Macri y los sindicatos: disputas y negociación

(Columna de Natán Skigin)

Controlar la calle podía volverse traumático en un período de recesión y mayor desempleo, pero el Gobierno termina el año sin huelgas generales.

Al asumir, Mauricio Macri debía enfrentarse a dos potenciales problemas: las instituciones y la calle. Las primeras, entre las que se encontraban la burocracia, la policía y las Fuerzas Armadas, le respondieron al instante. Con el Congreso tuvo que negociar, pero pudo pasar su agenda: blanqueo de capitales, pago a jubilados y Presupuesto. La reforma electoral fue la excepción, no la regla. Controlar la calle podía volverse traumático en un período de recesión y mayor desempleo, pero el Gobierno termina el año sin huelgas generales. Es cierto que debió enfrentar una multitudinaria Marcha Federal, pero el desbarranque social no llegó. ¿Por qué?

La suerte del poder sindical está atada a dos factores: economía y votos. En un contexto de desindustrialización –iniciado a mediados de los ’70– y de crecimiento de la informalidad, las organizaciones gremiales históricas han perdido capacidad de convocatoria sobre los sectores populares. Esa pérdida en la capacidad de acción de la CGT no logró nunca ser compensada por la CTA. A decir de María Victoria Murillo, los sindicatos no controlan los votos de sus afiliados y espantan los de quienes no lo son. La escasa inserción de sindicalistas en el Congreso y en los ministerios lo prueban.

Los ’90 mostraron que aun gobiernos de base popular podían despedir trabajadores. Lo que había que hacer, en un régimen democrático en el cual la represión solo estaba disponible de forma limitada, era negociar. Como muestra Sebastián Etchemendy, a diferencia de lo que había ocurrido en los años del ajuste de Felipe González en España, donde los trabajadores consiguieron generosos subsidios por desempleo, en el modelo sindical (neo)corporativista, monopólico y centralizado argentino, a cambio de la flexibilización y de la desmovilización de los trabajadores, las compensaciones del gobierno de Carlos Menem estuvieron dirigidas a la burocracia sindical, otorgándoles el manejo de las obras sociales y participación en las privatizaciones. Empero, el movimiento sindical estaba debilitado. Como señala Steven Levitsky, el justicialismo había transformado su naturaleza sindical en una territorial y clientelar.

Los años kirchneristas evidenciaron un llamativo resurgimiento del sindicalismo, materializado en el retorno de negociaciones colectivas entre el Gobierno, asociaciones empresarias y sindicatos nacionales, que fueron incorporados a la coalición del gobierno. El aumento en los niveles de empleo y el crecimiento económico, junto a la intangibilidad de la legislación sindical, explican buena parte de su activación.

La falta de aliados sindicales de peso por parte del gobierno de Macri podría repetir el patrón de confrontación de las administraciones no peronistas de Raúl Alfonsín y Fernando De la Rúa, que enfrentaron trece y nueve huelgas generales, respectivamente. El peligro de crear un frente de clase en contra está latente. Aun cuando los integrantes del triunvirato de la CGT se muestren exultantes con las reuniones en Casa Rosada, representan una negociadora oposición política: difícilmente integren sus listas o le presten apoyo electoral. Más probablemente, intentarán colarse en la interna peronista. Aun así, la calle asoma bastante controlada para un período de crisis y baja de empleo. Varios factores lo explican.

El primero consiste, de nuevo, en las compensaciones burocráticas para el sindicalismo. El Gobierno devolvió parte de los fondos adeudados a las obras sociales retenidos unilateralmente por el kirchnerismo. Los 2.700 millones de los 29.000 millones de pesos restituidos del Fondo Solidario de Redistribución representan un fuerte flujo de ingresos para el manejo de las cajas de las organizaciones gremiales.

Segundo, los beneficios para las bases: bono de fin de año para algunos empleados, quita parcial del pago de Ganancias sobre el medio aguinaldo de diciembre y pago extra a jubilados, pensionados y beneficiarios de la AUH.

Tercero, aunque los flashes se los llevaron los despidos en el Estado, buena parte de la pérdida del empleo estuvo focalizada en el sector más desprotegido, el de los informales. Con un crecimiento dramático en las últimas décadas, este grupo permanece desprotegido al carecer de los beneficios de los trabajadores registrados. Y, aunque su estabilidad depende de los vaivenes económicos, las elites sindicales no pelean por ellos en las calles.

Además, el Gobierno no intentó desmantelar el modelo sindical centralizado y monopólico. Aun si su intención primaria fuera una negociación descentralizada a nivel de empresa –Macri apuntó contra los convenios colectivos–, el legado institucional de acuerdos agregados tripartitos impone límites a esos cambios. Un movimiento que apuntase contra la verticalización sindical alimentaría los conflictos de base que ya tienen lugar entre los informales, los empleados públicos y el sindicato de bancarios.

Con todo, la situación social también estuvo contenida por el sostenimiento de las asignaciones familiares y por hijo. Esto no resulta tan sorpresivo como podría suponerse. Como lo muestra Paul Pierson para el caso norteamericano, el desmantelamiento del Estado de bienestar no es tarea sencilla. Primero, porque resulta políticamente costoso: es impopular y puede derivar en pérdidas electorales. Segundo, porque se generan grupos adherentes que comienzan a vivir de la política social. Quitar beneficios de este tipo impone costos tangibles a cambio de ganancias inciertas. Los costos de su inmediata desarticulación están concentrados; sus potenciales beneficios, dispersos.

En suma, el Gobierno apeló a compensar la delicada situación del mercado laboral a fuerza de beneficios burocráticos y del mantenimiento de la política social, pero a riesgo de crear un frente de clase en su contra. Puede ser resultado de la buena comunicación, de las políticas sociales o de la convocatoria a los sindicatos a las negociaciones, pero, en cualquier lugar, asoma un diciembre más tranquilo que el esperado por los resultados económicos.

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