar la inflación, ajustar los números del gasto, generar capacidad ociosa instalada, disminuir el nivel de consumo –todo ello con las consecuencias socioeconómicas conocidas, aunque especialmente sufridas por el núcleo que no votó a Cambiemos–.

Y el presidente Macri podrá ser todo lo metódico y perseverante que sea –cosa que lo sigue siendo en el plano comunicativo y de imagen, con eventos como el mini-Davos y su álbum de fotos neoyorquino– pero cuando uno se detiene a mirar el proyecto de Presupuesto para el año que viene muestra un cambio importante.

Es que si Santo Tomás –a pesar de ser santo– manifestó que sólo creería en Cristo resucitado cuando pusiera sus dedos en la herida abierta por el lanzazo en el Gólgota, los que tienen que “ponerla”, quieren contribuir al crecimiento cuando se crece y no antes.

Y aquí aparece algo que muestra la impronta empresarial de Macri: los empresarios se abocan metódicamente a la elaboración de un producto, pero cuando el mercado los rechaza cambian y solo piensan en cómo producir otra cosa. Hoy el Gobierno se ha embarcado en una dirección diferente a la pensada originalmente.

De allí que el Estado retome su rol de activador del crecimiento y con endeudamiento, lo que entre del blanqueo, y otras minucias –entre las que está por supuesto la reciente postergación de la baja de las retenciones a la soja, justo anunciada después del “sinceramiento” de la pobreza–, que engrosan sustancialmente el gasto público (amparado en la baja de la inflación y la capacidad ociosa instalada) para rápidamente generar crecimiento (y su sensación) tan importante en año electoral.

Sumado a obviamente otro clásico: la sobrevaluación del peso, que es horrible para la competitividad de la economía pero genera una sensación primermundista muy conveniente para que la clase media que votó a Cambiemos en la primera vuelta presidencial lo siga haciendo en las legislativas.

Macri desde la coqueta fundación de la calle Lafinur podía pensar en Creer y Crecer. En los comandos de la Argentina real, se ha encontrado que solo la plata trae la plata y que más que Creer y Crecer los inversores quieren ver al país primero Crecer para después Creer.

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