¿Qué hacer con las promesas electorales?

Las promesas son las materias primas en las campañas. Debieran impactar en el futuro Gobierno de quien triunfe en las elecciones, especialmente si hay promesas incumplidas o bien políticas exactamente al revés de lo que se prometió. Pero, ¿de verdad impacta su incumplimiento?

Pongamos un nombre a estas promesas: contrato electoral. Para que este se fije fuerte en la agenda pública, habría que imaginar que los electores tienen una muy buena información para votar y que los medios reflejen cotidianamente esa información para que no desaparezca de la agenda. Pero no. Hay información imperfecta y los medios no garantizan lo segundo.

La información es imperfecta porque el votante, más que conocer mucho, debe hacerlo con información fidedigna. Y ni hablar del impacto de emociones, compromisos y juicios morales e ideológicos. Además, la mayoría de los votantes no están naturalmente inclinados a informarse sobre política, ni siquiera en períodos electorales.

Por ejemplo, cuando los votantes tienen información incompleta, pueden emitir un voto diferente del que hubieran emitido si hubieran poseído mejor (o completa) información.

Pero es igual de importante la conducta a la hora de votar, tanto como las conductas después de las campañas, específicamente, en el contrato electoral. El contrato electoral son los compromisos que el candidato adquiere con sus potenciales electores para ponerlos en práctica si triunfa.

Pero no es lo mismo el potencial incumplimiento por engaño que el incumplimiento por modificación de condiciones en el sistema político.

Asimismo, el incumplimiento por engaño puede ser matizado o reducido en sus consecuencias cuando la efectividad de lo ofrecido en cambio, -como pasó parcialmente con algunas medidas de Carlos Menem-, desde la sorpresa, se lo percibe efectivo o útil, aunque no tuviese que ver con el contrato inicial.

Aunque la famosa frase atribuida a Menem –que este nunca pronunció– no fuese verdad, lo cierto es que el comentario “si yo decía lo que iba a hacer, no me votaba nadie”, daba cuenta de un fuerte cambio de políticas que fueron contradictorias con el eslogan “salariazo y revolución productiva”. Y lo más importante es que, aún después de modificar sustancialmente el contrato electoral, gobernó durante diez años, relección mediante.

En el caso de promesas como las del ex presidente Eduardo Duhalde, “van a ser respetadas las monedas en que fueron pactados originalmente los depósitos (…) quien depositó pesos, recibirá pesos, y quien depositó dólares, recibirá dólares”, tiene más que ver con un voluntarismo o errores de cálculo ante realidades no previstas.

En la primera elección de Cristina Fernández de Kirchner, en la campaña del 2007, uno de los ejes de su discurso fue la inauguración de un nuevo tiempo político que diera lugar al diálogo y la mejoría de la calidad institucional de la democracia argentina dejando atrás el ciclo de emergencia permanente inaugurado en la última década.

Por ejemplo, intelectuales como Ricardo Forster escribían: “Nos preparábamos para despedirnos de la larga primavera camporista que, en muchos aspectos, caracterizó el tiempo de Kirchner; es probable que lo que vendrá se asemejará más a un gobierno a lo Bachelet, con mayores dosis de prolijidad institucional y mejores vínculos con el insaciable mundo empresarial”.

Algunos de los eslóganes de su campaña, como “Cristina, Cobos y vos” y “A la Argentina que viene la hacemos entre todos”, apuntaban a la idea de una Concertación.

Ni la calidad institucional ni la concertación perdurarían como ejes, dándose paso a la idea la gobernabilidad como factor dominante. Era la contracara del contrato electoral del 2007, castigado duramente en las elecciones intermedias del 2009, y aun así se permitió una revancha electoral en el 2011 con un aplastante (y no competitivo) triunfo a su favor.

Así es que, sin linealidad ni futurismo -como se vio con Menem y con el kirchnerismo-, es algo impredecible el comportamiento electoral como castigo o como premio, asociado al cumplimiento de promesas.

Ello es útil también para imaginar a futuro, en base a todo lo dicho antes, expresiones contractuales (desde lo electoral) como las que tuvo Cambiemos. “Descarto completamente un ajuste: sería loco y tonto hacer algo que ya fracasó”, expresó Gabriela Michetti. De modo literal respondía:

- ¿Con qué intensidad se animaría a descartar un ajuste si ustedes llegan al Gobierno?

