“La región se ha fragmentado”

(Entrevista a Octavio Amorim Neto. Por Facundo Matos Peychaux)

 

Con sus particularidades, Brasil, Paraguay, Venezuela y otras democracias latinoamericanas atraviesan un momento complicado a nivel político, encuadrado en un contexto económico complejo para toda la región. ¿Qué variable antecedió a la otra?

Es la economía y la política. Una alimenta la otra, lo que genera un círculo vicioso clásico. Con “ economía”, uno se refiere tanto a la economía global como a la nacional. En Brasil y V enezuela, sus problemas actuales tienen que ver con el fin del gran ciclo de las materias primas, lo que causó un choque en sus economías. Pero el final de este ciclo fue sólo una condición necesaria, pero no suficiente, para explicar los graves problemas políticos y económicos que se enfrentan ahora los dos países. El caso de Paraguay es diferente porque su economía va bien; son cuestiones políticas que afectan al país en la actualidad. Con respecto a Brasil y Venezuela, el reto para los analistas es identificar cuál es el conjunto de factores suficiente para generar sus respectivas crisis. Este conjunto de factores es diferente en cada país.

¿Qué los diferencia?

En Brasil, especialmente en lo que respecta a la crisis de 2015 y 2016 que llevó a la caída del gobierno de Dilma, tenemos que incluir: la extrema fragmentación y la heterogeneidad ideológica de su coalición de gobierno, la personalidad abrasiva de la ex presidente Dilma y su falta de habilidad política, la rigidez del sistema de gobierno presidencial y por supuesto la operación Lava Jato. Entre estos cuatro factores, destacaría la operación Lava Jato como el más poderoso, ya que no tiene precedentes en la historia de Brasil, y en consecuencia ha cambiado los parámetros que rigieron la política brasileña durante tres décadas. Bajo Temer, la crisis continúa, pero la actual coalición de gobierno es más cohesiva desde el punto de vista ideológico vista y el jefe del poder ejecutivo es más políticamente hábil y flexible que Dilma. Sin embargo, la operación Lava Jato ha tenido un efecto en la administración muy duro. Y la rigidez del presidencialismo continúa, con su falta de mecanismos institucionales ágiles para resolver crisis de gobierno.
En el caso de Venezuela, el conjunto de factores suficientes tiene que llevar en cuenta la naturaleza del régimen de Chávez y su continua estrategia de polarización de la sociedad y los problemas derivados de la debilidad del liderazgo del Presidente Maduro. Con respecto a la naturaleza del régimen de Chávez, tenemos que reconocer no sólo su creciente autoritarismo, sino también el hecho de que sea un régimen civil-militar, lo que crea una dinámica extremadamente compleja. Por último, también hay que tener en cuenta las divisiones y los errores tácticos y estratégicos cometidos por la oposición venezolana desde 2002.

 

En simultáneo a esa inestabilidad creciente, fueron derrotados varios gobiernos del llamado “giro a la izquierda”, pero no se recuperó la estabilidad. ¿Por qué?

En realidad, la inestabilidad precede a la derrota de los gobiernos de izquierda en la región. Brasil es un buen ejemplo. La inestabilidad política en Brasil se hizo visible con las jornadas de junio de 2013. Ellas fueron otro golpe para el gobierno de Dilma. A partir de ahí, ella comenzó manejar la economía en modo de desesperación, lo que la llevaría en 2014 a manipular en gran medida el presupuesto del gobierno federal para lograr la reelección. La destrucción de las cuentas públicas de Brasil está en la raíz de la gran crisis política y económica de 2015 y 2016. Sin embargo, también hay que tener en cuenta que la inestabilidad política del gobierno de Dilma comienza en 2012, cuando su gran mayoría parlamentaria comienza a agrietarse. Y entonces vemos claramente el círculo vicioso que he mencionado: el debilitamiento político de la presidente, la inestabilidad resultante causado por esto la lleva a tomar decisiones equivocadas en la economía, lo que, a su vez, han empeorado los problemas políticos, que, a su vez, han magnificado los problemas económicos.

