Macri tiene que sacar su DNI

(Columna de Daniel Montoya)

El Presidente debe definir su identidad política de cara a las elecciones de octubre y a partir de allí enfrentar los desafíos en tres distritos clave.

La gestión Macri enfrenta dos grandes retos políticos con vistas a sus primeras elecciones de medio término. El primero de ellos, lo sintetiza Andrés Malamud en una columna reciente de La Nación: “es un mal momento para salir del populismo”. Tal consigna, encierra un enorme desafío de identidad política para el oficialismo. Para Macri en especial, que tiene que sacar su DNI antes de octubre. El populismo se trata de la organización del tablero alrededor de dos polos nítidos de poder contrapuestos, de igual manera que en el ámbito deportivo se estructura la competencia en torno a dos equipos con camisetas blancas y negras. Pero el populismo es más que eso, además de una polarización, también exige determinadas circunstancias para prosperar o mantenerse.

No puede explicarse el auge del populismo nacionalista de Hitler sin la contingencia de la primera guerra mundial y la crisis económica de 1930. Tampoco el ascenso del populismo kirchnerista sin el colapso de 2001 y el auge del precio internacional de las materias primas a partir de 2003. De idéntica manera, no puede comprenderse el fenómeno Trump sin el antecedente del retroceso económico de la población de raza blanca sin educación universitaria. En tal aspecto, no cualquier fractura inducida desde un reality de TV, califica para caldo de cultivo del fenómeno populista.

En tercer lugar, el populismo requiere de la activación de determinados actores políticos y mediáticos. No hay populismo sin concurrencia de líderes políticos, funcionarios y comunicadores alrededor de una estrategia convergente de polarización respecto de un adversario/enemigo. En el caso Trump, hay una sintonía entre su mensaje hostil a la inmigración, la conocida postura xenófoba de miembros de su gabinete como Steve Bannon o Jeff Sessions, así como la prédica de un cúmulo emergente de medios de comunicación conservadores como Fox News, Breitbart News o theblaze, que disputan pantalla con aquella prensa estigmatizada como deshonesta, #fakenews, mainstream media o simplemente #msm. En especial, The New York Times, The Washington Post, The Wall Street Journal y CNN.

Ahora bien, Macri apuntó de arranque a una polarización entre el pasado y el presente similar a la que planteó Kirchner rumbo a las primeras elecciones de medio término de 2005. O, más distante, como aquella que impulsó Alfonsín a partir de 1983 respecto del último ré- gimen militar. Sin embargo, el gobierno actual no encaró ninguna iniciativa institucional que concretara esa organización del tablero político en dos facciones nítidas, tal como lo hizo Kirchner con el descabezamiento de la Corte Suprema de Justicia en 2003 o Alfonsín con la Conadep en 1983. La corrupción parecía la gran candidata de este gobierno para partir la cancha en “honestos versus chorros” pero, más allá del reality Carrió, esta gestión no pasó de los amagues. En el mismo sentido, el proyecto oficialista de reforma electoral también era número puesto para abrir las aguas del Mar Rojo en “transparentes versus truchos”, pero la convicción del gobierno para llevarlo adelante, brilló por su ausencia.

En el plano económico, Macri implementó medidas que pudieron cubrir ese vacío de iniciativas institucionales, el levantamiento del cepo cambiario por ejemplo. Pero la recesión persistente, impidió que el gobierno pudiera aprovecharlas para partir el escenario político en dos facciones como “productivos versus vagos”. En tal aspecto, el oficialismo hoy tiene por delante un gran esfuerzo de definición de su identidad política, Macri tiene que sacar su DNI antes de octubre, más en un escenario de escasez de recursos que lo obliga a hacer foco en una agenda de reformas institucionales incómoda pero quizás necesaria. Luis Tonelli define con acierto que “la fortaleza de Cambiemos es el contraste con el pasado”. Pues para Kirchner y Alfonsín fue lo mismo, pero no perdieron la oportunidad política de sellar la comparación al estilo Isis, con la cabeza de algunos jueces y generales arriba de la mesa.

En definitiva, además de la oportunidad, la polarización conlleva el protagonismo de determinados actores políticos y mediáticos alrededor de las iniciativas centrales del gobierno, una dimensión prácticamente ausente en muchos proyectos que empuja el oficialismo en la actualidad. Como para muestra sobra un botón, basta mencionar el programa “Precios Transparentes”. Salvo para alguien con mucha inside information, resulta imposible identificar los responsables del proyecto, su motivación y, por ende, cuan sostenible será en el tiempo. Así planteado, califica como otro proyecto del gobierno tipo touch & go.

EL TRIDENTE TERRITORIAL

Una vez que haya tramitado su nuevo DNI, Macri tiene en frente un gran desafío territorial en el tridente formado por las dos Buenos Aires más Córdoba. Provincia de Buenos Aires porque fue la victoria que le pegó en la línea de flotación al peronismo y donde instaló una figura política prometedora como Vidal. Ciudad de Buenos Aires porque es el patio interno del PRO y, eventualmente, la trinchera que resguardará a todos en un escenario de repliegue político. Y, finalmente, Córdoba, el distrito que fue en 2015 “la madrina de todas las batallas” (Tonelli dixit), donde Macri hizo la diferencia para convertirse en presidente y que, ahora será el termómetro político de medio término del oficialismo.

El statu quo no es una opción para Macri. A esta altura de los acontecimientos, no hace falta ningún diagnóstico complejo de opinión pública para darse cuenta que, sin una gran reformulación de por medio, este tridente territorial le traerá un inmenso dolor de cabeza al oficialismo. Más allá de eslóganes superficiales, en teoría de procedencia ecuatoriana, del tipo “el candidato es el proyecto” o “el candidato es el equipo”, en provincia de Buenos Aires, salvo Vidal, el oficialismo no tiene ninguna figura de porte para pararle en frente a Cristina Kirchner, a Sergio Massa o a Florencio Randazzo.

De igual forma, en ciudad de Buenos Aires, el patio interno del PRO, el oficialismo no tiene ningún candidato de fuste para enfrentar al Martín Lousteau. Tampoco es una opción prenderle una vela a Carrió o esperar que Lousteau decida continuar acumulando prestigio en la glamorosa embajada argentina en Estados Unidos. Horacio Rodríguez Larreta ya es la saga de Macri y, a escasos cinco meses de la elección de medio término, no debe haber más de un 3% de los porteños que logre identificar alguna figura de su gabinete.

Por último, en Córdoba el oficialismo confía en meter una cuña dentro de una de las sociedades más estables y exitosas de la historia argentina. Si bien la política es el arte de lo posible, las casas de apuestas mediterráneas consideran más probable que el pipita Higuaín haga un gol en una final de Copa del Mundo que una ruptura entre el gallego De la Sota y el gringo Schiaretti. A este ritmo, si el oficialismo no descubre la pólvora, el Gallego le terminará cantando un bolero a cualquier candidato que Cambiemos ponga en frente.

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