La casa de piedra de Macri

(Columna de Joaquín Múgica Díaz)

El Presidente argentino logró construir una estructura para gobernar un país en crisis pero todavía tiene muchos desafíos por delante.

Prefirió el dinero al poder. En esta ciudad, es un error que casi todos cometen. El dinero es la Mansión en Sarasota, que empieza a caerse a pedazos después de diez años. El poder es la vieja casa de piedra que se mantiene durante siglos. No puedo respetar al que no ve la diferencia”, dice Frank Underwood en la famosa serie House of Cards, una de las más populares en Estados Unidos y amada por muchos dirigentes de la política argentina.

Mauricio Macri es el protagonista principal de una serie en la que el contenido es pura realidad. No hay ficción en la vida diaria del país que conduce. “Es hoy, es ahora”, suele repetir en actos y discursos.

El presidente de los argentinos comenzó su mandato con una idea muy clara. Tenía que pisar fuerte en los primeros meses de gobierno para poder mostrar una imagen de entereza frente al desarraigo del kirchnerismo. El gran desafío era exponerse como el líder de una dirigencia diferente a la que había gobernado el país en la última década. Demostrar que existe otra forma de hacer política que no es la de la liturgia peronista y los actos multitudinarios en el GBA. En definitiva, borronear la imagen del político tradicional y afincarse en un discurso menos hostil y más pragmático.

Los cimientos de la casa de piedra comenzaron a construirse en noviembre del 2015 cuando 680.000 votos marcaron la diferencia a favor de Macri en el balotaje que en lo enfrentó con Scioli. El ex jefe de gobierno de la Ciudad de Buenos Aires fue el designado por la gente para canalizar el desencanto después de doce años de gobierno kirchnerista. Más de la mitad de los habilitados a votar en las elecciones decidieron otorgarle la difícil tarea de llegar a la Casa Rosada, sin las credenciales ni el acompañamiento del partido político más poderoso que ha tenido la Argentina a lo largo de su historia. Una apuesta a futuro que, en un principio, les trajo dolores de cabeza a sus votantes y que, de cara al segundo año de mandato, parece comenzar a cumplir un mínimo de expectativas.

Las primeras paladas de cemento para el contrapiso las empezó a colocar cuando decidió abrir el juego y darle voz y voto a los gobernadores peronistas. Esa clara búsqueda de gobernabilidad, de la que también fueron partícipe el Frente Renovador, el bloque Justicialista y sectores progresistas, le valió el acompañamiento de los dirigentes opositores que le habían soltado la mano a Cristina Kirchner cuando comenzaron a divisar el final de una etapa. Logró, con Emilio Monzó y Rogelio Frigerio a la cabeza, negociar acuerdos en el Congreso y aprobar leyes clave para gobernar durante el primer año de gestión con minoría en ambas cámaras.

El oficialismo pudo aprobar el proyecto de pago a los holdouts, la ley de blanqueo de capitales, la reparación histórica para los jubilados y la incorporación de la figura del arrepentido para los casos de corrupción, entre otras leyes que se trataron a lo largo del año. Además, respaldó con éxito los pliegos de Carlos Rosenkrantz y Horacio Rosatti, los jueces que Macri propuso para la Corte Suprema de Justicia. Sólo son algunas de las batallas ganadas por Cambiemos. Pero también hubo derrotas que atrasaron la construcción de la estructura gubernamental y tensionaron la relación entre Gobierno y los sectores más benevolentes de la oposición.

El 2016 fue un año marcado por el aumento de la inflación, la falta de empleo, la disminución de las ventas en comercios minoristas, la suba de tarifas, la caída de la industria y la construcción, y la inclusión de un millón y medio de personas debajo de la línea de pobreza. Esa seguidilla de malas noticias para el bolsillo del argentino no logró derretir los incipientes cimientos de la estructura macrista. El Presidente soportó la etapa más crítica con un discurso esperanzador y abrazado al futuro inmediato como única salvación.

Pese al impacto negativo que sufrió la mayor parte de la sociedad por las primeras medidas económicas de la gestión, Macri logró convencer con su alocución anclada en la dialéctica de lo nuevo y lo viejo. La herencia recibida aportó piedras para la casa.

El lugar que el Gobierno le dio a la Iglesia Católica fortaleció la construcción. El papa Francisco se encargó de demostrar en los primeros meses que su intención es que haya diálogo en Argentina aunque dejó a la luz, a través de sus gestos, que Macri no es el conductor que hubiese elegido para manejar los destinos del país donde nació. Pero,a través de pacientes gestiones, el Gobierno logró entablar una mejor relación con el Sumo Pontífice que, cada vez que lo consideró necesario, se metió en la política argentina a través de sus voceros. Con un Papa argentino, la mejor decisión siempre será tener buenos lasos con el Vaticano. Así lo interpretaron desde un principio en la Casa Rosada.

El avance de las causas judiciales contra Cristina Kirchner, los funcionarios del último gobierno y los empresarios vinculados al kichnerismo, fueron varias toneladas de arena que la Justicia Federal le regaló a Macri. Ricardo Jaime, Lázaro Báez y José López terminaron presos. Julio de Vido y Aníbal Fernández fueron procesados. Las causas de corrupción le sirvieron al actual gobierno para desviar la atención en tiempos donde la vida diaria del argentino se hizo cuesta arriba.

Macri construyó poder en su primer año de mandato. Lo hizo surfeando entre los casi 4 puntos de inflación mensual que estrangularon a la mayoría y durante una etapa en la que buscó que sus hombres fuera pragmáticos y negociadores. No tuvo demasiada suerte con los empresarios, los que llevan su propia sangre profesional. Pero sí pudo lograr acuerdos con la CGT y los movimientos sociales más representativos para que el país no viviera un clima de espesa tensión en el tramo final del año.

La casa de piedra de Macri, que lejos está de estar terminada, también se construyó con la valentía de María Eugenia Vidal para enfrentar a la Policía Bonaerense; la muñeca de Esteban Bullrich para negociar contra reloj con los docentes y empezar las clases a tiempo;y la ductilidad de Marcos Peña para marcar la impronta comunicacional, política y discursiva del gobierno. Así pudieron formar una estructura para sostener la gestión. Una etapa a la que le quedan tres años y que buscarán extender en el tiempo.

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