Derrota electoral, triunfo ideológico

(Columna de Tomás Múgica)

Más allá de los eventuales resultados electorales,el panorama de la opinión pública muestra que el proyecto europeo, al menos en su versión actual, está en crisis.

Las elecciones en Holanda, celebradas el 15 de marzo, concitaron durante las últimas semanas la atención de la opinión pública europea y mundial. Luego del Brexit y del triunfo de Donald Trump, y a poco más de un mes de la elección presidencial en Francia –en la cual asoma el fantasma de Marine Le Pen– la posibilidad de un triunfo de Geert Wilders aparecía como un nuevo episodio en el avance del nacionalismo xenófobo en el mundo desarrollado (o con más precisión, en Europa y Estados Unidos). La atención, lógicamente, también tenía que ver con la importancia de la propia Holanda: sexta economía de la UE, miembro fundador del proyecto europeo y sociedad liberal conocida por su adhesión –al menos hasta hace unos años– a la diversidad y el multiculturalismo.

Los comicios desilusionaron a Wilders, y trajeron alivio a Bruselas y a las principales capitales europeas. Su partido (PVV, Partido por la Libertad) finalizó segundo, y si bien su representación parlamentaria creció en cinco escaños, el resultado estuvo claramente por debajo de sus expectativas. Wilders, cuya popularidad se ha incrementado de manera considerable en los últimos años, enarbola un discurso centrado en el ataque a los inmigrantes, fundamentalmente los de religión musulmana –en Holanda vive aproximadamente un millón de musulmanes, sobre una población de 16.8 millones a los que considera imposibles de asimilar y por tanto como una amenaza a los valores tradicionales holandeses–. Políticamente incorrecto, llama a cerrar mezquitas y califica al Corán como un “libro fascista”, comparándolo con “Mein Kampf”. A su rechazo a la inmigración se agrega su euroescepticismo: el año pasado, tras el Brexit, pidió celebrar un referéndum para decidir si Holanda debía continuar en la UE.

Los resultados electorales reflejan la persistente fragmentación del sistema político holandés, parlamentarista, con sistema electoral de representación proporcional, y multipartidista. Un ejemplo de la democracia consensual descripta por Arend Lijphart. El primer lugar fue para el Partido Popular por la Libertad y la Democracia (VVD) –una formación liberal de centroderecha– liderada por el actual Primer Ministro Mark Rutte, con 21,4 % de los votos y 33 bancas (perdió ocho) en la Cámara de Representantes de 150 escaños. El Partido por la Libertad (PVV) de Wilders llegó segundo, con el 13,1% de los sufragios y 20 bancas; el tercer puesto fue para los democristianos (CDA, Llamada Demócrata Cristiana) y los liberales de izquierda (D66) con 19 bancas cada uno; y el cuarto para los Verdes, que consiguieron el mejor resultado de su historia, con 14 bancas, al igual que el Partido Socialista. Los socialdemócratas del Partido Laborista se derrumbaron de 38 bancas a sólo 9.

La elección holandesa deja dos certezas locales y una europea: la primera certeza de alcance nacional es que Wilders no formará parte del gobierno; la segunda es que su partido ha logrado, en muy buena medida, imponer su agenda en la discusión pública en ese país. La certeza europea es que el avance de la derecha nacionalista, xenófoba y euroescéptica no se ha detenido.

Tras la elección viene la tarea de formar gobierno, que puede demandar meses. Se necesitan 76 votos. Para alcanzarlos, lo más probable es la formación de una coalición liderada por el VVD, que incluya a demócrata-cristianos (CDA) y liberales de izquierda (D66), más los Verdes o algunos de los pequeños partidos confesionales que conforman los bloques más pequeños del parlamento holandés. Las negociaciones no serán fáciles, ya que entre los potenciales socios existen divergencias importantes en torno a la inmigración y la relación con la UE. Cualquiera sea la composición final de la coalición, el PVV quedará afuera, ya que las demás fuerzas políticas no quieren compartir el gobierno con Wilders.

