En Francia, Europa encontró un salvador

(Columna de Tomás Múgica)

Las encuestas, que acertaron en la primera vuelta, anticipan el triunfo de Macron en el balotaje lo cual implicará fortalecer el proyecto europeísta.

En la noche del 23 de abril Emmanuel Macron se convirtió en la gran esperanza de la dirigencia europea. El 7 de mayo Macron y Marine Le Pen disputarán la segunda vuelta de la elección presidencial francesa, en la cual el ex–ministro de economía de Hollande aparece no sólo como el favorito sino como el garante de la continuidad de Francia en la UE. Los gobernantes festejaron, los mercados también. Pero no deberían olvidar que Europa ha cambiado: es la derecha nacionalista la que marca la agenda y fija los límites de la discusión ideológica, en un clima de fuerte cuestionamiento a las élites políticas.

En un primer turno marcado por la fragmentación, el candidato de En Marche!, fundado apenas un año atrás, obtuvo el 23.8% de los votos; Le Pen, del tradicional partido de derecha nacionalista Front Nacional (FN), consiguió el segundo lugar con 21.4%. François Fillon, del conservador Les Républicains – el candidato con mayores posibilidades hasta hace algunos meses, antes de que se descubriera su inclinación al nepotismo- terminó tercero con 19.9%, seguido de cerca por el representante de la izquierda radical Jean-Luc Mélenchon (La France Insoumise) con 19.6%. Benoit Hamon, quien cargó con la pesada etiqueta del Socialismo, consiguió un penoso 6.3%.

El resultado de la elección admite al menos tres lecturas. Primero, el sistema de partidos francés está en crisis; segundo, en Francia se enfrentan un proyecto reformista moderado y una alternativa de cambio radical; tercero, el primer lugar obtenido por Macron constituye un paso fundamental en la preservación de la Unión Europea.

El resultado de la primera vuelta es un indicador de las dificultades que atraviesa el sistema de partidos francés de la V República. El próximo presidente será el primero no perteneciente ni a la derecha gaullista (en sus sucesivas denominaciones, como UMP y la actual Les Républicains) ni al socialismo. Ambas fuerzas obtuvieron, sumadas, poco más de un cuarto de los votos. En contraposición, uno de los candidatos para la segunda vuelta es un recién llegado a la política francesa, que tras un breve paso por el socialismo fundó su propio partido, apelando a los ciudadanos sin experiencia política; la otra es una dirigente de amplia trayectoria, siempre desde posiciones anti-sistema, cuyo partido superó por primera vez el 20% de los votos. En los próximos años sabremos si el proceso actual constituye una excepción, o si se estamos ante un cambio duradero en el sistema de partidos. Lo que sí queda claro es que, al igual que en otros países desarrollados, existe un malestar profundo del electorado con la élite política. La buena performance no sólo de Macron y Le Pen, sino también de Mélenchon, son expresión de ese malestar.

En la segunda vuelta se enfrentarán dos propuestas de cambio del modelo francés. Una moderada, la de Macron, y otra radical, representada por Le Pen. Más allá de sus ataques a la política tradicional y de su pretensión de ponerse por encima de las divisiones tradicionales entre izquierda y derecha, Macron es un hombre de la elite francesa – graduado de la ENA, ex–ejecutivo de la Banca Rothschild y ex–ministro de economía del gobierno de Hollande, un presidente que es la expresión arquetípica de una socialdemocracia europea conservadora y carente de utopías. El joven Macron es un reformista moderado, que pretende inyectar cierta dosis de liberalismo económico en un país que, a su criterio, está estancado por un exceso de dirigisme. Le Pen, a pesar de sus esfuerzos por mostrar una cara más amable que la de su padre, expresa una mezcla de xenofobia y racismo con nacionalismo económico y (al igual que Trump en Estados Unidos) se presenta como la voz de los olvidados, de la France Profonde ignorada por las élites.