- Con total vehemencia. Descarto un ajuste completamente. Por tres razones. La primera: la Argentina aprende de sus experiencias. El país probó políticas determinadas y nos fue mal. La Argentina pasó mucho dolor: sería loco y tonto, poco inteligente hacer algo que ya fracasó. Las políticas de ajustes se estrolaron en todos lados. Segundo: hay liquidez en el mundo, ¿por qué ajustar? Y tercero: nosotros queremos expandir la torta y cuando lo logremos no vamos a necesitar ningún ajuste. Van a entrar divisas y el Estado va a crecer. No hay que apretar. Hay que expandir.

- ¿Qué harían con las tarifas?

- No es necesario ajustar tarifas en lo inmediato. No sé, esto lo debería contestar nuestro equipo de economistas. Pero los economistas tampoco saben con qué se van a encontrar. Con qué plata, con qué reservas, con qué situación en general”.

Aquí sí hay una desconexión contractual evidente que tendrá que corroborarse en su impacto con los niveles de aprobación futuros que estas mismas políticas provoquen, más allá de su nivel de coherencia con la expresión electoral.

El propio presidente ha sido protagonista de situaciones frente a posturas o promesas electorales que también habrá que analizar en el futuro dependiendo de los niveles de aprobación.

Así es que, hablando de políticas, “reducir la inflación” y “liberar el cepo cambiario” pueden ir en el debe. Más allá de que la inflación se disparó notablemente, también es verdad que se registra un descenso. El error fue haber prometido un descenso mucho más rápido del que empieza a evidenciarse y apelar a porcentajes concretos. Literalmente dijo en campaña que en pocas semanas solucionaba el problema: “eliminar la inflación será la cosa más simple que tenga que hacer como presidente”. “Mentís, Daniel”, le espetó Mauricio Macri a Daniel Scioli durante el debate presidencial, cuando el entonces gobernador bonaerense y candidato del FpV le recriminaba qué, si Mauricio Macri ganaba, iba a realizar un fuerte ajuste de la economía, dentro de lo que encuadraron como “campaña del miedo”. Un mensaje de este tipo intenta hacerle ver al elector la posibilidad de un acontecimiento desagradable, de una amenaza y le dice que puede hacer para evitar ese resultado. No son nuevas en Argentina las campañas centradas en el temor. Perón lo utilizó desde la famosa apelación “Braden o Perón”, el propio Alfonsín en el retorno de la democracia o el denominado “voto cuota” en la reelección de Menem. Este tipo de mensajes se usa para disuadir de que voten al adversario o movilizar al propio votante, ya sea que jueguen con miedos permanentes (la inquietud a perder algo que le es valioso) y los concretos (lo que un candidato puede provocar). Estas apelaciones son muy eficaces para cambiar actitudes pero lo más difícil es hacer una apelación al miedo que sea creíble. Estas apelaciones son muchas veces emocionales y en muchos casos pretenden nublar el raciocinio utilizando etiquetas falsas y mensajes que con dificultad pueden ser racionalmente argumentados.

André Gosselin sostiene que los sectores frenan los cambios con argumentos, entre el que destaca el del “compromiso fatal”, manifestando que el ataque a los proyectos o acciones del adversario se dan con el pretexto de que sus posiciones conducen necesariamente a una segunda acción, claramente menos deseable y esta permite iniciar la cadena de consecuencias no esperadas. Ese fue el esquema argumental de Daniel Scioli como candidato del FpV. Y cuando no son eficaces en el momento (la campaña de Scioli lo fue, aunque esa estrategia fue tardía, remontó una buena cantidad de la diferencia que Cambiemos potencialmente llevaba en el balotaje), dejan una huella que impacta en la memoria futura.

Los tarifazos bien pueden considerarse un ajuste de shock, y bien pueden seguir encuadrados en parte del discurso que el candidato del FpV anunciaba en su momento, aún bajo la defensa de que fueron lo más gradual posible. Despertaron una alarma amarilla en términos de desacople electoral entre propuesta y política concreta.

Pero lo interesante es que parte del contrato electoral de Cambiemos se dio desde el “decir la verdad”. Y no sólo electoral. Ya en gobierno, en el marco de columnas de opinión que el propio presidente publica con alguna regularidad en medios del interior, una de ellas se titulaba: “Gobernar para mí es decir la verdad”.

