Coalición o movimiento, dilema para Cambiemos

La desconfianza hacia la “partidocracia” y las propensiones movimientistas del macrismo.

El debate interno en la coalición oficialista sobre si conviene “abrirse a otros sectores” (léase, peronistas), o consolidar su conformación actual con el PRO, la UCR, la CC y adyacencias, puede ser definido como una discusión entre “extensivistas” e “intensivistas”: ir hacia un movimiento “catch-all” ampliando sus márgenes y límites, o afirmar su identidad buscando aglutinar el espectro del electorado no peronista. En este último grupo, hay además dos tendencias que se bifurcan: están los “coalicionistas” que buscan institucionalizar el acuerdo interpartidario y los “macristas puros” que apuntan a potenciar “el partido del Presidente”.

Aquí es donde el círculo se cierra. Los inclinados a proyectarse y tender sus redes al agitado cardumen peronista se aproximan bastante a los macristas puros, que apelan al movimiento ciudadano “más allá de los partidos”. Macri alienta todos estos impulsos y preferencias mientras le sumen adhesiones, pero debe dirimir cuando estas se vuelven incompatibles. Ese doble juego de alentar y disciplinar explica las movidas políticas estivales con las que el Gobierno se prepara para encarar su estrategia, de cara a las elecciones de medio término de este año, cruciales para su futuro.

La salida de Alfonso Prat-Gay y Carlos Melconian –referentes del ala heterodoxa y ortodoxa respectivamente y, a la vez, dos fusibles desde un comienzo- y el ingreso de Javier González Fraga y Nicolás Dujovne, dos nombres arrimados por el principal interlocutor radical, Ernesto Sanz le dieron aire a los “coalicionistas” que vienen pidiendo mayor participación en las decisiones. Los radicales no quieren cederle protagonismo al PRO dentro de Cambiemos. Para eso, definirán su estrategia electoral y la confirmarán en el encuentro que se realizará en febrero en la ciudad cordobesa de Villa Giardino. Allí harán catarsis, desgranarán sus preocupaciones respecto de varias políticas en curso y reclamarán encabezar las listas de candidatos a diputados y senadores de la alianza de gobierno.

Por su parte, el propio Macri dio señales claras en la reunión con los 14 intendentes bonaerenses del PRO realizada el 17 de enero en Tres de Febrero, con Diego Valenzuela como anfitrión. “La campaña es la gestión”, les dijo, con Rogelio Frigerio –chequera en mano– a su lado. Por ese camino transitarán quienes entienden a Cambiemos como un PRO expandido antes que como una coalición de fuerzas de diferente color.

A fines de octubre pasado se conformó una Mesa Nacional de Cambiemos. Acompañado por Sanz y Elisa Carrió, Macri instó allí a sus socios a “seguir ampliando la base” y minimizó las diferencias internas. “Necesitamos que esto continúe en un círculo virtuoso creciendo cada día con la herramienta maravillosa que es el diálogo”, planteó el Presidente. Esa Mesa Nacional quedó integrada por once representantes del PRO, 8 de la UCR, 4 de la Coalición Cívica y un sindicalista peronista, Gerónimo “Momo” Venegas. Se les encargó la elaboración del esquema electoral para las legislativas de este año, pero pocos imaginan que las definiciones sobre las listas surjan de esa instancia de coordinación interpartidaria.

Hay una desconfianza hacia la “partidocracia” alimentada por las premisas y relevamientos de Jaime Durán Barba: “A la gente no le interesa el juego de los políticos ni la política de partidos”. Se trata de una versión remozada de las visiones sobre la mercantilización de la política teorizada por Anthony Downs (Teoría económica de la democracia, 1957), quien comparó la competición electoral con un mercado donde la oferta la producen los partidos como empresas de servicios políticos y la demanda la seleccionan los ciudadanos como consumidores soberanos. Es el modelo de democracia que, desde Schumpeter, se denomina “elitismo competitivo”, en el que es la cúpula de cada partido quien dirige la competencia electoral

Como lo explica Enrique Gil Calvo, la competencia política se termina “cartelizando”, pues los grandes partidos fueron convergiendo en la prestación de los mismos programas. Es lo que Richard Katz y Peter Mair denominaron en 1995 el “partido-cártel” (o el cártel de partidos), por analogía a cómo los carteles de las grandes empresas se ponen de acuerdo para fijar precios ofreciendo básicamente el mismo producto, apenas diferenciado por técnicas de marketing publicitario. Así se quiebra el vínculo de representación entre oferta y demanda, pues los partidos se desentienden de la defensa de los intereses de sus electores para concentrarse en la ocupación del poder estatal. El resultado es una democracia que degenera (Gobernando el vacío, título póstumo del último libro de Mair), porque la dedicación de las élites políticas a sus responsabilidades de gobierno se ha hecho al precio de abandonar su receptividad a las demandas de sus electores, que quedan abandonados a su suerte.

Ese vacío político, denunciado por Mair como efecto de la cartelización de los partidos elitistas, es ocupado por la irrupción de nuevos partidos emergentes, creados por emprendedores políticos recién llegados que han vuelto a ser receptivos a las demandas desatendidas de los ciudadanos. Unos emprendedores políticos que además han sabido competir con ventaja al contar con el respaldo de los grandes partidos gubernamentales, ofreciendo a los ciudadanos una nueva oferta política “de bajo costo”(low cost). El elitismo competitivo de Schumpeter que caracterizaba a los grandes partidos-cártel se ha visto sustituido así por el populismo competitivo de los nuevos partidos emergentes: ¿Puede ser el caso del PRO en Argentina? Como concluye Gil Calvo, el problema es si, en esta democracia “de bajo costo”, la calidad del producto político no se abaratará y devaluará todavía más.

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