¿Se puede cerrar la grieta (económica)?

(Columna por Alejandro Radonjic)

Hay un divorcio entre los datos de la economía y las percepciones. Y también hay una explicación: el consumo todavía no arrancó.

La economía, siguiendo la clásica muletilla oficial, está cada día un poco mejor, aunque cada vez menos ciudadanos piensen lo mismo. El malhumor crece, el clima en la calle se pone más espeso, se viene un paro general el 6 de abril, la conflictividad está en el punto más álgido de la era Cambiemos y las expectativas a futuro se deterioran. ¿Qué anda pasando?

Por otro lado, los datos incuestionables muestran que el nivel de actividad está ganando ritmo, se crean empleos (aunque no demasiados), la inflación navega entre 20% y 25% anualizada (luego de tocar niveles superiores a 40% en 2016) y hay diversos indicadores que muestran una tendencia positiva.

La economía, aseguran en Hacienda, está creciendo a más de 3,5%, una cifra bastante alta si consideramos los registros chatos del último lustro. Además, el dólar está regalado, algo siempre bienvenido por las clases urbanas, aunque complique aquí y allá a los sectores transables (incluido el agro, que puso un freno en sus liquidaciones).

El divorcio antes señalado entre realidad y percepción puede deberse a una cuestión de timing, como sugiere el número dos de Hacienda, Sebastián Galiani. “Poner una economía en marcha es como arrancar un auto. Va la primera, después la segunda, luego la tercera y así. Cuando arranca un proceso de crecimiento se genera empleo y el empleo genera consumo para después generar más empleo. Todo esto lleva unos meses para que se vea, lógico”, dijo ante Clarín. Así, es sólo una cuestión de tiempo y esperar.

O quizás sea una cuestión de expectativas: amplias franjas de la población quizás pensaron que, tras el durísimo 2016 y tras haber resignado ingresos y algo de empleo a causa de sincerar una situación ficticia dejada por el kirchnerismo, la cosa iba a mejorar más. Pero el cheque del ajuste vino rebotado y los brotes verdes son imperceptibles.

Hay una mirada más específica y tiene que ver con la ausencia de “el” componente del PIB, que explica tanto el malhumor social como la escasa robustez del robote. Así lo explican Gustavo Marangoni y Fabio Rodríguez en una columna reciente en el diario El Economista: “Algunos funcionarios están planteando esta recuperación como un tren que se empezó a mover con un impulso más sano y de mediano y largo plazo porque está tirado por las inversiones y exportaciones. El problema es que sin el vagón del consumo la población siente que se queda mirando en la estación”. El kirchnerismo entendió muy bien esa premisa. Ninguna genialidad sino mera aritmética y lectura de las Cuentas Nacionales: el consumo es más de 70% del PIB.

Según Rodrigo Alvarez, socio y director de Analytica Consultora, hay cinco motivos detrás del parate del consumo: 1) pérdida en el poder adquisitivo, 2) caída del empleo privado, 3) incremento de los incentivos al ahorro, 4) aumento de la incertidumbre, y 5) cambio en la composición del gasto de los hogares. Las paritarias y el crecimiento leve del empleo recompondrán la masa salarial en los próximos meses y levantarán el consumo, aunque nadie espera un boom. Las tasas reales positivas y la necesidad de destinar una porción mayor a la tarifas, en cambio, jugarán en sentido contrario.

Ese consumo débil complica a todo el entramado productivo (por lejos, mayoritario) que apunta hacia el mercado interno, y que además sufre en el margen la apertura importadora combinada con dólar atrasado.

Mientras el push de la inversión y las exportaciones es menos notorio (aunque ciertamente más saludable) y tarda más en sentirse, el Gobierno necesita un puente entre el presente y el futuro. Las paritarias que empiezan a discutirse determinarán adónde cae la moneda en 2017. Allí se juega el partido del humor social y el derrotero del PIB. Hay que poner plata en los bolsillos, sugiere Miguel Bein (que algo sabe de todo esto). ¡Son los ingresos reales, estúpido!

La política económica sigue padeciendo el síntoma de la frazada corta. ¿Se priorizará el saneamiento macroeconómico, mantener las variables en orden y se arriesgará llegar a octubre con una economía poco sexy para el electorado? ¿O se pondrá una pausa circunstancial y se tirarán algunos cebos hacia la demanda agregada? Ambos caminos tienen riesgos. Ese es hoy el dilema Nº1 dentro del universo económico de Cambiemos. La palabra universo remite a la cantidad de satélites y planetas que mueven sus fichas y opinan. Las próximas semanas serán fundamentales para responder a la pregunta antes citada. El Presidente, “nuestro mejor ministro de Economía” (Marcos Peña dixit), debe decidir.

La respuesta pareciera ser obvia. Sin embargo, lo esencial a veces es invisible a los ojos.

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