La grieta como excusa

(Columna de Néstor Leone)

De la fragmentación existente a la polarización posible. Estrategias electorales en un contexto de disputas por el sentido. La apuesta del oficialismo y las posibilidades del peronismo.

 

1. ESTADO DE SITUACIÓN

La“ grieta”, desde hace un tiempo, se convirtió en término de moda. Para describir discusiones más acaloradas. O para hacer referencia a cierta politización mayor de algunas cuestiones que, en otro contexto, parecían naturalizadas. Como un corte tajante y falsamente definitivo, que no deja neutrales e indiferentes.Y , sobre todo, que se retroalimenta permanentemente con la amenaza de generar un estado de inminente asfixia. A modo de profecía autocumplida. Promovida  y fomentada hasta el hartazgo (mediáticamente, sobre todo), al mismo tiempo que se imposta su denuncia. En esa formulación tan imprecisa como abarcadora, el término “grieta” se convirtió también en la forma de llamar a un estado de situación aparentemente novedoso, lejano a cualquier otro momento político, y en una forma de condena, a través de la propia mención de la palabra, para el supuesto portador de esa confrontación que se considera excepcional. Como si no pudieran establecerse líneas de continuidades con disputas pasadas (mucho más violentas, incluso). Como si la historia política argentina no fuese pródiga en tensiones irresueltas, conflictos dirimidos a través de mecanismos no siempre legitimados en sus formas o antagonismos duraderos. En esta clave de lectura “de moda” no sólo se pierde densidad analítica. También se dejan aristas por el camino y se menosprecian ciertas complejidades. Por caso, cuántos resabios perduran de la crisis de representatividad que atravesó al país a fines de los años noventa y que tuvo su implosión en 2001. Y de qué manera opera en el sistema político la fragmentación social acentuada en aquellos años, que tuvo cierta recomposición virtuosa y parcial en la década pasada, pero que persiste como condicionante. “Ustedes venían a unir y cerrar la grieta y la están abriendo cada día más”, le reprochó un senador kirchnerista al jefe de Gabinete Marcos Peña, en el Congreso, el martes 25. “La expresidenta ni siquiera asistió al traspaso de poder de este país. Mayor violencia institucional y simbólica que ese desconocimiento de la legitimidad democrática no ha habido en el último tiempo”, respondió Peña esa tarde, en su informe de gestión.

 

2. MINORÍAS INTENSAS

La desarticulación política, en su máxima expresión, pudo constatarse en 2003, con seis candidatos provenientes de los dos partidos mayoritarios, y ninguno de ellos en condiciones de alcanzar apenas un cuarto del electorado. A partir de entonces, hubo recomposición parcial y cierto restablecimiento de condiciones básicas de funcionamiento político, pero algunos problemas perduraron. En el universo opositor de entonces se observó el fenómeno de manera más clara, ya lejos del bipartidismo ordenador de la transición, con las dificultades del radicalismo para recuperar terreno, la conformación de alianzas electorales de corta vida y la incapacidad de canalizar el descontento variable que hubo con los Kirchner. No obstante, también se manifestaron en el peronismo. En cierta“ provincialización” perdurable de su estructura partidaria nacional y en la escasa consustanciación con sus políticas de parte de algunos dirigentes tradicionales, más allá de los apoyos pragmáticos, pueden advertirse esas tensiones. Que adquieren otra dimensión ya concluido el ciclo. El hecho de que hayan tenido que suceder tres elecciones nacionales, incluido un inédito balotaje, para que, al final, el electorado se parta en dos mitades, no obstante, muestra que la polarización de la que tanto se habla tenía menos de la grieta alegada que de aquella fragmentación persistente.Y  que Cambiemos deba hoy rediseñar su estrategia de “unidad entre los argentinos” para confrontar más abiertamente con Cristina Kirchner e intentar hacer más estrecha la avenida del medio trazada por Sergio Massa y su Frente Renovador, también.

 

3. EN CAMPAÑA

La marcha en favor del Gobierno de principios de abril mostró que el macrismo, como tal, ostenta cierta capacidad de movilización posible, mantiene en pie una minoría intensa más consustanciada y está conformando algo parecido a una identidad política, de contornos todavía indefinidos, pero trazos identificables. A partir de ese campo propio, la decisión de polarizar. De confrontar, más abierta y sostenidamente. Con el kirchnerismo como adversario elegido. Y con un supuesto: que, en esta etapa y con un peronismo fragmentado, resulta más propicio consolidar ese núcleo duro y sus adyacencias que apostar a la construcción de una nueva mayoría más inasible e intermitente. Por otra parte, difícil (si no, imposible) de alcanzar, dada la secuencia de indicadores económicos y sociales adversos, el carácter regresivo en el sentido de sus políticas y la ausencia prolongada de brotes verdes. Reeditar el escenario de las elecciones generales que le permitiera a María Eugenia Vidal ganar la gobernación bonaerense y a Macri forzar el balotaje aparece como búsqueda deliberada. Posible, consideran en esa mesa chica. Le permitiría sumar escaños y modificar parcialmente la correlación de fuerzas en el Congreso (en Diputados, sobre todo). Mientras que apuntalar ese clivaje político por sobre cualquier deviene omnipresente en la mayoría de los discursos oficiales. La dificultad de emprender una campaña con la promesa velada (o no tanto) de encarar un ajuste más ortodoxo tras el recuento de los votos es posible que demande más artilugios de laboratorio que los acostumbrados. En tanto, la exigencia de pureza de ese núcleo duro (retroalimentado antiperonismo incluido) y la creencia cerrada en ese diagnóstico (de manera mucho más ideologizada de lo previsto) quizá también le reste margen de maniobra.Y  cierto timing, necesario.

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