 

En una entrevista reciente, Aníbal Pérez-Liñán definió el impeachment en Brasil como una operación “triste” y “politizada” de la oposición para llegar al poder. Algo similar se vio en Paraguay. Y en Bolivia y Venezuela, los oficialismos vienen usando los mecanismos institucionales para mantenerse en el poder. ¿Son hechos aislados o se reforzó la tendencia que identificaba David Altman sobre ese uso político de los resortes institucionales en la región?

Estoy de acuerdo con Aníbal Pérez-Liñán, que, por cierto, ha sido una referencia al debate político brasileño durante el proceso de destitución de Dilma. Las razones objetivas de la caída de Dilma tienen más que ver con los problemas políticos y económicos de su gobierno que con la manipulación fiscal. En este sentido, fue una operación triste y politizada. En relación con la pregunta, la “marea rosa” que se extendió por América Latina desde la llegada de Chávez al poder en 1999 puede ser asociada con episodios frecuentes de degradación o deshilachado del tejido institucional, con el uso por poderosos presidentes de los amplios recursos que el Ejecutivo les da para aumentar sus posibilidades de mantenerse en el poder.  Simétricamente, la oposición a dichos presidentes también contribuyó al deshilachado del tejido institucional a través de una serie de actos muy oportunistas: el intento de golpe en V enezuela en abril de 2002, el “ impeachment express”  en Paraguay y por último, la destitución de Dilma. Tenemos que alabar a la democracia argentina, ya que logró cerrar la era de los Kirchner de la mejor manera posible, con una elección.

 

¿Qué espera para la política exterior de América Latina y la integración regional con la llegada de Trump, con China procurando ocupar los espacios comerciales que deja Estados Unidos y con el giro a la derecha de muchos gobiernos en la región?

El giro a la derecha puede generar la convergencia ideológica entre los dos principales motores de la integración de Amércia del Sur, Argentina y Brasil. Con la llegada de Trump y su hostilidad patente hacia México, se abre también la posibilidad de que ese país, que tiene la segunda mayor economía de América Latina y que ha estado políticamente muy lejos de estos motores, busque acercarse a Buenos Aires y Brasilia, con el fin de compensar las pérdidas que le pueden imponer  Trump. En este sentido, yo diría que el giro a la derecha y  Trump podrán facilitar la integración regional. Pero es importante destacar que no existe una política exterior de América Latina. A pesar de su exuberante retórica integracionista, la región se ha fragmentado en varios modos. Desde el punto de vista de los mecanismos de integración, hoy se destacan el Mercosur y la Alianza del Pacífico. Aunque recientemente hemos visto un “ rapprochement”  entre estos dos bloques, aún queda mucho por hacer para que efectivamente converjan. Hay acuerdos aún más débiles, tales como Unasur, Alba, Celac y los demás acrónimos. De cualquier manera, la clave de registro es que la elección de  Trump, el Brexit y otras  sorpresas que puedan ocurrir este año llevarían inestabilidad al centro del sistema internacional. Si tuviéramos líderes políticos de calidad, la inestabilidad a nivel global podrá resultar en un fortalecimiento de la integración latinoamericana.

 

Teniendo en cuenta los antecedentes y lo que aún hoy vemos en países vecinos, ¿qué significa para la región que el gobierno de Mauricio Macri haya logrado atravesar su primer año en minoría en ambas cámaras sin mayores complicaciones?

Sin duda, el hecho de que Macri ha sido capaz de gobernar en minoría es una noticia muy auspiciosa para Argentina. Si logra completar su mandato, habrá grandes lecciones para otros países de la región. En el caso específico de Brasil, podemos empezar a entender los mecanismos por los cuales los gobiernos minoritarios pueden sobrevivir y ser eficaces, algo que, con una o dos excepciones, nunca ha sucedido en nuestra historia

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