Elecciones 2017: ¿se votará “con el bosillo”?

(Columna de Carlos Gervasoni)

Los votantes no evalúan su propia situación económica personal, sino la del país en su conjunto. Entendido así, el voto económico será determinante en las elecciones legislativas.

Afortunadamente la investigación científica no siempre valida al sentido común. Así, las ideas y observaciones de Copérnico, Kepler y Galileo refutaron el geocentrismo reinante, la teoría de las ventajas comparativas de Ricardo hizo lo mismo con el extendido mercantilismo de la época; y la lógica de la acción colectiva de olsoniana hirió de muerte al hasta entonces muy popular enfoque politológico pluralista. Estos ejemplos históricos sugieren que debe haber también ejemplos actuales de tales conflictos entre las verdades del “sentido común” y las de la ciencia. Uno de ellos es el objeto de este artículo: parece cierto, pero no lo es, que la gente “vota con el bolsillo”.

El “voto económico craso” es un canto al sentido común: cuando llegan las elecciones los ciudadanos, primero que nada, observan cómo está su economía personal o familiar. Si los ingresos son altos y/o crecientes, recompensan al oficialismo; de lo contrario lo castigan votando por alguna fuerza opositora. La mayoría de la gente y no pocos miembros de las elites informativas –políticos, periodistas, analistas, consultores, ensayistas– dan por descontado que los ciudadanos “votan con el bolsillo”. Es obvio, es de sentido común. La investigación científico-social, sin embargo, dice otra cosa.

 

La evidencia científica

Esencialmente que los votantes no evalúan su propia situación económica personal o familiar, sino la del país en su conjunto. O, usando jerga académica, hay poco o nada de “pocketbook voting” y mucho de “sociotropic voting”. Esto es, una persona pobre y desempleada tenderá a apoyar al Gobierno si percibe que la economía nacional va por buen rumbo (tal vez suponiendo que tarde o temprano eso terminará beneficiándolo), mientras que un votante de altos ingresos puede, no obstante su cómoda situación personal, tener una visión negativa de la evolución de la macroeconomía y emitir un voto opositor. Más allá de la evidencia sistemática en favor de este punto, no faltan ilustraciones sugerentes: ¿Cómo pudo Menem ser reelegido con el 50% de los votos en un año, 1995, en que la economía cayó el 3% y el desempleo alcanzó un altísimo 18%? Indudablemente la mayor parte de los votantes sufrían económicamente al momento de votar, pero de todas formas la mayoría de ellos decidieron apoyar al gobierno. Pareciera que no votaron con el bolsillo.

Los estudios de voto económico vienen mostrando, primero en el mundo desarrollado y más recientemente en las democracias en desarrollo, que la evaluación que los votantes hacen de la economía nacional predice en mucho mayor medida su voto que la evaluación que hacen de su economía personal o familiar. El mecanismo psicológico que genera este resultado parece ser el siguiente: tendemos a atribuir nuestra suerte económica al propio nivel de esfuerzo, a particularidades de nuestra empresa o sector, o incluso a fenómenos aleatorios o exógenos fuera del control del gobierno (como una inundación o una crisis internacional). Somos, en cambio, más propensos a atribuir la situación de la economía del país a la acción del gobierno. Tendemos a creer (no sin una cuota de exageración) que la situación macroeconómica es fundamentalmente resultado de las políticas económicas del gobierno.

¿No están altamente correlacionadas las evaluaciones “de bolsillo” (o personales) y las “sociotrópicas” (o nacionales) que la gente emite en las encuestas? No tienen por qué estarlo, en buena medida porque las segundas no provienen solo de la experiencia directa de cada votante, sino de las percepciones que se forma en base a mensajes en los medios, opiniones de especialistas, pronósticos de periodistas o consultores, etc. En una encuesta de panel electoral que tres colegas y yo llevamos a cabo durante las elecciones de 2015 (1), la correlación entre ambos tipos de evaluaciones fue de 0.45: positiva, como se esperaría, pero lejos de una correlación de 1, que expresaría perfecta correspondencia entre las opiniones de bolsillo y las sociotrópicas.

