Populismo, un camino de ida para Trump

(Columna de Pierre Ostiguy y Facundo Matos Peychaux)

El magnate llegó a la Presidencia por sus formas populistas y no a pesar de ello, por lo que no cabe esperar que cambie a la hora de gobernar. Los posibles cambios en el Partido Republicano y en la sociología electoral norteamericana.

Cuando Donald Trump presentó su candidatura para las primarias republicanas, analistas, medios y dirigentes le auguraron poco éxito a no ser que moderara y cambiara sus formas, dado que se veía poco serio y respetable. No lo hizo y ganó la nominación. Cuando comenzó la campaña presidencial, pronosticaron que se adaptaría al perfil político prudente y sabio de Hillary Clinton, si quería ganarle y conseguir el apoyo del conjunto de la Nación. No lo intentó y se convirtió en el 45° presidente de Estados Unidos. Pero analistas y medios arremetieron una vez más después: a la hora de gobernar, se mimetizará o será obligado a hacerlo. Sin embargo, lo más probable es que no lo haga, si quiere conservar la adhesión que lo llevó a la Casa Blanca, pero también simplemente porque su estilo es así y es eso lo que le rinde frutos. Trump llegó a la Presidencia por sus formas populistas y no a pesar de ellas, canalizando a través de ellas la bronca de algunos sectores, por lo que no cabe esperar que cambie a la hora de gobernar.

Trump es un líder populista y el clivaje que performó para ganar las elecciones fue el típico de este tipo de liderazgos. Como señalan Ostiguy y Roberts en un artículo próximo a su publicación, desde Nigel Farage hasta Hugo Chávez, pasando por Sarah Palin o Rodrigo Duterte (en las Filipinas), a los líderes populistas no los asemeja sus ubicaciones en el eje izquierda-derecha –muy distintas entre sí– sino su posición en lo “bajo”, en el eje alto-bajo.

Lo “bajo” –y el populismo, que es básicamente el alarde (antagonista y movilizador) de lo bajo–, se compone básicamente de tres rasgos, que a su vez tienen su opuesto en lo “alto”. En lo socio-cultural, lo bajo es, en primer lugar, culturalmente popular en los gustos, modales y puntos de referencias desplegados, con un cierto gusto por lo “fuera de lugar”; y en segundo lugar, el alarde de lo nativo: “lo de acá” en contra de un “Otro” nefasto. En tanto, a nivel político-cultural, lo bajo valora el mando personalista –más informal pero más férreo, propio del “decisionismo”–. Es importante, en ese sentido, destacar en el estilo de liderazgo “bajo” la capacidad de improvisación y la búsqueda de una conexión directa (o semi-directa), más personalizada, con “su pueblo”, así como el uso abundante de vocabulario similar al de los que busca representar y, como parte del alarde ya señalado, el goce de lo políticamente incorrecto. La versión más moderna de esa informalidad comunicativa de mando y agravio en lo bajo es lo que llamaríamos el “populismo twittero”, en contraste con las conferencias de prensa más formales. No son las políticas, sino el cómo de la política.

Por su parte, lo “alto” se ve a sí mismo –y quiere proyectar– en el plano sociocultural, lo apropiado, sereno, bien educado y racional, reflejado en sus comportamientos, modales y relación con las emociones; y en segundo lugar, en la valoración de “lo de afuera”, lo “civilizado” y, en países como Estados Unidos, en la valorización de lo cosmopolita y del multiculturalismo. En tanto, a nivel político-cultural, lo alto valora –y dice valorar– las instituciones, el ethos constitucionalista, la división de poderes, los procedimientos, y hasta la burocracia compleja.

En ese marco, la extravagancia de Trump, su hostilidad con los inmigrantes (mexicanos y musulmanes en particular, como amenazas de distinta índole) y su antagonismo con el establishment político fueron elementos claves de los appeals en lo bajo del candidato. Y en Estados Unidos, esa hípermasculinidad de hombre alfa (frente a todo: ISIS, aliados, México, criminales) no fue ajena al éxito. A eso, se suma la identificación con una estrella televisiva con puntos de referencia en lo bajo –desde el reality show El Apprentice y sus concursos de belleza femenina hasta su entronización en el mundo de la World Wrestling Entertainment (lucha televisiva)– que es al mismo tiempo billonario, lo que inspira para parte del electorado una posibilidad de éxito similar para el país.

