De paradojas, teoremas y trilemas: las estrategias de desarrollo en el mundo actual

(Columna de Juan Manuel Abal Medina, politólogo y senador nacional)

Dadas las complejidades de la economía mundial, no hay recetas sencillas para lograr el desarrollo, lo que hace indispensable generar grandes consensos.

Desde hace más de sesenta años un fantasma sobrevuela las aulas y pasillos de los institutos de ciencia política: el reconocido teorema de la imposibilidad planteado por Kenneth Arrow. El académico propuso un interrogante aparentemente simple pero con un resultado, al menos, paradójico: ¿existe algún sistema de agregación de preferencias individuales que pueda garantizar que el resultado colectivo dependa efectivamente de esas preferencias respetando algunos criterios mínimos de racionalidad?

De la misma manera pero en años recientes, el economista Dani Rodrik presentó en su obra “La paradoja de la globalización” un nuevo teorema de la imposibilidad al que denominó trilema político de la economía mundial. El trilema refiere a la gran complejidad a la que se enfrenta el mundo contemporáneo para garantizar el desarrollo económico, en gran medida debido a la extremadamente dificultosa labor de conciliar a la vez los requerimientos de la integración económica global con el Estado nación y el orden democrático. Sintéticamente, la teoría asume la existencia de tres fuerzas que coexisten y que no son compatibles entre sí, imposibilitando la convivencia si no es entre pares (de dos en dos), asumiendo siempre la eliminación (o debilitamiento) de la tercera. Los componentes del trilema de Rodrik son precisamente el Estado nación, la democracia en el plano nacional  y la globalización económica.

La apuesta teórica de Rodrik es avalada por el devenir de los acontecimientos de la historia reciente. En efecto, muchos episodios y procesos consisten en privilegiar un par en desmedro del elemento restante, al tiempo que los caminos alternativos demostraban sus propias limitaciones. Luego de la caída del muro de Berlín, el mundo pareció convencido de que la compaginación entre pares iría en desmedro del Estado nación y, naturalmente, privilegiaría los otros dos pilares del trilema vinculando los intereses democráticos con los de la integración económica, armonizando ambos tipos de preferencias. Ejemplos de esta “solución” del trilema debilitando su componente nacional estatal fueron la Unión Europea, como nave insignia de la integración económica y los Estados Unidos de Bush y Obama que rediseñaron los intereses nacionales en clave de intereses universales, para enojo de los obreros de Detroit

La etapa que comienza con la crisis financiera de 2008 y se profundiza con mayor claridad a partir del Brexit y los resultados de las últimas elecciones presidenciales en Estados Unidos, anuncian que incluso en las principales potencias esta conciliación tampoco logra funcionar. Frente a los desafíos globales actuales, cada vez más complejos (pensemos simplemente en la pérdida de fuentes laborales por la automatización), se requiere en todas las naciones soluciones mucho más ingeniosas que las que supusimos hasta ahora. Las apuestas a la integración simplista, como vimos en la Unión Europea, mostraron sus límites, mientras que las apuestas por la integración global tuvieron igualmente restricciones flagrantes.

A su vez, los intentos de “solución” que propusieron los llamados gobiernos nacional-populares de América Latina (mantenernos por fuera de la integración económica global reforzando el Estado nación y el componente democrático) también han mostrado fuertes limitaciones, como ilustra con claridad el caso de Brasil, que en pocos años pasó de plantearse como potencia global a la situación actual que todos conocemos.

Paradójicamente, o no, la “solución” al trilema que está siendo hasta ahora la más exitosa es la que todos nosotros, es decir los lectores de este articulo y quien lo escribe, consideramos la peor. Me refiero a la solución que pasa por debilitar absolutamente el componente democrático y poner en sintonía los intereses de la economía global con los del Estado nacional. El modelo de desarrollo que viene implementando China expresa esta opción.

Con este nivel de complejidad y de caída de las certezas tanto neoliberales (conservadoras o progresistas) como nacional-populares, creo que para empezar a pensar una estrategia de desarrollo sustentable en nuestro país debemos, en primer lugar, asumir que no existen soluciones simples que puedan ser durables en el tiempo y a la vez éticamente defendibles. Es decir, ninguna solución puede ya pasar por dejar afuera uno de los tres componentes del trilema. No habrá estrategia de desarrollo exitosa y durable que deje de lado los requisitos de la integración económica global, como intentaron los gobiernos nacional-populares, ni la habrá olvidando el componente nacional estatal, como pretendieron y pretenden los gobiernos neoliberales.

Si asumimos lo anterior empieza realmente lo más difícil porque la articulación permanente y variable de los tres componentes del trilema de Rodrik no está en ningún manual y no existen cartas de navegación exitosas para esa misión. Se requerirá para semejante tarea la construcción de verdaderos acuerdos políticos, económicos y sociales que sean de verdad y no un mero listado de buenas intenciones. Alcanzar estos acuerdos, siempre contingentes en la democracia, demandará por parte de los actores un compromiso real en términos de asumir lo que están dispuestos a perder a cambio de lo que obtendrían con el nuevo estado de cosas. Sin buscar sonar grandilocuente, me parece que necesitaríamos un gran acuerdo político, económico y social que fije las bases de una estrategia de desarrollo para las próximas décadas. Del acuerdo deberían formar parte todos los actores relevantes, desde el gobierno y los partidos de la oposición, hasta los representantes de la economía popular y de las universidades, pasando obviamente por los empresarios de los distintos sectores, la Confederación General del Trabajo y los sindicatos por rama de actividad.

Traduciendo a los asuntos concretos lo anterior, si coincidimos en que para integrarnos al mundo de manera exitosa necesitamos hacerlo desde el MERCOSUR, debemos también dejar de pensar lo que “ganamos o perdemos” cuando entran productos brasileros o uruguayos a nuestro país y dedicarnos a la más difícil tarea de construir cadenas regionales de valor que vuelvan abstracta la discusión anterior. Del mismo modo, si en la actual economía global carece de sentido “proteger” todos los sectores productivos mediante distintas barreras cambiarias, arancelarias o para-arancelarias, tampoco ayuda a una estrategia de desarrollo integral plantear una apertura ingenua que sólo busque bajar los costos locales olvidando todas las externalidades que esa decisión trae aparejada.

Finalizando, dado el nivel de dificultades que tenemos y que crecientemente nos presenta la economía global, ninguna salida va a ser simple porque todas las recetas han mostrado su fracaso. El gobierno actual se convenció de que el mundo seguiría transitando el mismo camino, el de la integración económica y democrática que expresó el expresidente Obama. Recientemente, mi amigo y colega Andrés Malamud planteaba al respecto en una interesante entrevista que este gobierno seguía todas las instrucciones de una autopista en la que todos los demás automóviles venían de frente, y recordaba, como decía un viejo presidente argentino, que en política cuando todos están equivocados significa que todos tienen razón.

Hoy el mundo es distinto, con nuevos desafíos y una certeza: ya no basta con seguir los manuales y las viejas recetas. Por eso creo que hacia adelante tenemos que seguir intentando generar esos grandes consensos que hacen falta en la política argentina, aunque sea difícil y tengamos que afrontar costos. La democracia argentina está en deuda por sus limitaciones para resolver problemas esenciales como la pobreza, el desempleo, el crecimiento económico y la desigualdad en la distribución del ingreso. Todos debemos sentirnos compelidos, y con mayor firmeza los representantes electos democráticamente, a deponer algunas cuestiones prácticamente actitudinales y privilegiar los acuerdos institucionales necesarios para garantizar el desarrollo que necesita Argentina. La posibilidad de hacerlo está latente.

 

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