Elecciones 2017: Cambio versus Cogobierno

Desde la reforma constitucional de 1994, hubo cinco elecciones de mitad de mandato: 1997, 2001, 2005, 2009 y 2013. De las cinco, cuatro fueron mala noticia para el oficialismo; solo una -2005- trajo festejos y alegría.

Antes de la reforma de 1994 que creó la “mitad de mandato”, no hubo elecciones de este tipo. Tuvimos, sí, cuatro elecciones nacionales “no presidenciales” entre 1983 y 1995: las de 1985, 1987, 1991 y 1993. Pero no tuvieron el sentido de mitad de mandato que conocimos después. En primer lugar, porque los mandatos del Presidente eran de seis años, no de cuatro, ergo no había elecciones a la “mitad” (se votaba, como ahora, cada dos). Y en segundo lugar, porque los ciclos electorales estaban desacoplados. Las elecciones de 1985 y 1993 fueron legislativas, mientras que en las de 1987 y 1991 se votó también para gobernadores, con lo que cada comicio tuvo su particularidad. Ahora, en cambio, las elecciones de medio mandato, las únicas que se realizan entre dos presidenciales, adquirieron un claro sentido examinador del Ejecutivo. Ya nadie vota por legisladores: los partidos oficialistas salen a defender la gestión, y los opositores a instalar candidatos para dentro de dos años. Por eso, no casualmente, de tanto en tanto algún dirigente del oficialismo de turno trata de poner sobre la mesa un improbable proyecto de ley para “votar cada cuatro años”. Las elecciones intermedias son el terror de los gobiernos.

Naturalmente, el de Mauricio Macri no quiere que sus elecciones intermedias se parezcan a las de 1997 o 2013, preludio de derrotas electorales presidenciales, y mucho menos a las de 2001, que fueron el comienzo de un abrupto final. Algunos líderes de Cambiemos, sin derrochar optimismo, buscan un cierto emparentamiento con las de 2009, y por eso intentan decir: “a no dramatizar, que una elección legislativa no define nada” . Bueno. Aquella elección de 2009, la intermedia inocua, dejó un balance confuso, que no obturó la recuperación del oficialismo. Néstor Kirchner, Daniel Scioli, Sergio Massa y Nacha Guevara, todos perdieron en Buenos Aires contra una modesta lista liderada por Francisco De Narváez, y apoyada por el PRO porteño. Pero al mismo tiempo el FpV quedó primero en votos a nivel nacional, y la segunda fuerza de aquél escrutinio, el Acuerdo Cívico y Social integrado por radicales, socialistas y lilitos, no perduró. No es un mal antecedente para Cambiemos: un desempeño mediocre del oficialismo, si es contra una oposición fragmentada y sin capacidad de capitalización del resultado, podría no ser una derrota irremontable.

No obstante, no le conviene a Cambiemos es la autocomplacencia del reflejo de 2009. Porque enfrente están los fragmentos intercomunicados de un peronismo que se prepara para volver a ser alternativa. Mejor que ganar algo de tiempo buscando un 2009, es ir con decisión por un 2005.

Eso es, más o menos, lo que planteaba Marcos Peña en su disimulado debate con el presidente de la Cámara de Diputados, Emilio Monzó. Un debate que parece haber quedado lejos en el tiempo. Pero conserva actualidad. Monzó, a fines de 2016, planteó la necesidad de ampliar la alianza Cambiemos, con vistas a las elecciones por venir. Cooptando, para ello a dirigentes del peronismo -una política de “selected targets”. Según su razonamiento, con ello se lograban dos cosas: 1. sumar dirigentes-candidatos para octubre (y, por qué no, algunos diputados actuales al bloque oficial, transfuguismo mediante), y 2. instalar la idea de que algunos gobernadores del PJ “dialoguistas” con el gobierno se convertían en aliados, permitiendo así que el triunfo de algunos peronismos provinciales pudiese contabilizarse como un voto a favor de Macri en la aritmética del día después. Peña opina distinto: para él, Cambiemos tiene que “profundizar el cambio” en 2017, e insistir más que nunca con su propia identidad. No solo pasó de la idea de convocar a peronistas, sino que propone tomar cierta distancia de todos aquellos sectores del PJ que vienen colaborando con la Casa Rosada: gobernadores, sindicalistas, diputados, senadores, algunos intendentes. El cogobierno, según la definición de Duhalde. Fue Peña, la cara visible de la “homogeneización” del gabinete, quien lanzó los dardos retóricos contra Sergio Massa, el no-confiable. Y quien nada hizo para evitar que se frustre el sueño mediterráneo de Monzó, enterrado días atrás: Schiaretti anunció que el cordobecismo “competirá solo” en octubre.

En esta elección, como en toda intermedia, el protagonista excluyente es el gobierno que rinde examen. Por eso, la puja no es entre oficialismo y oposición, sino entre el gobierno contra sus propios límites. El camino que abonó la Casa Rosada, descartada la estrategia de Monzó, se parece al que trazó Néstor Kirchner en 2005. Allí, la batalla entre kirchnerismo y duhaldismo era entre un gobierno que quería desplegar sus alas, y para eso necesitaba desembarazarse del duhaldismo que lo contenía. Un 2005, para Cambiemos, es soñar con romper lanzas con los justicialistas que brindaron gobernabilidad, y comenzar un nuevo mandato. Su antagonista ya no es el kirchnerismo. Es Cambio vs. Cogobierno, aún a pesar del parate económico. Tal vez, convertir a 2017 en un 2009 requiera apostar a un 2005. Se necesita, como entonces, a un candidato/a que represente todo ese simbolismo. Que lleve el nombre del Presidente sobre sus hombros. En 2005, al oficialismo lo encarnó Cristina Kirchner, entonces diputada y primera dama, quien ganó la elección de senadores a “Chiche” Duhalde y desde allí edificó su candidatura presidencial victoriosa. ¿Vidal? ¿Quién más, sino, puede ofrecer a Macri un 2005, que luce como la estrategia inexorable?

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