Sumado a ello, muchas frases han quedado guardadas como complementarias de ese contrato electoral. Va un listado: “No tengo cuentas en el exterior”. Contraste negativo porque sí aparecieron sociedades en donde él figuraba tras el escándalo internacional Panama Papers. “Mi primer compromiso es lograr una Argentina con Pobreza 0″: resignificada como meta aspiracional, ya que el número de personas pobres aumentó considerablemente tras la devaluación. “El Estado no tiene que quedarse con el fruto de tu trabajo. En mi gobierno los trabajadores no pagarán impuesto a las Ganancias” decía el presidente cuando era candidato. Se frenó el proyecto. “Un millón de viviendas”: se lanzó el nuevo PRO.CRE.AR por 100.000 viviendas, recién empieza y hay problemas con la terminación de algunos emprendimientos anteriores. “El Fútbol para Todos va a seguir, pero sin política, y la publicidad no va a ser oficial”: contraste negativo. Prometió además mantener la Asignación Universal, que YPF y Aerolíneas seguirán siendo estatales: contraste positivo. Que “la asignación universal por hijo no es un regalo, es un derecho porque hay que reconocer que también hubo avances” y que “las jubilaciones seguirán en manos del ANSES”. Contraste positivo en ambos casos. En este último caso, ampliado por la reparación histórica a los jubilados (aunque habría que restarle la reciente medida en contra de los jubilados que resignifica todo el resultado positivo logrado antes). “No creo que la devaluación sea la solución” contraste negativo. “A la Ley de Medios la vamos a poner bajo debate”: contraste negativo. Son muchas las grandes propuestas y los saldos, positivos y negativos desde la perspectiva del contrato electoral, que se reparten en el año y meses del gobierno, aunque el devenir futuro juzgará. Y la sociedad también.

A estas ofertas se le suma el escándalo del Correo Argentino, la apertura de cielos y adjudicación de rutas aéreas a nuevas empresas, sólo por citar empresas en donde existe una estrecha relación de decisiones gubernamentales y el apellido Macri. ¿El resultado? Un resquebrajamiento profundo de la percepción de transparencia del gobierno dado en las situaciones -cada vez más notorias- de conflictos de intereses, del Presidente y de muchos de los principales funcionarios del gobierno. No puede dejarse de lado tampoco el corrimiento de promesas asociados a hashtags discursivos, preferentemente económicos: #segundosemestre, #brotesverdes. No son electorales, pero abonan también a la percepción de credibilidad. No llegaron a ser ciertas al día de hoy. Habrá que esperar. Por todo lo expuesto, se insiste en que, aun cambiando el contrato electoral, si la política (la nueva política) se la percibe eficaz, no implica ello un castigo electoral necesariamente.

Incluso al contrario, puede ser un elemento positivo para el gobernante como condición de adaptabilidad. Algo así como acomodarse a la realidad.

Pero el problema del gobierno actualmente es ese. No se lo percibe eficaz y encima carga con un estigma instalado en el 60% de la población argentina: “gobierna para los ricos”, y un estigma que empieza a calar hondo poco a poco: el “errorismo”, como le llamo la oposición. Donde se mezclan errores involuntarios, tanto como medidas -que no son errores- carentes de legitimidad pública que obligaron a retroceder en su implementación ante su rechazo. En definitiva, una política es siempre una “política ahí”, parcialmente autoconstituyente y su hacer, prescribe el lugar, ensaya Bruno Bosteels. Ya Maquiavelo decía que gobernar es establecer una lógica de mutua adecuación, siempre inacabada, entre él y el pueblo, porque es el pueblo la causa principal de la estabilidad e inestabilidad del Estado. Allí también entran en juego la contingencia, lo aleatorio que impone sus leyes sobre los acontecimientos. Y entre ellos, la ideología. Siempre presente y explicativa de los movimientos electorales de la población.

Hace años que Bernard Manin sostiene que, al momento de presentarse a un cargo, los políticos reconocen que de uno u otro modo se enfrentarán a situaciones imprevistas, así que generalmente no tienen una propensión a atarse las manos comprometiéndose con programas electorales detallados. Por eso es que ese autor sostiene que quizás haya pasado la época de votar los programas de los candidatos y más bien se esté comenzando el tránsito de la era de votar el historial de los gobernantes.

Octubre dilucidará muchas de estas dudas…

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