“La grieta sigue en pie”

A varios meses de las elecciones de medio término, las incógnitas son tantas, o más, que las certezas. En ese sentido, en diálogo con el estadista, el director de Ibarómetro, Ignacio Ramírez, divisa algunas de las preguntas que rondarán el año electoral.

Hablar de intención de voto a meses de las elecciones y sin ofertas electorales definidas es un sinstentido. Pero, ¿qué nos dicen las encuestas de otros aspectos, como ser la evaluación de la gestión e imagen presidencial, las expectativas de la sociedad, el clima de época?

En relación a la imagen del Gobierno se produce un fenómeno interesante que por momentos puede resultar enigmático. Al evaluar el desempeño del Gobierno en materia de gestión y políticas públicas las calificaciones son mayoritariamente negativas. Es decir, un espacio político (el PRO) cuyo posicionamiento tuvo históricamente centro de gravedad en las credenciales de gestión (“soluciones técnicas” versus “ideologia y relato”) aun no consiguió instalar ninguna marca asociada a la gestión, como pudo haber sido el MetroBus en el ambito de la ciudad. Asimismo, las encuestas detectan que la incertidumbre y el desánimo tiñen a cada vez más segmentos de la opinión pública, un creciente pesimismo basado en las percepciones del entorno socioeconómico. Ahora bien, a pesar de las percepciones negativas sobre la marcha negativa y a pesar de la debilidad atribuida al Gobierno en el plano de la gestión, el Gobierno mantiene un respaldo importante y estable que oscila alrededor del 50%.

¿A qué atribuye ese desfase?

La explicación de este serendipity, como llamó el sociólogo Merton a los fenómeno atipicos, difíciles de explicar y clasificar, no reside tanto en las expectativas, que transitan una pendiente descendente, o en el tan analizado estilo y estética de Gobierno sino esencialmente en una dimensión política: no es casual que en torno del Gobierno surja un empate politico-ideologico, de proporciones casi idénticas (el “fifty-fifty”) a la foto de la sociedad que alumbró el balotaje. En síntesis, y apelando al lenguaje televisivo, la grieta sigue en pie. La grieta explica que la misma realidad -percibidad como negativa en las dos orillas- sea percibida y elaborada de manera divergente: para una mitad se trata de herencia y para la otra mitad s trata de ajuste. De cualquier manera, el Gobierno ha trabajado con eficacia que su legitimidad descanse mas en sus intenciones (“política de las intenciones”) que sobre los efectos concretos de sus medidas, lo cual suaviza el impacto negativo que podría tener el deterioro del consumo y la economica sobre la imagen de cualquier gobierno.

De cara a las elecciones, el Gobierno parece querer volver a hacer del clivaje kirchnerismo versus antikichnerismo el eje central. ¿Puede hacerlo, cuando por lo general lo que se plebiscita en este tipo de elecciones es la gestión nacional?

Antes y después de la pelea por los votos, se produce la pelea por el sentido de los votos, es decir la competencia semántica y simbó- lica bajo la cual se establece el significado de las elecciones: ¿qué se vota cuando se vota? Este proceso se acentúa en elecciones legislativas que tienen una suerte de “indefinición intrínseca” (nadie se apasiona votando diputados) por la cual al voto se la añaden sentidos a través de la comunicación política. Por el momento no se ha configurado un encuadre dominante aunque el oficialismo es un emisor más coherente y sistemático que el archipiélago opositor, surcado por contradicciones internas y conflictos tribales. El Gobierno sigue decidido a plebiscitar la herencia, probablemente en una narrativa segun la cual el kirchnerismo es el “pasado que hay que dejar atrás para que el país puede, definitivamente, despegar”. Por su parte, la oposición debería orientar sus esfuerzos en desplazar el centro de gravedad de la agenda hacia los resultados de la gestión de Cambiemos en esta primera etapa, aunque por el momento la oposición no articula un relato claro y unificado, Tal es así que hablar de “oposición” es un abuso del lenguaje, ya que sugiere una unidad que no existe en la realidad; a lo largo del 2016, las oposiciones han competido más entre sí que contra el Gobierno, lo cual he retrasado que se forme el clivaje “oficialismo versus oposición”, como rivalidad que organiza el campo de batalla.

¿Qué interrogantes habrá que seguir de cerca durante el año electoral?

Todas las fuerzas tienen desafíos que ahora solo podemos formular en clave de interrogantes. Luego de su zigzagueo discursivo, ¿en qué lugar del mercado electoral estacionará Sergio Massa? ¿El Frente Renovador será centrifugado por un peronismo poskirchnerista? Por el lado del oficialismo, la pregunta es si podrá mantener este umbral de apoyo sin mostrar resultados tangibles de gestión y en un contexto de crecientes y extendidas preocupaciones económicas y laborales. Creo que el principal desafío del oficialismo pasa por allí más que por su supuesta carencia de candidatos. Y después está el peronismo no kirchnerista. ¿Cómo compaginará su competencia de a dos bandas? No se puede ser oposición del presente y oposición del pasado sin dejar signos inconsistentes en el medio. Una de las palabras más usadas en elecciones es muy elocuente: “posicionamiento”. Dime dónde estas y te diré quien eres. El peronismo no-K aún no resolvió donde estar. Y volviendo sobre la “indefinición intrínseca” de las elecciones legislativas, ¿quién decide quien ganó y quien perdió cuando el conteo de votos termine? En algún sentido, las elecciones legislativas se definen el lunes y (*) Director de Ibarómetro

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