Macron y Le Pen muestran diferencias cruciales en los grandes ejes de la campaña: las políticas sobre inmigración, el modelo social francés y la relación con la Unión Europea. Empecemos por la inmigración, entendida como una política de seguridad en un sociedad que se percibe amenazada. El mandato de Hollande ha estado marcado por grandes golpes del terrorismo islámico: el atentado contra la revista Charlie Hebdo, los ataques de noviembre de 2015 en París, y el atentado en Niza en julio de 2016. El rechazo a los inmigrantes, especialmente aquellos provenientes del mundo islámico, es creciente. Según un reciente estudio de Pew Research Center, el 61% de los franceses quiere detener por completo la inmigración de los países de mayoría musulmana.

Frente a esa situación, el tono general es de endurecimiento, pero las recetas son distintas. Macron quiere mantener el ius soli, es decir el derecho automático a la nacionalidad para los nacidos en territorio francés; también respalda que Francia continúe dentro de los acuerdos de Schengen, que garantiza la libre circulación dentro de un territorio que comprende a la mayor parte de los países de la UE y algunos extra-comunitarios. Propicia una mayor integración de los inmigrantes a la sociedad francesa. Le Pen, quien afirma que Francia está amenazada por un proceso de islamización, adopta una postura muy dura frente a los inmigrantes. Quiere abolir el ius soli, salir del espacio de Schengen y reducir la entrada de inmigrantes a 10.000 por año, contra los 200.000 actuales.

En relación al modelo social y económico francés, es cierto que hay algunas coincidencias. Ambos candidatos entienden que Francia necesita mayores dosis de liberalismo económico. Los dos, por ejemplo, proponen reducir la carga impositiva a las sociedades y han prometido no incrementar el TVA (el equivalente a nuestro IVA).  Pero la cercanía no pasa de allí. Macron sostiene que sin cambios importantes en su costoso Estado de Bienestar (el gasto público alcanza el 55% del PBI), Francia no podrá recuperar un crecimiento económico vigoroso. Preocupado por el persistente déficit fiscal, propone recortar 120.000 empleos públicos, homogeneizar la diversidad de regímenes jubilatorios existentes y al mismo tiempo extender y hacer más estricto el seguro de desempleo. También pretende flexibilizar el régimen de las 35 horas semanales con acuerdos a nivel de empresa.

Le Pen, en cambio, se muestra conservadora en este terreno. Quiere proteger el modelo social francés, al que ve amenazado por la ola neoliberal; no propicia grandes cambios en el empleo público, busca bajar la edad jubilatoria a los 60 años y defiende las 35 horas. Con una excepción importante: pretende reservar los mínimos sociales de manera exclusiva a los franceses y gravar la contratación de nuevos empleados extranjeros. Estado de Bienestar sí, pero sólo para los nuestros.

Pero la mayor diferencia entre ambos candidatos está dada por sus posturas antagónicas frente a la UE. Macron es europeísta. Pretende dotar a la zona Euro de un presupuesto, de un parlamento y de un ministro de economía; y busca fortalecer la estructura de defensa europea, entre otras medidas. Le Pen es euroescéptica. Quiere abandonar el Euro y la UE, para lo cual propicia un referéndum, y proteger en mayor medida la economía francesa contra la competencia externa. Si Macron se presenta como el defensor de la alianza franco-alemana – fundamento político de la UE- y como el candidato que apuesta por la revitalización de Europa, no por su deconstrucción, Le Pen entiende que la única posibilidad de proteger a los sectores más débiles de la sociedad francesa de los males de la globalización es salir de la Unión.

Macron arranca como gran favorito para la segunda vuelta. Los primeros sondeos le dan el 62% de intención de voto, contra 38% de Le Pen. Como sucedió con Jacques Chirac tras la primera vuelta de 2002, cuando Jean Marie Le Pen accedió al ballotage, Macron recibió el apoyo de los partidos tradicionales, esta vez para frenar a la petite Le Pen.

El triunfo parece al alcance de la mano. Para asegurarlo, el candidato de En Marche deberá mostrar que es capaz de garantizar la seguridad de Francia frente a la amenaza del terrorismo islámico. Deberá, también, responder a las demandas de aquellos que se sienten olvidados por el proyecto europeo y que creen que Macron es otro neoliberal, que viene a ofrecer más de lo mismo; a pedir sacrificios a cambio de un improbable bienestar futuro. Tendrá, en fin, que demostrar que representa una respuesta firme frente a las amenazas del presente y un cambio real y no cosmético frente a las incertidumbres del futuro.

 

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