Nueva derrota del círculo rojo

(Columna de Juan Radonjic)

El triunfo de Donald Trump sacudió la política global y el Círculo Rojo tiene que procesar una nueva derrota. Casi todos los gobernantes del mundo –Vladimir Putin era una de las pocas excepciones deseaban el triunfo de la candidata demócrata. Es que ya hay muchos desafíos en el mundo y un crecimiento económico demasiado débil como para agregarle la incertidumbre que implica la llegada de Trump a la Casa Blanca.

Las encuestas mostraban que obtendría muchos votos y que la elección sería reñida, pero lo que pocos anticiparon era que ganarían también las consideradas hasta anteayer fortalezas demócratas. Su estrategia de concentrar los esfuerzos en los estados industriales se demostró acertada.

Fue el triunfo de un outsider del sistema político (como se repite hasta el cansancio), pero que también le dio espacio a elementos tradicionales. Eso le posibilitó a Trump contar con el apoyo de la base republicana, que lo votó masivamente pese a los cuestionamientos que recibió por parte de destacadas figuras del partido. Además, en su gobierno tendrán mucha participación republicanos históricos como Chris Christie, Rudy Giuliani y Newt Gingrich. Por otra parte, en el tramo final de la campaña repitió ordenadamente todo el credo republicano.

Lo que viene

Después de mucho tiempo, Estados Unidos no tendrá un gobierno dividido –que ha sido lo más habitualya que los republicanos tendrán la Presidencia y controlarán ambas cámaras del Congreso. Y seguramente desde esa posición de fuerza intentarán revertir muchas de las políticas de Barack Obama.

El triunfo de Trump, como todos los hechos políticos, tiene diversas causas. Es cierto que no se trata de un acontecimiento aislado porque las tendencias populistas están presentes en todo el mundo. El desencanto con las élites políticas que parecen haberse alejado de los intereses del ciudadano común, las consecuencias negativas que tienen en algunos sectores la globalización y una economía que crece poco luego de la crisis de 2008, crearon las condiciones para que los discursos populistas prendiesen en amplios sectores de la sociedad. Además, la política tradicional tarda en reconocer y procesar la aparición de los outsiders. Y en Estados Unidos eso no les pasó sólo a los demócratas sino también a los integrantes del establishment republicano que intentaron, pero no pudieron, detener la candidatura de Trump.

Se vienen ahora días turbulentos hasta tanto el mundo se haga la idea de que al país más poderoso lo va a gobernar Trump. El futuro presidente tendrá por delante el enorme desafío –el mismo que hubiese tenido Hillary– de gobernar una sociedad dividida y políticamente polarizada. Lo estaba antes de esta elección y mucho más ahora luego de una campaña llena de agravios. Por eso, más allá de los previsibles discursos conciliadores de Trump y Hillary procurando crear un clima de tranquilidad, las divisiones son profundas y se pondrán de manifiesto rápidamente.

Además enfrentar ese desafío, Trump tendrá que lograr la economía vuelva a crecer a tasas significativas. En 2016, el PIB subiría apenas el 2% y las perspectivas no son sustancialmente mejores para 2017. Pero el presidente electo se comprometió a duplicar la tasa de crecimiento.

También Trump debe asumir que es una figura muy resistida por amplios sectores de la sociedad y tendrá que tener una estrategia para reducir esos niveles de rechazo que son incompatibles con el buen funcionamiento de un sistema político en el cual el Presidente tiene mucho peso. Y su responsabilidad, aunque los antecedentes no lo favorecen, será la de construir puentes en una sociedad muy polarizada y con pocos vasos comunicantes entre los distintos sectores. Obama no logró mucho tratando de cerrar la brecha y no hay ningún motivo para suponer que a Trump le irá mejor en el caso de que lo intente.

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