Equipo y gestión

Hay aspectos del funcionamientodel Gobierno que deben revisarse porque fueron ineficaces y afectaron la imagen del Presidente

El mejor equipo de los últimos cincuenta años? Ciertamente no. Los costos que ha pagado el Presidente gracias a su equipo de gobierno son cuantiosos. El Gobierno viene cometiendo errores a repetición. Comenzaron con la designación por decreto de dos jueces para la Corte Suprema, continuaron durante un año con otra seguidilla de hechos calificados como errores como el tarifazo, la aceptación de la propuesta de Correos S.A., el feriado del 24 de marzo, la disminución de haberes de jubilados, etcétera.

Y como es obvio que el Presidente no hace todo, hay un mal asesoramiento. La justificación desde el Gobierno vendría por el lado de la sobrecarga de trabajo, la cantidad de temas a tratar, y siempre la pesada herencia como telón de fondo. Se piensa en distintos mecanismos para superar los problemas de esta dinámica, por ejemplo el doble control, el control por oposición, etc. ¿Pero es sólo un problema de control?

Los errores y las torpezas se vinculan también con los siguientes elementos: la falta de conocimiento de la tecnología estatal, la ignorancia del derecho, el abuso del método de ensayo y error, y la propia concepción de equipo.

La falta de conocimiento de la tecnología estatal es un serio problema. A esta altura puede decirse que los CEO y los expertos en gestión privada no son todo terreno. Una empresa es un micro organismo comparada con la selva del universo estatal. Que todos vistan un riguroso traje sin corbata es casi una característica de estética frívola que no agrega nada. Cuando no se conoce qué se gestiona es difícil gestionar. En el mundo privado, los errores del propietario nunca son errores. Pero en la esfera pública los errores se pagan. Y es mucho más que lo afirmado por Elisa Carrió en cuanto a que la “torpeza y la ineficiencia no tienen justificativo”. La falta de conocimiento no se suple con el aparataje del mundo empresarial de la esfera privada, o sea con innumerables reuniones de funcionarios, con reportes a los superiores sobre el estado del área, con presentaciones en power point, con el ritual del off-site en algún lugar alejado de la compañía (generalmente, más lejos que Chapapadmalal) y el debate sobre el material preparado por las consultoras contratadas. Todo esto configura la tecnología de gestión del mundo empresarial con sus lenguajes, rituales, prácticas y convenios,, pero es poco o nada para y en el universo estatal.

La ignorancia del derecho se agrega a la falta de conocimiento de la tecnología estatal. Que el ministro del Interior diga que el cierre del Congreso es una circunstancia excepcional que justifica un decreto de necesidad y urgencia es un notorio desconocimiento de la Constitución. Que el jefe de Gabinete diga que el acuerdo entre el Estado y el Correo es un tema técnico del mundo judicial es una subestimación de los ciudadanos. Que el presidente de la Nación diga que el acuerdo con el Correo no es nada consolidado porque nada cobró, nadie pagó y no hay condonación muestra el desconocimiento del caso que obra en el expediente judicial y de lo hecho por el Estado. La presencia de abogados en la política y la administración había sido una de las causas del fracaso argentino, según el sociólogo José Luis de Imaz al recordar, décadas después, las hipótesis de su recordado texto “Los que mandan”. Pero que los funcionarios públicos no tengan en cuenta el conocimiento jurídico básico para la toma de decisiones va degradando al Estado de Derecho.

El abuso del método de ensayo y error se ha convertido en un problema serio. Como señalaba hace un año, los errores frecuentes van minando la confianza de los ciudadanos y aumenta la probabilidad de cometer errores cruciales que son aquellos que pueden terminar con un gobierno. Reconocer los errores y corregirlos está bien. Pero seguir cometiéndolos muestra una falta de capacidad o aprendizaje que puede tornarse peligrosa.

El otro punto es el concepto de equipo. El Gobierno ha optado por una estructura de gestión que no parece funcionar, al menos hasta ahora. Los ministros dan apariencia de obedecer las órdenes presidenciales y tienen un perfil muy bajo. El que se aparta de este modelo puede seguir la misma suerte de Alfonso Prat Gay o Isela Constantini. Recordemos que la versión de Peña y la del propio Prat Gay fue la incompatibilidad del ministro con la forma de funcionar del equipo. Los ministros reportan a un trío compuesto por el jefe de Gabinete Marcos Peña y los dos subjefes, Gustavo Lopetegui y Mario Quintana. Ninguno tiene experiencia de fuste en el Estado y no tienen la preparación adecuada en el campo jurídico. Esta preparación específica se puede suplir con experiencia en el propio Estado. Pero tampoco parecen tener la densidad política necesaria para percibir y anticipar los efectos que tendrán las medidas en la opinión pública. Pero hay todavía una cuestión más de fondo. ¿Cuál es el proyecto que Cambiemos tiene para el país y que transmite a los ministros?

Mauricio Macri tiene que tener cuidado en no caer en un nuevo error. Pensar que lo que le sirvió para el triunfo le va a ser útil para gobernar. Fernando De la Rúa triunfó dando la imagen de contracara de la frivolidad de Carlos Menem. Su recordado “dicen que soy aburrido”, le generó en su momento más beneficios que perjuicios. Pero la situación viró y el slogan se tornó en un bumerang. Cristina era soberbia, según ella no cometía errores y tenía una actitud beligerante. Macri se presenta como su opuesto. Pero alguien que confiesa cometer errores a repetición y hasta pide disculpas se va convirtiendo no sólo en alguien que no merece confianza sino en una figura débil. Los pueblos recuerdan y ponderan positivamente a los presidentes fuertes, así ha sido en E.E.U.U. y en América Latina. A Macri le está costando encontrar un punto medio entre Cristina y la imagen que está proyectando. La virtud y honestidad de un presidente que reconoce errores puede transformarse, por el exceso, en un vicio de comportamiento.

No es tarde para reencauzar rumbos. Pero el gobierno debe reflexionar que no es sólo cuestión de mejorar los controles. Quienes estás supervisando (Peña, Quintana y Lopetegui) tienen una responsabilidad especial y puede que no sean los más capacitados para la tarea o, quizá, el modelo de gestión no sea el más apropiado. A la densidad política y jurídica de los funcionarios al más alto nivel debe agregarse la densidad (o sensibilidad) social. No es que no la tengan, pero debe parecer que la tienen. No puede un subjefe de Gabinete decir que la pérdida de 20 pesos en el haber de los jubilados es un tema menor. Muchas veces los presidentes tienen el problema de no saber delegar y entonces la administración colapsa. Pero otro problema puede ser delegar demasiado y el presidente aparecer como alguien que no se entera de temas cruciales.

El gobierno se está alejando de la gente y está encerrando en su propio discurso que le dice que son los mejores, los más honestos y que están haciendo las cosas bien. Cristina pensaba que el país era Disneylandia. Macri ya debería saber que no es así

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