Los indignados le ganaron a los indignados

Contra todos los pronósticos, Trump ganó las elecciones presidenciales y se abre un proceso lleno de interrogantes.

Ha sido una elección entre indignados. Por un lado, los indignados con el “sistema”, con la crisis y con el Gobierno salvando a los Bancos y no a la Gente. Indignados con la desigualdad rampante, con el fin del sueño americano. Indignados que apoyaron al más outsiders de todos los outsiders que ha llegado más lejos que ninguno. Un outsider que no provino de los que pasaron noches al frio ocupando Wall Street. Tampoco de las ciudades desangeladas del que fue el cinturón industrial estadounidense hoy arruinado ni de ningún guetto racial. El candidato antiestablishment y populista, ha sido Donald Trump, quien tiene muchísimos más millones de dólares que la candidata del establishment Hillary Rodham Clinton.

Cosa que suena a paradoja pero si miramos por el barrio latinoamericano no tenemos nada de que sorprendernos. O acaso los líderes populistas, e incluso los caudillos de nuestro pasado, no hablaban en nombre del pueblo desposeído y ellos eran millonarios. Se dice que Justo José de Urquiza era el Carlos Slim de su época. Ni que hablar de quienes han entrado pobres a la política y experimentado un nivel de ascenso social sin precedentes durante la década ganada (por ellos).

Por el otro lado, indignados contra Donald Trump. Escandalizados con sus dichos, imposturas. Preocupados por su imprevisibilidad. Por su ausencia total de experiencia política. Y consecuentemente, apoyando a Hillary, quien no se destaca precisamente por su histrionismo y carisma (que si obviamente tuvo y tiene su esposo, pero eso justo no es un bien ganancial).

Las cadenas televisivas estadounidenses, hasta que comenzaron a llegar datos contundentes, estimaban que la ganadora sería Hillary pero todos colocaban algún tipo de disclaimer. Se curaban en salud diciendo “pero finalmente las urnas dirán si los pronósticos estaban en lo correcto”. O “nunca se puede estar seguro con Trump enfrente”, etcétera, etcétera.

En los sitios de pronósticos políticos hablaban de que Hillary iba a alcanzar los 302 votos en el colegio electoral a 70 votos de distancia de Trump. Parecían cifran inalcanzables, pero no lo eran. 70 votos de diferencia fueron en realidad 35, ya que se trató de una elección de suma cero y lo que ganaba uno lo perdía el otro. Uno miraba de cerca los números y había estados claves donde la elección estaba “too close too call”, como dicen ellos, o sea, en empate técnico, Florida, Carolina del Norte y Nevada. Finalmente, Trump se alzó con el triunfo en ellos.

Pareció que después del Brexit y del No al acuerdo con las FARC en Colombia, los analistas se ilusionaron que Estados Unidos siendo la tercera fuera la vencida y por fin los encuestadores la pegaran. Pero ganó Donald Trump. ¿Y ahora qué pasa?

Si ganaba Hillary no habría que haberse esperado cambios cataclísmicos. Pero la victoria de Trump genera un mar de diferencias con lo esperado ya que puede pasar básicamente cualquier cosa. Se escuchan declaraciones del tipo no importa quién gobierna Estados Unidos porque su establishment es tan poderoso que el Presidente no puede hacer nada. Pero eso es suponer que las elecciones fueron entre dos miembros del establishment, tipo George W. Bush contra John Kerry. Y justamente, estas elecciones han sido entre la “política” vs la “antipolítica”. Y ganó la antipolítica.

Y lo cierto que el mundo no está tan estable como para darse este lujo de aguantar el chiste de un Donald Trump en la Casa Blanca. La economía estadounidense está mostrando brotes verdes pero en el medio de una economía global donde Europa repta, China se mantiene, Rusia tiene delirios nostálgicos, y los emergentes declinan. Hillary seguramente iba a continuar con las políticas expansivas monetaristas de Obama, cosa que el gobierno de Mauricio Macri descontaba, y en ese sentido fueron sus declaraciones hasta último momento.

Más impresión de dólares y tasas bajas de la Fed significaban más verdes que podían ser captados por nuestra bicicleta legendaria en un momento que ante la baja de las commodities y la voracidad del consumo argentino solo restaba endeudarse. El gobierno argentino necesitaba del endeudamiento para hacer la inversión más importante para sí mismo: o sea, la de ganar las elecciones del año que viene.

La idea era dar por finalizada la etapa contractiva, para comenzar a bombear la economía, impulsar el consumo y poner el tipo de cambio en modo “felicidad”, o sea, el “uno a uno” para sentirnos en el Primer Mundo. Algo totalmente insostenible siquiera para un año después de las elecciones, retrocediendo macroeconómicamente lo poco que se avanzó. Pero para Cambiemos es peor que las elecciones las gane un peronismo y menos, el de la variante K.

Pero ahora con el triunfo de Trump se abren enormes dudas sobre cual va a ser su política económica., Los mercados han respondido negativamente. Si Trump cumple con sus promesas y abraza un aislacionismo militante, se habrá clausurado la época de ChiMerica: el tándem EE.UU.-USA China que posibilitó con su crecimiento el despegue de los BRICS y el resto de los emergentes. La demanda y el valor de las commodities podrían desplomarse. Asimismo, el dinero puede encarecerse y comenzar a resultarle difícil a Argentina endeudarse. Sin commodities y sin capacidad de endeudarse (una situación parecida a la que atravesó el país en los ochentas durante la Reganomics) solo quedará devaluar y ajustar el gasto público.

Con Estados Unidos volviendo al típico aislacionismo republicano, el experimento globalizador puede sufrir un gran retroceso. Sin policía mundial, puede primar una lógica del sálvese quien pueda, con un proteccionismo generalizado y un estancamiento de las economías internacionales que solo pueden causar graves protestas sociales.

Los escenarios a futuro son en este momento aciago todos pesimistas. Solo queda la esperanza de que con una victoria tan amplia, y un control institucional tan fuerte del partido republicano, Trump recapacite de sus promesas delirantes electorales y prime la cordura. Algo que solo es, en estos momentos complicados, una expresión de deseos con tan poco fundamento de que no resulta consuelo para nada.

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