Cristina, la Alfonsín del peronismo

(Columna de Facundo Matos Peychaux y Facundo Muciaccia)

La centralidad de la ex Presidenta en el justicialismo obstruye la renovación de los liderazgos al interior del  partido.

“El peronismo necesita un trasvasamiento generacional y un recambio dirigencial sin egoísmos”

(Cristina Fernández de Kirchner, 2015)


“El retiro de un político sólo tiene lugar cuando muere”

(Raúl Alfonsín, 2002)

 

Se suele decir que los conductores en el peronismo tienen su sucesor en vida, mientras que la renovación en el radicalismo se da una vez que el otrora líder ya no está. Autores que han tratado el fenómeno identifican, apuntan como razones de esta diferencia, a la inorganicidad del Partido Justicialista (PJ) en oposición a la organicidad radical y al hecho de que la competencia por el liderazgo en el peronismo se da en base a los resultados (cambiantes) que ofrecen las urnas, lo que empuja a una renovación tras cada derrota. En contraposición a la UCR, donde el liderazgo partidario puede disociarse del electoral.

La historia de ambos partidos es rica en ejemplos. “La única manera de renovar el liderazgo radical ha sido la muerte natural del líder. Nunca en su historia la conducción nacional fue reemplazada mediante este mecanismo. Desde Alem (en la década de 1890) hasta Balbín (1950-1970), pasando por Yrigoyen (1900-1930) y Alvear (1930- 1940), solo el fallecimiento del líder permitió el recambio dirigencial. La vigencia de Alfonsin demuestra que esta tradición no ha sido superada”, describía Andrés Malamud en un trabajo de 2008, un año antes de la muerte del presidente que encabezó el retorno a la democracia. En contraposición a ello, Vicente Saadi, Antonio Cafiero, Carlos Menem, Eduardo Duhalde y Néstor y Cristina Kirchner, entre otros, se han pasado el liderazgo en vida a través de disputas internas, en una “sucesión permanente” dentro del partido, como la llama Ernesto Calvo. El escenario hoy, sin embargo, pareciera ser otro.

 

La vuelta del ex

La búsqueda de volver a la Presidencia siempre tienta a los ex mandatarios. Parte de la explicación de este anhelo constante se encuentra en el modelo híbrido de reelección que parió la Constitución de 1994. Con hasta una reelección consecutiva permitida, pero con posibilidad de volver al cargo indefinidamente en el tiempo con interregnos de al menos cuatro años entremedio, los ex mandatarios siempre tienen la puerta abierta para su vuelta, y nunca abandonan la pelea. A diferencia de lo que sucede en Estados Unidos, donde la posibilidad de una sola reelección para siempre (el modelo que Alfonsín quería durante la discusión de la reforma de 1994, pero que Menem rechazó), deja a los ex presidentes fuera de carrera en el futuro. En ese marco, no es la excepción. Aunque todavía no definió si será candidata ni si buscará ocupar las listas con los suyos, retiene un lugar central en el peronismo.

Un espacio de influencia que, con sus variantes, ya había ocupado Alfonsín en la UCR. Presidente del partido centenario casi ininterrumpidamente entre 1983 y 2001, con apenas dos pausas –de seis años en total–, nombrado en una de esas oportunidades a propuesta del por entonces presidente radical Fernando de la Rúa; candidato en dos oportunidades –al Senado en 2001 y como convencional constituyente en 1994–; y con un rol central en la negociación del Pacto de Olivos, en la conformación de la Alianza y en el período posterior al derrumbe del gobierno delarruista –con una actitud cooperativa con Duhalde–, el ex presidente radical fue una figura de mucha gravitación en la vida del partido centenario hasta su muerte.

Como en ese caso, la suerte del PJ no es ni puede ser ajena a la de su líder. Con el agravante, en el caso del peronismo, de que la derrota de 2015 tanto a nivel nacional como en la provincia de Buenos Aires lo obliga a recomponerse cuanto antes si quiere volver a ganar (un elemento central en el ADN justicialista, como recuerda Victoria Murillo).

 

Contingencias y proyecciones. Cristina, ¿sí o no?

El peronismo necesita renovarse y ganar. Lo primero no lo puede hacer con Cristina; lo que está en debate –y que divide a unos de otros– es si puede hacer lo segundo sin ella. Las encuestas y los cambios que operaron en parte de la dirigencia peronista en los últimos meses, más proclive a aceptar a la ex Presidenta e incluso una candidatura suya este año, dan a entender que no. La oposición de figuras como Julián Domínguez o Florencio Randazzo postula, en cambio, que es posible.

Según el consenso de las encuestas, mantiene un piso de adhesiones considerable, especialmente en el Gran Buenos Aires y en particular, en la Tercera Sección Electoral. Importante para tener voz y voto en el peronismo, si lo desea, e imprescindible para el justicialismo si quiere construir una alternativa mayoritaria al oficialismo. Aunque no suficiente para prescindir del resto del justicialismo, ni mayoritario para garantizar el triunfo en 2017 o una vuelta indefectible en 2019.

En ese sentido, su figura es esencial y al mismo tiempo controversial para la reestructuración del peronismo. Sus decisiones tienen el potencial tanto de fortalecer la recomposición del peronismo como de fragmentarlo más  todavía, como sucedió con el no acompañamiento de la Ley de Emergencia Social el año pasado, siendo funcional a la estrategia de Cambiemos de enfrentar a un justicialismo dividido.

Con la intención clara de mostrarse por encima de la disputa electoral peronista (pero al mismo tiempo formando parte de ella) y sin aceptar como interlocutor válido a ningún dirigente, Cristina mantiene bajo indefinición su futuro por el momento y genera malestar entre los sectores que pujan por una renovación inmediata, especialmente entre aquellos con una inserción y representación social clara (como movimiento sociales, gremios e intendentes) que hoy la ex mandataria carece en buena medida.

Mientras tanto, al interior del peronismo, muchos dirigentes -incluso aquellos que reniegan de su estilo de conducción hermético en los últimos años y del grupo cristinista que la rodea (Máximo Kirchner, Mariano Recalde, Wado de Pedro o el Cuervo Larroque, entre otros)-, reconocen en la ex mandataria a un cuadro político que está muy por encima de todos los demás. Un liderazgo al que, dada la dificultad que enfrenta el peronismo para renovarse -en parte, paradójicamente, gracias a la propia Cristina-, ningún intendente o dirigente alcanza a hacerle sombra, y que disuade a muchos de marginarla de cualquier construcción. Por ahora, al menos.

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