Varios trabajos han replicado este hallazgo en la Argentina. En un paper (2) que escribimos recientemente con María Laura Tagina hallamos –en base a un análisis de regresión múltiple sobre los datos de la encuesta mencionada- que las evaluaciones de la economía nacional fueron el segundo más poderoso predictor del voto presidencial por el oficialismo (esto es, por el candidato del FpV Daniel Scioli) en 2015, sólo superado por la opinión que los votantes tenían de la gestión de CFK. Ni el nivel socioeconómico, ni la identificación partidaria, ni la dependencia económica del estado, ni la orientación política de los medios más consumidos por el votante (todos factores que demostraron ser predictivos del voto) se acercan en magnitud al impacto de las evaluaciones sociotrópicas. Y, quizás más importante que lo anterior, el poder predictivo de la evaluación de la situación económica personal (que el sentido común entroniza como el gran determinante del voto) es indistinguible de cero: no hay evidencia de que haya relación alguna entre bolsillo y decisión de votar (o no) por el oficialismo.

Implicancias

El resultado de las elecciones legislativas de la segunda mitad de este año no dependerá, por lo menos no mucho, de que “la gente tenga (o no) plata en el bolsillo”. De hecho es poco lo que la política económica puede hacer de aquí a unos meses –especialmente en el actual marco de restricciones fiscales e internacionales– para mejorar las finanzas personales de millones de votantes. El resultado de la elección dependerá mucho más de la idea que los votantes se formen acerca del rumbo de la economía. Si predominan en el debate público los mensajes positivos, si se afirman y proliferan las estadísticas creíbles que manifiestan un crecimiento de la economía, si los índices inflacionarios bajan, si se forma un clima de “no estamos bien pero la economía está empezando a salir”, entonces el voto económico traccionará en favor de las listas legislativas oficialistas, aún “sin plata en los bolsillos”.

Entiéndase bien: no se afirma que se vota solo por el “relato económico”, ya que la efectividad de tal relato depende en buena medida de su concordancia con los hechos (y, menos “duramente” con la interpretación de los hechos que se imponga en las inevitables batallas comunicacionales por el “agenda setting” y el “framing”), pero sí se afirma que la relación entre economía y voto está lejos, lejísimos, de un impacto mecánico del bolsillo del votante en su decisión electoral. Desde el punto de vista de Cambiemos, la imagen de una economía en recuperación –competentemente comunicada y razonablemente basada en hechos e indicadores reales – será mucho más potente electoralmente que el craso “poner plata en los bolsillos de la gente”.

Desde ya, los resultados de las elecciones dependerán de muchos otros factores. De que el Gobierno asegure (o no) orden y gobernabilidad, de que casos como el del Correo Argentino o Arribas se conviertan (o no) en grandes escándalos de corrupción, de que los partidos que conforman Cambiemos mantengan (o no) la unidad al momento de presentar candidatos, de la popularidad y performance de campaña de los candidatos que presente cada partido, etc. Pero el “voto económico”, entendido como evaluación del rumbo de la economía nacional, y no como manifestación del estado del bolsillo personal, será casi seguramente un determinante central del resultado de agosto y octubre.

1. Lupu, Noam, Carlos Gervasoni, Virginia Oliveros, and Luis Schiumerini. 2015. Argentine Panel Election Study.

2. Carlos Gervasoni y María Laura Tagina. 2016. “Voting for the Incumbent Peronists: Sources of Electoral Support for Daniel Scioli in the 2015 Presidential Elections”. Presentado en el Workshop Campaigns and Voters in a Developing Democracy: Argentina’s 2015 Election in Comparative Perspective II. Universidad Torcuato Di Tella. Buenos Aires, 15 de Diciembre de 2016.

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