Los que están dentro y fuera de la grieta

La competencia electoral 2017 confronta dos tipos de polarización: centrífuga y centrípeta. ¿Alternancia o antagonismo?

Hay que agradecerle al periodista y politólogo Hernán Brienza, fervoroso publicista de la causa kirchnerista, la crudeza para definir lo que a su juicio está en juego en la competencia electoral de este año:  “Lamento informarles –posteó en las redes sociales– que nuestro país está muy cerca de un enfrentamiento civil. Somos un país polarizado y fragmentado. La democracia tiene los días contados. En el 2001 la sociedad estaba atomizada, eran millones de islas aisladas despotricando contra la política. Hoy, desgraciadamente, hay un gran sector de la población que apoya a este gobierno y otro gran sector que afortunadamente lo detesta. Ese enfrentamiento no tiene solución… más temprano que tarde vamos a algún tipo de violencia”.

Más elaborado, el diagnóstico de Edgardo Mocca en Página 12 fue en la misma dirección: “Antagonismo o alternancia: así está planteado el dilema actual de la política argentina” (26/3). Las tapas del mismo diario vienen enfatizando sobre la deriva inevitable –e inequívocamente–represiva del gobierno de Macri: “ Vigilar y castigar”, titularon, e ilustraron con una foto de fuerzas policiales reprimiendo una protesta en la Panamericana…de 2015. Al día siguiente, Horacio Verbistsky denunció “ La estrategia del miedo”  informando que “ tras el ataque a los maestros, Macri anunció la adquisición de un blindado antipiquetes.“ El nuevo armamento para la represión, añadía, se suma al proyecto de agravamiento de las penas por la protesta social. Crece la criminalización de los opositores al ajuste como argumento electoral ante la decepción económica”  (Pagina 12, 16/4).

Días después, Horacio González escribía una larga nota para explicar el carácter neofascista del gobierno de Macri (Neofascismos liberales, Página 12, 18/4). ¿Cuánto asidero en la realidad y cuánto de autosugestión tienen estos diagnósticos; acaso una necesidad compulsiva de recrear escenarios de confrontación, en un campo de batalla en el que se estarían dirimiendo cuestiones decisivas, encrucijadas definitorias? ¿O una propensión al tremendismo –el viejo “cuanto peor, mejor” – que termina perdiendo toda capacidad de conmover a las masas?

No sorprenden estos discursos que plantean la contraposición entre pasado y presente, buscando plebiscitar la gestión de Cambiemos o canalizar un voto de protesta frente a ésta. Hay razones objetivas que explican esta estrategia: las legislativas de este año determinarán, para el oficialismo y la oposición, el escenario político de los próximos dos años. Como recuerda Rosendo Fraga, de las siete elecciones presidenciales realizadas desde la recuperación de la democracia en 1983, en seis lo que sucedió en la elección previa a la presidencial anticipó lo que tendría lugar en ella. Sucedió así con las victorias del peronismo en las presidenciales de 1989, 1995, 2003 y 2007. También con las victorias de De la Rúa en 1999 y la de Macri en 2015. La única excepción fue la victoria de Cristina en 2011, tras la derrota de Kirchner en las legislativas de 2009.

Estos escenarios preelectorales tienen importancia y cuentan a la hora de definir candidaturas y estrategias de campaña. Suponen un electorado expectante, pero quieto. Sin embargo, como sabemos, el activismo ciudadano y las demandas sociales que se expresan en las calles y en las redes sociales suelen producir sorpresas y obligan a una mayor cautela y atención de los analistas y estrategas. Se terminaron los electorados cautivos de otras épocas.

Los especialistas señalan que hay una porción nada menor del electorado que no quiere quedar atrapada en  “la grieta”. Las estimaciones hablan de un 25/ 30% de votantes fieles al kirchnerismo y otro 25/30 % que se inclina por Cambiemos. El 40-50% restante no reconoce pertenencia a ningún espacio político y define su voto según el escenario económico, político y social en el que se encuentre al momento de votar. Ese segmento definirá el resultado de la elección (Ver La Nación,  “Para los analistas, entre los extremos hay un espacio para capitalizar”, 17/4). Sobre esa “ancha avenida del centro” trabajará el Frente Renovador, mientras que Cambiemos y el peronismo –o el kirchnerismo– tratarán de convertirla en dos veredas enfrentadas sin un tercer espacio.

En términos de Giovanni Sartori, habrá un escenario de polarización, pero ésta será más centrípeta que centrífuga: se compite por el centro y no hacia los extremos.  Por lo pronto, un rasgo que define estas expresiones ancladas en la grieta –ayer, kirchnerismo vs. antikirchnerismo; hoy macrismo vs. antimacrismo– es la concepción minimalista de la democracia, que la limita a una herramienta o mecanismo para llegar al poder, subordinada a los intereses y proyectos de quienes detentan el poder. No es un tema de grados o intensidades sino de naturaleza conceptual y cualitativa: si la democracia es entendida como un continente que se expande y fortalece cuando incluye a los adversarios, y cuyo contenido es la consecuencia de esa interacción y confrontación, o si se la considera apenas como un instrumento para llegar al gobierno y llevar adelante las políticas que a priori consideramos más“ democráticas”.

Por otra parte, la construcción de hegemonías políticoculturales, como la entendía Antonio Gramsci, es irreductible a la lógica amigo-enemigo y debería evitar esta simplificación forzada por las circunstancias. Antes bien, delatan estas apelaciones a restaurar “ la unidad de las fuerzas populares” detrás de liderazgos unipersonales la vacancia de proyecto y liderazgo, una proyección o identificación con el antagonista que les permita recobrar predicamento en una sociedad que –distraída o  no- está buscando otras perspectivas, ofertas y relatos

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