Macri también tiene su relato

Sus discursos contienen definiciones concretas y tienen un contenido ideológico mucho mayor al que se esperaba.

La mayoría de los libros de comunicación política recomiendan desideologizar el discurso y enseñan a hablar diciendo poco o diciéndolo de manera oblicua, jugando con las ambigüedades. Este fue el libreto que usó Cambiemos para ganar en 2015: Mauricio Macri llegó al poder siguiendo a pie juntillas esta manera de entender la política posideológica. Su exitosa campaña reivindicó la alegría, la liviandad, el entusiasmo del que tanto habla el asesor del Gobierno Alejandro Rozitchner (entusiasmo porque exactamente, nunca queda dicho). En un video que tuvo gran difusión en su momento, el hoy presidente del Banco Central, Federico Sturzenegger explicaba sonriente que Jaime Durán Barba les había recomendado no hablar de nada de lo que iban a hacer en el gobierno sino hablar de los hijos y de la familia. Por ocho años la disciplina comunicacional del PRO fue férrea: pocas definiciones, alegría, promesas algo vagas de un futuro venturoso.

Sin embargo, y en contra de lo que muchos esperaban, todo esto (la liviandad, la posideología, la buena onda y los perritos) cambió a partir de que Macri asumió el gobierno. O, mejor dicho, el discurso de Cambiemos no cambió pero sí lo hizo el discurso del presidente Macri. En el poder, se reveló como un dirigente que casi cada vez que habla hace públicas definiciones muy claras, muy concretas, muy ideológicas sobre por qué hace lo que hace. Las presentaciones en público del Presidente (a las que, reconozcamos, no es tan adepto como la anterior Presidenta) dejan sin embargo definiciones que no son nada vagas o pospolíticas sino, por el contrario, están cargadas de contenido ideológico.

Nunca fue esto más claro que en las declaraciones que el Presidente realizó sobre el caso Milagro Sala en la conferencia de prensa con la cual clausuró el “retiro espiritual” de su gabinete en las playas de Chapadmalal. Mientras todo el gabinete pegaba, presentaba powerpoints, pegaba post-its en una pizarra con frases motivacionales y hacían role-playing de los enfrentamientos entre Prat-Gay y Sturzenegger, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos se sumaba al Grupo de Trabajo sobre Detenciones Arbitrarias de la ONU al pedir la liberación de Milagro Sala y su permanencia en libertad mientras es juzgada. No es extraño entonces que el presidente haya debido contestar sobre el tema en la ronda de preguntas.

Vale la pena citar algo extensamente estas declaraciones. Esto es lo que dijo Macri:

“Me ocupa poder informar a todos los organismos sobre lo que está pasando en Jujuy, por eso los hemos invitado a visitar la provincia de Jujuy. Por eso le he pedido al gobernador y al Poder Judicial de Jujuy que informen lo que se ha hecho, y que transmita con claridad y sin ningún tipo de segundas intenciones qué es lo que ha sucedido en Jujuy. Porque bueno, hacia adentro, a la mayoría de los argentinos nos ha parecido que ha habido una cantidad de delitos importantes que se han cometido por parte de Milagro Sala que ameritaba todas esas causas que tiene abiertas. Pero es importante que esta información y este entendimiento sean compartidos con el mundo”.

Es notable la carga programática, ideológica, de la respuesta. Cada frase está cargada de contenido.

Primero, el Presidente eligió decir que “invitaron a los organismos a conocer la provincia de Jujuy” cuando la cuestión no es saber si Sala está o no cómoda en su detención sino que todos los organismos continentales de derechos humanos (desde el CELS y la CIDH a Human Rights Watch) se manifestaron de manera urgente a favor de la liberación de Sala. Segundo, el presidente no puede (ni debe) “pedirle al gobernador y al Poder Judicial de Jujuy” que haga nada, ya que ninguno de ellos es su subordinado y en Argentina rige la división de poderes. Tercero, ignora o niega que las quejas de la OEA, la ONU, la CIDH, Amnesty y Human Rights Watch no están dirigidas a la culpabilidad o no de Sala sino a las condiciones arbitrarias de su prisión preventiva y las pocas garantías de su procesamiento. Cuarto, y finalmente, que lo que “opinen la mayoría de los argentinos” (además ¿consenso medido de qué manera?) sobre la culpabilidad a priori o no de una persona es completamente irrelevante en un proceso penal ajustado a derecho.

De hecho, ya la decisión de hablar francamente de este tema es una decisión cargada de contenido. El Presidente podría no haber contestado; podría haber dicho que no estaba al tanto o cerrar con un “te la debo”. Podría haber dicho que el caso Sala es una responsabilidad exclusiva del Poder Judicial jujeño, lo que sería formalmente correcto. (Tal fue la posición asumida la Cancillería argentina en un comunicado publicado poco antes de la conferencia de prensa; el Presidente quedó así en una posición más extrema que la de su propia canciller.) Podría haber hablado en generalidades sobre la necesidad de la unión de los argentinos y sus años en Boca. Pero no lo hizo. Eligió dar definiciones fuertes, Como lo hizo con los aumentos de gas y luz, o con la necesidad de reformar la legislación laboral, o cuando llamó “Guerra Sucia” a la represión estatal organizada.

Este es un episodio solamente y no puede generalizarse. Pero de este año de gobierno queda la sensación de que en el gobierno de Cambiemos no hay quien es verdaderamente programático, ideológico, es el presidente. Mauricio Macri tiene muy claros los lineamientos que quiere imprimir a su gobierno y no teme en explicarlos.

Podemos decir: Cambiemos no va a inaugurar una era pospolítica. Y esto no es raro ni inusual. De los presidentes se espera que definan con claridad el rumbo ideológico de un gobierno, y Macri lo hace, para adentro y para afuera. En Argentina, quien articula “el relato” es el presidente o presidenta, y este presidente no es una excepción

 

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