¿Al final, era Trump un candidato peronista o antiperonista?

El indiscreto encanto del populismo unifica la reacción antiliberal, de Sur a Norte.

La pregunta pudo sonar capciosa y la respuesta, por cierto, era abierta. Más allá de las coordenadas que escogiéramos para ubicarlo en el mapa, el candidato republicano (y hoy presidente electo) que pateó el tablero de la política estadounidense y al que todos coincidieron en calificar como populista, se transformó en un síntoma emblemático de la crisis que afecta a las democracias liberales en el Norte y el Sur, el Oeste y el Este. Como el personaje nos disgusta y resume todos los disvalores que definen aquello que aborrecemos o rechazamos, su caracterización se homologó con los correlatos nacionales más variados: pudo ser comparado tanto con Silvio Berlusconi como con Hugo Chávez; con Mauricio Macri o con Cristina Kirchner. Era el magnate que desembarcaba en la política con su emporio millonario y era también el outsider que interpelaba a los poderes establecidos y las corporaciones en nombre de los sin voz.

El líder conservador representando al mundo de los ricos, que reivindica la supremacía de EE.UU. y desprecia a los inmigrantes… nada más alejado del peronismo que representa a los trabajadores y enarbola las banderas de la justicia social y el antiimperialismo. Pero la obsesión por la prensa como “agente disociador”, la admiración por los liderazgos fuertes, la subestimación de la democracia formal, la retórica nacionalista y el apego a las teorías conspirativas definieron su figura como fenotipo del populismo antiliberal que también caracteriza a la tradición peronista. Y algo de esto podría explicar en estos días el senador Pichetto, al que no se le puede negar sentido de la oportunidad. Difícil no encontrar resonancias cercanas al escuchar a Trump despotricando contra el New York Times y denunciando la conjura de los grandes poderes mediáticos y financieros en su contra. Estudios académicos recientes muestran cómo afecta el populismo sustancialmente la relación entre los medios y la política electoral y gubernamental (Waisbord, Finchelstein, Piccato).

Son los casos de Argentina de Perón a partir de 1945 y, más recientemente, de Turquía, Venezuela, Ecuador y Rusia. Si tal como se argumenta, la apelación al liderazgo carismático y la retórica xenófoba acercan a Trump al discurso fascista podría ser mejor descrito como “posfascista”, es decir populista. El posfascismo de Trump presentó como característica esa tendencia a demonizar a los medios de comunicación y al mismo tiempo tomar ventaja de ellos para expandir su mensaje. En este sentido, la campaña de Donald Trump aplicó el manual del típico populista, sobre la base de una visión en la que el autoritarismo y la demonización reemplazan al pluralismo, la tolerancia y el diálogo abierto. Los medios de comunicación representarían a las élites corruptas que oprimen al pueblo desde dentro y desde fuera. Para América Latina, y en especial Argentina, esto suena conocido. Así plantearon Néstor y Cristina Kirchner la ofensiva contra el Grupo Clarín como su antagonista principal. Pasaron de la demonización retórica a la práctica con un acoso judicial contra los dueños del diario y sus periodistas. Finalmente, la ley antimonopólica que se impulsó y aprobó, terminó operando como un instrumento de batalla política en el marco de una estrategia de comunicación al servicio de un Gobierno.

Este desconocimiento de la autonomía de la prensa no significa que los gobiernos y líderes populistas se nieguen a usar dicho poder como otro vehículo para la política. Por el contrario, al mismo tiempo que critican su naturaleza y contenidos, buscan su atención. El diálogo entre el oficialismo y la oposición tiende a ser reemplazado con un enfoque que toma a la prensa como un instrumento clave para el el ejercicio del poder. Los populistas no están en contra de los medios de comunicación sino en contra de sus contenidos críticos o adversos. De hecho, incluso ponen demasiado énfasis en la importancia de los medios de comunicación, colocándolo en el centro de la política. Ellos ven a la política como un espectáculo donde se desarrolla una batalla cultural por la defensa de los intereses nacionales frente a los medios de comunicación, las elites y las minorías que defienden los intereses “antinacionales”.

Entonces, volviendo a la pregunta inicial ¿fue Trump un candidato peronista o antiperonista? El diario digital Tiempo Argentino, un ejemplo de lo que concibió el kirchnerismo como periodismo “comprometido” –un producto mediático del populismo gubernamental asociado a empresarios arribistas y fraudulentos, que logra ahora sobrevivir como cooperativa de sus periodistas–, tituló una interesante crónica de las últimas semanas de campaña señalando que Trump ya había ganado: “Es el protagonista de los debates aunque los gane su oponente. Es el centro carismático de las noticias”. Y explicaba su enviado especial que los trabajadores estadounidenses habían encontrado en Trump “una esperanza” que los hiciera “recuperar el estilo de vida perdido”: “Trump aprovecha cada minuto de aire para hablarle al ‘hecho maldito’ –parafraseando a John William Cooke- del país imperialista: la clase obrera blanca empobrecida. Expresa una respuesta defensiva que rompe el molde de lo ‘políticamente correcto’ frente a las transformaciones dramáticas de la globalización”: es defensivo. Pero no conservador. Al contrario, con Bernie Sanders fuera de carrera, es el progresismo neoliberal de Hillary –si eso existe– el que representa para propios y extraños la conservación del statu quo en sentido estricto”. Es claro: Trump representaba, para esta lectura, una salida “por derecha” al status quo. La relación entre trumpismo y peronismo no solo merece un análisis comparativo sobre el pasado sino que parece seguir resonando como una de las claves del presente.

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