Los dilemas agonales de Cambiemos

En diez meses de gobierno y oposición “constructiva”, Macri y Massa prefiguraron una sociedad por conveniencia. ¿Seguirán el ejemplo de Alfonsín y Cafiero?

Mauricio Macri y Sergio Massa tienen en sus manos la posibilidad de renovar el sistema político argentino. La ventana de oportunidad se abrió en octubre-noviembre del año pasado, cuando Macri se transformó en el primer presidente no peronista ni radical, proveniente de un partido nuevo y ubicado en el cuadrante liberalrepublicano del espectro –el PRO–, y Sergio Massa logró romper la polarización en primera vuelta, también con una formación nueva –el Frente Renovador– a la que tributaron peronistas y no peronistas, obteniendo una expectable base territorial de apoyo –provincial y local– y legislativa, en Diputados y el Senado. Los sellos partidarios tradicionales –PJ y UCR– quedaron subsumidos en dos coaliciones mayores, Cambiemos y UNA, mientras la derrota del FPV, el armado que condujo el tren de la política nacional en la larga década que quedaba atrás, dejaba al peronismo sin locomotora y en pleno estado deliberativo.

En diez meses de gobierno de Cambiemos y oposición “constructiva” del Frente Renovador, Macri y Massa prefiguraron esa sociedad por conveniencia. Definieron agendas comunes y espacios de negociación, acuerdo y desacuerdo. Fue decisivo el apoyo de la gente de Massa para que la gestión de María Eugenia Vidal en la provincia de Buenos Aires pudiera arrancar y avanzar en temas decisivos. La actual relación de fuerzas en el Senado bonaerense explica esa asociación estratégica: Cambiemos 16, el FR 10 y el peronismo –dividido en 3 bancadas– 16. También lo reflejan los compromisos entre Nación y provincias por la coparticipación y en la negociación de las principales leyes, la aprobación del acuerdo por la deuda con los holdouts, las leyes antidespidos y de fomento de las Pymes, entre otras. En el Congreso, la ecuación también es elocuente: sin mayoría en ambas Cámaras, Cambiemos puede mover las cosas con sus 90 diputados y 15 senadores, gracias a las huestes del FR-UNA dispuestas a negociar, traccionando votos que vienen del peronismo.

El juego M&M se llama “coexistencia competitiva”, está en desarrollo y tiene sus reglas, condiciones, riesgos y premios. Son como dos jugadores de tenis dispuestos a un largo match, que se reconocen mutuamente. Deben diferenciarse y sostenerse, sacando ventajas sin remates fulminantes o golpes definitorios. Es una dinámica diferente a la tradicional de “suma cero” en el sube y baja Gobierno-oposición, donde uno gana lo que el otro pierde. Aquí deben primero crecer y consolidarse ambos como centros de gravitación en el escenario político para luego distribuirse espacios y roles. Están destinados a competir, porque representan electorados, sectores e intereses sociales diferentes; proyectos distintos. Pero pertenecen al mismo “clima de época”

Ambos pretenden representar “lo nuevo” frente a “lo viejo” en la política nacional. Pero primero deben despejar el campo de juego de obstáculos, malezas y trampas. Y enfrentar juntos una empresa de ingeniería política mayor: reemplazar la pendularidad cíclica por la alternancia superadora. El juego del ciclo pendular es el que polariza entre CFK y MM y afirma los contornos del kirchnerismo como contraimagen de la actual gestión. La apuesta por la alternancia superadora desdibuja esa grieta kirchnerismo-antikirchnerismo y define nuevas coordenadas. La pendularidad cíclica precisa borrar matices y alimentar la lógica binaria de los campos antagónicos. La apuesta por la alternancia superadora es consistente con la lógica coalicional pluralista que quedó expresada en el proceso electoral del 2015 y los resultados de la primera vuelta el año pasado: hay por lo menos tres fuerzas –o coaliciones– competitivas a nivel nacional.

En el centro de esa tensión entre dos clivajes –gobierno/oposición, “nueva política”-“vieja política”– está, por supuesto, el reacomodamiento del peronismo en sus distintas vertientes, buscando reinstalarse como expresión nacional unificada. Macri y Massa se pueden mirar, en tal sentido, en el espejo de los primeros liderazgos renovadores de los ’80, Raúl Alfonsín y Antonio Cafiero. No porque se parezcan en algo como líderes políticos sino porque la Historia los ha puesto ante un desafío parecido.

Aquel entendimiento entre los líderes radical y peronista, hace treinta años, dio sus frutos en acuerdos de gobernabilidad y coincidencias sobre la reforma constitucional, aunque estas finalmente quedaron postergadas. Alfonsín y Cafiero marcaron una nueva dinámica de convivencia e intercambio entre gobierno y oposición que permitió consolidar el piso de marcha de la transición democrática: enfrentaron juntos al viejo aparato sindical, las conjuras desestabilizadoras, a los “dinosaurios” de la ortodoxia peronista y al golpismo carapintada. También es cierto que ese aporte fundacional tuvo sus costos políticos. Ambos ganaron, aunque también es cierto que ambos perdieron en términos electorales. Alfonsín debió resignar la mayoría legislativa y la provincia de Buenos Aires frente al peronismo renovador en 1987. Y Cafiero debió resignar la candidatura presidencial frente a Menem, en 1988, cuando el caudillo riojano vino a desbaratar ese entendimiento bipartidista para iniciar la marcha restauradora del peronismo mayoritario en el ’89.

¿Cuál será el camino que tomarán ahora los principales estrategas del Presidente? ¿Buscarán polarizar/antagonizar con Cristina Kirchner o preferirán a Sergio Massa como contrincante principal en la contienda? ¿Preferirán un reacomodamiento del tablero fortaleciendo las alianzas del oficialismo y la oposición o apuntarán a mantener lo más fragmentado posible el vecindario para sostener su ventaja relativa? Lo cierto es que la política argentina se mueve hoy en varios tableros simultáneos: se juegan, a la vez, partidas de ajedrez, Go, Juego de la Oca y Truco.

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