Más allá de su derrota, sin embargo, resulta claro que las ideas del líder del PVV tuvieron un peso decisivo en la agenda electoral y mantendrán importancia al momento de gobernar. En una elección centrada en la cuestión identitaria, los adversarios de Wilders buscaron derrotarlo adoptando parte de su discurso; levantando la defensa de los valores occidentales frente a una inmigración que, a su criterio, los rechaza. Así lo hicieron el VVD, que actualmente encabeza el gobierno –uno de sus lemas de campaña fue “Holanda tiene que seguir siendo Holanda”– y los demócrata-cristianos. En una decisión que parece haber incrementado su caudal electoral, el gobierno de Rutte rechazó la visita de dos ministros turcos, que viajaron a Holanda para hacer campaña entre los ciudadanos de origen turco residentes allí, con vistas al referéndum convocado por Erdogan para ampliar los poderes presidenciales.

El discurso euroescéptico también llegó al gobierno holandés: en su intervención en el último Foro de Davos, el Primer Ministro Rutte señaló que la idea de una “unión cada vez más estrecha” (“ever closer union”) está muerta, y sugirió que se debe restringir el movimiento de personas al interior de la UE. Ese discurso se monta sobre una opinión pública cada vez menos europeísta; de acuerdo a un estudio del Pew Research Center (junio 2016), el 46% de los holandeses tiene una visión desfavorable de la Unión. Y aunque la pertenencia a la UE no está en cuestión, resulta claro que hay una negativa a seguir transfiriendo soberanía, así como a posibles ampliaciones: en abril de 2016 los holandeses rechazaron en un referéndum el tratado de asociación entre la UE y Ucrania.

Mientras tanto, en el resto de Europa la marea antiinmigratoria y euroescéptica no se detiene. De acuerdo a los sondeos, es probable que las fuerzas políticas que encarnan esa visión continúen mostrando su músculo electoral. En Francia la candidata del Frente Nacional (FN) Marine Le Pen, con un 25% de intención de voto según una encuesta de L’Express, tiene grandes chances de alcanzar la segunda vuelta. En Alemania, Alternativa para Alemania supera el 11% en las encuestas para la todavía lejana elección de septiembre.

Pero más allá de los eventuales resultados electorales, el cambio de clima ideológico resulta claro. De acuerdo a un estudio de Chatham House que abarca diez países europeos, un 55% afirma que la inmigración desde los países musulmanes debe ser detenida por completo; la cifra incluye picos como el 71% en Polonia y el 61% en Francia. Según el trabajo de Pew Research Center, que también comprende diez países, el 47% tiene una visión desfavorable sobre la Unión y el 42% cree que algunos poderes deben ser devueltos a los gobiernos nacionales, mientras que apenas un 19% está a favor de una mayor cesión de poderes a la UE.

En conjunto, el panorama electoral y de opinión pública muestra que el proyecto europeo, al menos en su versión actual, está en crisis. Herido por las políticas de austeridad y por su incapacidad para lidiar con la crisis humanitaria planteada por los refugiados; desafiado, como otras regiones del mundo desarrollado, por la automatización del trabajo que obliga a repensar la cuestión del empleo. Hacia adelante, queda por ver si ese proyecto, nacido sobre las cenizas de la Segunda Guerra Mundial, ha significado apenas una tregua de paz y cooperación en una historia marcada por la competencia y la guerra, o si todavía puede constituirse en el horizonte político de Europa y en una contribución a la concordia más allá del continente. La globalización presenta desafíos que no se resolverán mediante la xenofobia y las fronteras cerradas; el momento histórico exige creatividad y voluntad política. Tal vez sea importante recordar a Robert Schuman, uno de los padres fundadores del proyecto europeo: “La paz mundial no puede salvaguardarse sin unos esfuerzos creadores equiparables a los peligros que la amenazan”.

 

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