La UCR debate su estrategia

(Especial para la edición online)

Las elecciones primarias dejaron un sabor amargo para el radicalismo. Ricardo Alfonsín aspiraba a que la distancia con relación a Cristina fuese de 25 puntos pero terminó siendo de 38. A partir de ese resultado se abrieron varios debates en el partido. Uno estuvo referido a las razones del pobre desempeño, otro sobre cuál es la mejor estrategia para octubre y  el más importante – aunque menos difundido- sobre su futuro.

Durante el tiempo que transcurrió desde el voto no positivo de Julio Cobos hasta los meses  inmediatamente posteriores al triunfo en las elecciones legislativas de 2009, el  debate interno giraba sobre lo que había que hacer para evitar los errores de la Alianza y otros temas que daban por descontado el triunfo electoral. No se discutía tanto sobre como llegar al poder sino sobre como sostenerse en él para evitar frustraciones anteriores. Algunos hechos puntuales mejoraron la imagen del radicalismo y muchos dirigentes  interpretaron ese dato como una recuperación de la confianza social en su capacidad de gestión.

Pero la mejora de la imagen presidencial de la mano del crecimiento de la economía que comenzó a percibirse a fines de 2009 fue cambiando el panorama electoral. Al mismo tiempo, la exitosa coalición de radicales, socialistas y seguidores de Elisa Carrió- que había tenido un muy desempeño en las elecciones- comienza a resquebrajarse y la mayoría opositora en el Congreso no logró los resultados esperados.

Los errores de campaña

A la hora de explicar los resultados, dentro de la UCR hay argumentos para todos los gustos. Pero la falta de diálogo interno sobresale entre ellos. El sector alfonsinista  y el no alfonsinista se recriminan mutuamente el bajo nivel de integración partidaria al momento de encarar la campaña. Muchos sectores entienden que fue un error no haber utilizado las Paso para dirimir la candidatura presidencial porque se perdió la oportunidad de generar un amplio debate y una fuerte movilización electoral.  Un documento de Jesús Rodríguez y recientes declaraciones de Cobos apuntan en esa dirección.

El movimiento más audaz de la campaña, que fue el  acuerdo con Francisco De Narváez, no tuvo el resultado esperado y no dejó satisfecho a nadie. Para algunos constituyó un giro de Alfonsín que resultó incomprensible para la sociedad más allá de que haya sido presentando como una demostración de que tenía vocación de poder. En el plano interno la sorpresa se produjo porque precisamente Alfonsín se había diferenciado de otros sectores acusándolos de querer hacer acuerdos con la derecha. Así, una vez más en política, el ganador ejecuta las ideas de los perdedores.

Pero aun quienes impulsaron el acuerdo asumen que no alcanzó la profundidad requerida y que no se logró un trabajo conjunto adecuado. La idea de una alianza era fruto de la necesidad: de De Narváez de tener una boleta con candidato presidencial y de Alfonsín de reunir votos en un distrito clave en el cual en 2007 como candidato a gobernador había obtenido sólo el 5% de los votos.

La ruptura de la alianza con Hermes Binner también fue un golpe para la campaña radical. El argumento utilizado por el gobernador de Santa Fe fue el acuerdo con De Narváez pero en realidad nunca vio las ventajas de participar en un frente opositor con pocas posibilidades de ganar.

Para mejorar sus desempeños en el futuro, la principal dificultad que enfrenta el radicalismo es su tendencia a explicar los procesos electorales a partir de su vida interna.  Sus problemas trascienden a la línea interna que lo conduce: son consecuencia, además, de que tiene rotos sus vínculos con amplios segmentos de la sociedad. Es un dato estructural que va más allá de quien sea el candidato, como quedó demostrado en todas las elecciones recientes. Hay muchos sectores que no le reconocen aptitudes ejecutivas a la UCR luego de sus últimas experiencias. A su vez, tiene poca penetración entre los jóvenes y los sectores populares porque su caudal electoral desciende a medida que baja la edad de los votantes y su nivel de ingresos.

Los datos electorales del conurbano bonaerense volvieron a reflejar esa debilidad porque Alfonsín no superó el 10% y en algunos distritos muy populosos obtuvo sólo el 7%. La UCR tampoco pareciera conectar con los sectores más dinámicos de la sociedad argentina, capaces de insertarse en la economía global, y su base militante está compuesta esencialmente por quienes tienen empleos en el sector público.