TRUMP Y EL ESTABLISHMENT REPUBLICANO

Si bien es cierto que Trump necesitará del Partido Republicano, no es menos cierto que también el partido necesita de él, y que la relación de fuerzas clarísima que reflejaron las elecciones pesará mucho en esa negociación. Ademas, si en campaña un candidato normalmente busca apoyo (endorsements), ahora el presidente electo es el que reparte los cargos y muchos recursos. Como ocurre en Argentina, muchos se moverán “al que da de comer”.

Quedará una oposición ideológica importante de sectores poderosos e influyentes del Partido Republicano (y de los sectores igualmente poderosos que representan), con el librecambio comercial, la baja de impuestos a los empresarios como solución antes que el castigo a los que se van a producir fuera del país, así como en otras esferas, menos contradictorias para Trump, como el ala del conservadurismo moral (vinculado a los sectores Evangélicos). Ahí estará la batalla.

No obstante, no es imposible que sobre el proteccionismo Trump encuentre alianzas circunstanciales con algunos congresistas demócratas. Trump, de hecho, invadió algunos electorados tradicionalmente demócratas como en el llamado Rust Belt, golpeado por el desempleo tecnológico y la deslocalización, a pesar de la ortodoxia política de su partido, más afín al librecambio, los tratados multilaterales y la globalización. Por tanto, es más probable que el Grand Old Party se renueve, adaptándose a su imagen y esencia baja antes que lo inverso.

Por otra parte, los electorados que podría conseguir si intenta –probablemente, con poco éxito– expandirse hacia lo alto, son mucho menores que los riesgos que corre de alienar a la base que ya conquistó. Y a los que no les guste, que se encuentren otro lugar bajo el sol. Bipartidista y poco flexible, además, el sistema de partidos no ofrecerá otras opciones a los republicanos que quisieran rivalizar con el presidente electo.

EL TRUMPISMO REPUBLICANO Y LAS BASES SOCIALES DEL SISTEMA DE PARTIDOS

Sin embargo, la cuestión desde lejos más interesante y potencialmente más radicalmente innovadora en cuanto a la sociología política del sistema de partidos norteamericano proviene de la nueva –o por lo menos, cambiada en sus proporciones— base social electoral del “trumpismo republicano”. Por una parte, los votantes de Trump fueron mayoritariamente blancos, hombres, más viejos que jóvenes y de pequeñas ciudades con poca movilidad social intergeneracional, gran homogeneidad racial y bajos niveles de inmigración. Por otra parte, lo nuevo es que fueron en gran parte trabajadores de cuello azul –aunque predominantemente no industriales– y de bajo nivel educativo. Mientras tanto, la élite ilustrada norteamericana –en todos los ámbitos– estuvo homogéneamente a favor de la candidatura de Hillary Clinton; la juventud más militante (de izquierda) estuvo más bien con Bernie Sanders; y el voto negro quedó hegemónicamente dominado por los demócratas.

Así, el escenario casi impensado en, y para, Estados Unidos, y con cierta resonancia en la historia sociopolítica argentina, es que con el liderazgo de Trump se consiga una transformación radical de la sociología política electoral del país, con sectores blancos de orígenes no urbanos populares alineados con el nuevo Partido Republicano (algo que empezó hace mucho con la estrategia sureña y que tomó otro salto con Sarah Palin), y sectores con más alto nivel de educación (lo alto) alineados con el Partido Demócrata, que hace tres cuartos de siglos representaba sólidamente a la clase obrera (no particularmente ilustrada). De este modo, las minorías raciales quedarían en el mismo partido que sus aliados liberales cultos (y multiculturales).

La reacción del Partido Demócrata en ese sentido será determinante: si ataca al trumpismo desde la burla, el pánico de lo alto (frente a la “barbarie”), desde la izquierda, o desde el multi-racialismo y multiculturalismo.

En resumen, ese escenario daría un populismo de derecha popular blanco, no urbano, frente a un antipopulismo a dos patas. Para hacer una analogía con Argentina en los ‘90, un peronismo menemista popular del interior, frente a una Alianza urbana, de clase media por “arriba” (más las minorías raciales). Con la diferencia, no obstante, de que el proteccionismo trumpista estaría mucho más en la línea del peronismo histórico que del proyecto caballista del menemismo.

Trump supo ver y aprovechar una versión de la profunda grieta en Estados Unidos en los años recientes (en su caso, más desde el lado sociocultural que socioeconómico como Sanders), aparejada con el disgusto creciente frente a la globalización (incluso en su versión inmigratoria) que se vio también en el Brexit y en el crecimiento de varios populismos en los países desarrollados. El populismo emerge y se desarrolla no solamente en las sociedades divididas económicamente sino también –y fundamentalmente– cuando la grieta es sociocultural, como lo es en la sociedad que recibirá Trump.

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