CFK está obligada a jugar

(Columna de Néstor Gabriel Leone)

Buena intención de votos, sobresaltos en el frente judicial y un peronismo más distante. Algunas hipótesis de aliados y adversarios.

1. ESCENARIOS

Es posible que su decisión se conozca bien cerca del cierre de listas. Como gustaba hacer, cuando era presidenta, para extender el misterio hasta el límite de lo posible, para no resignar margen de maniobra frente a otros actores. Y sabe que eso que decida modificará en buena medida el tablero y la forma en el que se distribuyan las fichas. Como ningún otro protagonista, tal vez. La diferencia, en este caso, es que eso que disponga estará más ligado a negociaciones de nuevo tipo, distintas de la sostenía entonces, con otra correlación de fuerzas. Resabios de la derrota electoral de 2015, pases de facturas incluidos, y el largo año de sobresaltos judiciales, hicieron mella de su ascendencia al interior del peronismo. Pero no lograron dejarla fuera de juego. Ni mucho menos. La buena performance en la mayoría de las encuestas de opinión que se difunden por estos días y la ausencia de liderazgos alternativos consolidados que puedan arrastrar adhesiones en el clave escenario bonaerense permitieron que varios de los que cuestionaban esa ascendencia, para abrir una nueva etapa, revieran sus cálculos y ya no observaran de la misma forma una eventual candidatura suya. Y que otros, más consustanciados, ya den su postulación como algo seguro. A pesar de las dificultades para superar la fragmentación en el universo justicialista, más allá de la profesada búsqueda de unidad. Y a pesar del retroceso concreto del Frente para la Victoria como sello e identidad en los espacios institucionales existentes. En el Congreso, por cierto. Pero también en el juego político de las provincias.

2. MÁRGENES Y TIEMPOS

No obstante esto, existen otras razones para pensar que Cristina está “obligada a jugar”. Y “ahora”, más allá de su deseo o muy a su pesar. Razones de distinto tipo: político-electorales, más inmediatas, y de sustentabilidad política de más largo aliento. Y hasta judiciales. Por caso, la posibilidad de politizar de manera más intensa las ya politizadas causas en su contra. Por caso, la necesidad de cuantificar en votos aquellos guarismos que marcan los sondeos de opinión. Entre otras cosas, porque luego de aquel retroceso en los espacios institucionales relevantes y los cuestionamientos al interior del peronismo, esos guarismos es uno de los capitales más preciados que tiene. Pero necesita ponerlos en valor. Hacerlos pesar en una disputa concreta. El peronismo, como movimiento político donde los espacios de poder y los liderazgos se dirimen especialmente (y hasta cruelmente) en este terreno, señala condiciones y riesgos en ese sentido. Mientras que la volatilidad que tienen estos sondeos, más allá de la fidelidad del núcleo duro, también apremia. Por otra parte, está el carácter ciertamente demarcatorio que pueden tener estas próximas elecciones de medio término. Para el oficialismo, sobre todo, para consolidar o no su esquema de gobernabilidad. Y para la oposición, por cierto. Si el tándem Macri-Vidal logra revalidar en la provincia de Buenos Aires (“la madre de todas las batallas”, Néstor Kirchner dixit), la recomposición opositora será más lenta y la del peronismo, en particular, más imprevista. Y, aún no presentándose, el balance sería adverso, con escaso rédito a futuro. Ahora, si gana la oposición, en algunas de sus variantes, o el peronismo en particular, sin Cristina, el margen futuro para sus posibilidades será aún menor. La recomposición con nuevos liderazgo, más o menos regresivos, en casi todos los casos, la alejaría del centro de la escena.

3. ELEGIRSE COMO RIVALES

Por cierto, un triunfo suyo en la provincia de Buenos Aires, frente a Cambiemos y el Frente Renovador, con el carácter ciertamente determinante que tiene ese distrito para hacer ponderaciones y lecturas sobre el resultado final de la elección, daría vuelta la taba. Y la colocaría en otro lugar. En Cambiemos, no obstante, no tienen esa hipótesis como posible. O la tienen de manera muy marginal. La recurrente elección de Cristina como su principal contendiente rememora algo que pasaba, hace unos años, con el kirchnerismo a cargo del Ejecutivo. Ahora, con lugares intercambiados. Cierto diagnóstico, bastante extendido en sus filas (en las del PRO, sobre todo), de que la participación de la expresidenta puede resultar funcional a los intereses más inmediatos del Gobierno sigue vigente. No tanto ya para apelar al latiguillo bastante baqueteado de la “herencia recibida”, sino porque favorecería reyertas varias al interior del peronismo, impediría que cerrase filas detrás de otro liderazgo y polarizaría la disputa, quitándole espacio a la fuerza de Sergio Massa. A modo de clivaje falsamente definitivo. La promesa de recuperación económica no concretada, las consecuencias más gravosas en términos sociales de las políticas de gobierno, la caída en la imagen de sus principales figuras (no sustancial ni irreversible, pero concreta) y la comparación posible de “modelos” en una lógica de campaña todavía impredecible coloca reparos a esa clave de interpretación. Y tiende a acoplar esos reparos con otras dos consideraciones en ascenso en la opinión pública: que Cambiemos “gobierna para los ricos” y que “no está exento de casos de corrupción”.

4. LA MIRADA DE LOS OTROS

Dos certezas parecieran atravesar la espera por la definición de Cristina. Por un lado, que de darse, su candidatura será a senadora (lo más probable) o diputada (una posibilidad) pero en su provincia natal. Una postulación por Santa Cruz sería un signo inocultable de debilidad. Que sus compañeros no dejarán pasar. Por el otro, que su juego obligará al resto de los espacios a jugar sus fichas más valiosas o más taquilleras. En el Frente Renovador, esto ya es aceptado como tal. La aspiración de Massa de tomar distancia del barro más terrenal para sobrevolar el país como un dirigente nacional que trasciende los límites de su distrito (algo que no consiguió hasta aquí) quedaría para otro momento. Mientras en el oficialismo tampoco niegan que su presencia generaría cambios en las cabezas de lista. Por último, un pálpito y una probabilidad. Por un lado, que Cristina decida (al contrario de lo que necesita Massa) “encerrarse” en la provincia de Buenos Aires, para reducir a ese distrito su juego y no recibir eventuales desplantes de gobernadores esquivos. Por el otro, que decida propiciar mecanismos de incentivos más amplios de los acostumbrados y asumir como propia cierta ortodoxia peronista, distante ya de la idea de frente ciudadano.

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