El radicalismo participó de las primarias sin aliados en el ámbito nacional y, por lo tanto, el 12% obtenido refleja con bastante precisión su actual peso electoral. A su vez, no mostró grandes variaciones en las distintas provincias del país (su mejor elección fue en Córdoba con el 17,6%  de los votos y la peor en Santiago del Estero en donde obtuvo el 6,5%) y salió segundo en dos tercios de los distritos.

Recuperar los niveles de apoyo popular que tuvo en otras épocas requerirá mucho más que el predominio de determinado sector interno en la conducción de los organismos partidarios o que se acierte con el tono de la campaña.

Lo que viene

Antes de iniciar los debates sobre su futuro, hay un compromiso electoral inmediato que debe atenderse. Las autoridades partidarias, con el reaparecido Ernesto Sanz a la cabeza, parecen apostar ahora a mantener la representación parlamentaria y promueven como ejes de la campaña evitar una concentración de poder y controlar al Ejecutivo. La estrategia puede tener su recompensa en la medida en que el radicalismo renueva pocas bancas y consecuentemente las puede conservar. Pero la jerarquización de las listas legislativas no ayudará a que Alfonsín mejore su performance y corre el riesgo de ser desplazado del segundo lugar por Binner.

Este plan tiene, además, un problema adicional y es el escaso atractivo que tienen para los votantes de origen radical los candidatos a legisladores. Es el caso de la candidatura a senador por Buenos Aires de José Scioli. En el caso de la lista de diputados, la única figura con reconocimiento social es Graciela Ocaña pero su vida política se desarrolló siempre lejos del radicalismo y su candidatura actual fue impulsada por De Narváez. Su paso por el gobierno de Cistina no fue exitoso y si bien se valora su confrontación con Hugo Moyano, es un activo de importancia decreciente por cuanto los cambios en la conducción de la CGT pueden producirse dentro de no mucho tiempo.

En cuanto a las los candidatos en la Capital Federal, la UCR recurrió a dos fiscales – Manuel Garrido y Pablo Lanusse- para encabezar las listas que acompañan a Alfonsín.  Ese perfil de candidatos es toda una definición de los problemas que enfrenta el radicalismo: mucho control, mucha fiscalización,  mucha denuncia pero pocos candidatos identificados con el desarrollo productivo y social del país. El resto de los postulantes, tanto en la Capital como en Buenos Aires, tienen una trayectoria política centrada en la vida interna del partido y sin una inserción social significativa, lo que reduce la posibilidad de hacer una campaña exitosa basándose en ellos.

El futuro

En este marco, la recuperación por parte de la UCR de una representación electoral mayor no será tarea sencilla. Si se repiten los números de las primarias, quedará con una representación parlamentaria acotada que le permitirá ser la segunda fuerza en ambas cámaras del Congreso pero con poco margen para impulsar una agenda propia. A su vez, sólo tiene posibilidades de competir con alguna probabilidad de éxito por la gobernación de Mendoza. No es un buen dato por cuanto quedó en evidencia en los últimos años que  contar con un vínculo con anclaje estatal es cada vez más importante para construir una alternativa política.

Además, si se repiten los resultados de las primarias, no habrá radicales entre las figuras que quedarán mejor posicionadas para 2015: Daniel Scioli, José Manuel De la Sota, Juan Manuel Urtubey y Mauricio Macri. El peso institucional de la UCR puede quedar reducido al gobierno de algunas ciudades importantes y capitales de provincia como las de Córdoba, Santa Fe y Mendoza.

En el pasado había sectores que temían por los excesos del peronismo y votaban por el radicalismo pensando que era el único partido que podía ponerle un límite.  Pero en amplios sectores sociales parece predominar hoy la preocupación contraria;   perciben que cualquier otra fuerza política puede tener problemas de gobernabilidad y que, por lo tanto, sólo el peronismo asegura gobiernos estables porque como opositor resulta implacable. La idea de que la Argentina tiene un sistema bipartidista ha sufrido un golpe en de las primarias.

En los próximos tiempos, la UCR tiene por delante el difícil camino de reconstruir sus vínculos con la sociedad. Hay un sector de la sociedad al que puede aspirar a representar. Es aquel que tiene una fuerte demanda republicana  y acompaña ideas económicas y sociales progresistas. En estas últimas elecciones no sólo Alfonsín sino también Binner, y en menor medida Carrió, aspiraron a representarlo. Pero ese segmento social no es tan numeroso como para tener tres candidatos competitivos.

El radicalismo puede intentar representarlo sólo o liderando una coalición pero el primer paso será reconocer que hoy enfrenta un desafío que va mucho más allá de quién ejerza la conducción del partido o de quiénes sean sus circunstanciales candidatos.

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