Gobernabilidad MM

La gobernabilidad macrista es muy distinta a la cristinista, pero tienen como punto en común que es su extrema personalización.

Un año de Mauricio Macri como Presidente de la Nación. Así comienza esta nota, ya que otras opciones de apertura, tales como “un año de Cambiemos en el poder”, “primer aniversario del macrismo en el Gobierno”, introducirían tanto un colectivo de existencia discutible como atribuciones de funcionalidades dudosas.

Primer punto en este intento de evaluación de rigor a fin de año: Macri en todo este tiempo ha “gobernado” a la Argentina. Lo ha hecho a su gusto. Ha impuesto su estilo. Incluso, se puede decir que tozudamente ha mantenido un modo de hacer las cosas a pesar de críticas, resultados adversos y una plétora de modos alternativos de “gobernar”.

Obviamente, cuando se dice aquí que Macri “gobernó” Argentina no se está afirmando que hizo con ella lo que quería (casi uno está tentado a decir, todo lo contrario). Lo que el Ingeniero Presidente ha exhibido es ese concepto con los que los politólogos hemos engrosado el habla de mi tierra: la consabida “gobernabilidad”. O sea, esa sensación generalizada de que el Number One está al timón del barco del Gobierno y que la sociedad no rechaza expresivamente ese mando como también lo reconoce.

Pero ahondemos un poco en que consiste la “gobernabilidad macrista”. Contrastémosla, por ejemplo, con la “gobernabilidad cristinista”. Si algo tienen en común ambas “gobernabilidades” es que han sido extremadamente personalistas. Claro está que la “gobernabilidad cristinista” era una gobernabilidad , conflictiva, invasiva, polarizante, dominante, épica. Todos los días la Presidenta nos narraba la batalla que Ella apoyada espectacularmente por sus militantes (en el sentido de espectáculo que creaba) la emprendía contra los “enemigos” del Pueblo, de Argentina, de los Derechos.

En cambio, la “gobernabilidad macrista” intenta presentarse como todo lo contrario. No conflictiva, no politizada, solucionadora de problemas (más allá que los resuelva o no), con cuestiones que no son de vida o muerte. Con un Presidente que no es un Superhéroe, sino un tipo que tiene un trabajo bastante exigente, que lo sufre y que también tiene una vida propia para vivir, con Juliana y Antonita.

Aquí hay algo interesante, porque más que “privatista”, Macri aparece como “publicista”, en el sentido de que para él y su equipo de comunicación –que por ahora es lo mismo– el apoyo popular se construye, en gran medida, acercando a la gente al “Presidente-Hombre-Padre de FamiliaHijo que sufrió bullying paterno”, a través de la publicidad de cuestiones de la vida privada.

Así Macri capta el Zeitgeist de lo “público”: no aquellos bienes que son propiedad de todo, no aquellas cuestiones que nos afectan a todos, si no es público porque es de dominio público. Los muchos miran a los pocos. De Kant a la revista Hola. Del Pueblo efectivamente reunido que brinda el carácter público de los regímenes fascistas –y el de su hijo putativo populista– al de la GENTE rankeando en el “minuto a minuto”. Dos caras de la misma moneda, según Agamben, de ese arcano teológico que es la Gloria y que vibra todavía en nuestras sociedades como bajo continuo pese a nuestra ilusión orgullosamente moderna (y hasta postmoderna). En síntesis, una época en que lo público troca en popularidad mensurable estadísticamente.

Nadie puede dudar de esta nueva ontología política (disfrazada de antipolítica). Ni siquiera, de su carácter crítico para la gobernabilidad. Asimismo, es evidente que el Gobierno no cree que la dimensión “publicitaria” agote a la gobernabilidad. Pero sí, el Presidente Macri parecería considerar que la Gobernabilidad Comunicativa es la arena fundamental del Gobierno, ya que allí se cose el apoyo popular y las medidas de gobierno pasan a segundo plano ya que quedan metabolizadas, fragmentadas, olvidadas, e ignoradas, en la ilusión de la cercanía del Presidente/ Persona y el Gobierno timbreando para “escuchara los vecinos”.

Para lograr aquí la máxima efectividad, Macri debe transformar cada amenaza, conflicto y crisis en un “problema a solucionar” a través de la gestión –se diría casi una hiperneutralización posliberal para seguir la veta del análisis crítico de un Carl Schmitt. Todo lo cual redunda en el sobrepago a los intervinientes en la negociación, porque tienen que quedar todos “incluidos”, ya que la incordia solo debe quedar para los que están fuera, para los nostálgicos –o sea, para los fracasados y corruptos–. Y aquí hace la gran diferencia, con ese Otro odiado por la mayoría de los que votaron a Cambiemos.

Lo cual le permite a través de la Gobernabilidad Comunicacional mediar y exhibir Gobernabilidad Social (la gran duda sobre el gobierno de Cambiemos será siempre si puede mantener la paz en las calles), Gobernabilidad Institucional (la de los Palacios, pese a no tener mayoría en ninguna Cámara, y tampoco mostrar mayores habilidades en la gestión política de la Justicia) y muy especialmente la Gobernabilidad Económica (pese a la caída relativa del “consumo” y todas las malarias asociadas).

Por supuesto, que esta es una Gobernabilidad sustentada en la capacidad de endeudamiento barato, totalmente en duda con la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca. Las imágenes finalmente se sustentan en los dólares contantes y sonantes. Por ahora, la preocupación del Gobierno es que estos alcancen hasta las elecciones. ¿Despues?. Se verá.

 

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