Nos quieren pero no nos creen

(Columna de Tomás Múgica)

 La política exterior de Macri, como quedó en claro en sus recientes viajes,  se centra en la agenda económica y en particular en la búsqueda de inversiones

 

En menos de un mes Mauricio Macri habrá concluido visitas oficiales a los dos mayores potencias mundiales. El viaje presidencial a Estados Unidos a fines de abril, y su visita a China en mayo -parte de una gira asiática que también incluyó Japón y Emiratos Árabes Unidos– brindan elementos para comprender tanto la orientación de la política exterior del gobierno como sus principales debilidades. Fundamentalmente,  permite comprender que la búsqueda de inversiones y de mercados como eje de la política exterior encuentra límites considerables en la política local.

Como hemos señalado en otras ocasiones en esta columna, la política exterior de la administración Macri se centra en la agenda económica: la búsqueda de inversiones y la apertura de mercados externos dominan la acción internacional del gobierno. En cada viaje al exterior –en ocasiones parecen más road shows que visitas presidenciales-, ante cada mandatario extranjero que llega a nuestro país, en cada foro internacional, Macri y sus funcionarios repiten como una letanía que Argentina cuenta con grandes oportunidades de inversión, que quieren ampliar el intercambio –alimentos y productos mineros son los bienes más promocionadosy que su gobierno ha revertido el clima de negocios desfavorable que primó durante el kirchnerismo. Las preocupaciones políticas, como el activismo en pos de un orden mundial multipolar –tema favorito de CFK- ocupan un segundo plano. Con una excepción: el gobierno deja claro, muchas veces mediante la sobreactuación, su alineamiento político inequívoco con Estados Unidos, y de manera más general, con Occidente.

Este patrón de comportamiento se verifica en las visitas a Estados Unidos y China. En la Casa Blanca, Macri dejó clara su cercanía política: compromiso para combatir el narcotráfico, el financiamiento del terrorismo y el lavado de dinero; y condena común al gobierno de Maduro. El presidente logró un moderado respaldo para su programa de reformas económicas, que incluye la promesa de apoyar el ingreso argentino en la OCDE; también, en el terreno comercial, consiguió revertir el freno al ingreso de limones argentinos, un modesto logro al que el gobierno quiso dotar de gran valor simbólico. Sin embargo, la gran apuesta del viaje fue Vaca Muerta: en Houston, el presidente buscó seducir a las grandes compañías petroleras norteamericanas para que aporten el capital y la tecnología necesarios para desarrollar ese yacimiento.

En China, el foco de la visita presidencia estuvo puesto casi exclusivamente en las inversiones y el comercio. Macri participó de la reunión del foro “OneBelt, One Road”, una iniciativa china que reúne a países desarrollados y en desarrollo con el objetivo declarado de fortalecer la infraestructura y los intercambios en Eurasia (y el no declarado de extender su influencia política y económica). Durante su visita el presidente firmará una serie de acuerdos; busca financiamiento para grandes obras de infraestructura, como dos centrales nucleares, las represas Cepernic y Kirchner y el ferrocarril San Martín. También la apertura del mercado chino –China es el segundo socio comercial argentino, con el cual sostenemos un intercambio interindustrial y deficitario-a un mayor número de productos argentinos, especialmente de origen agropecuario.

 

LA FAZ LOCAL DE LA POLÍTICA EXTERIOR

En ambos casos, también, aparecieron los límites de la estrategia de seducción a inversores. A juzgar por lo que hemos visto desde el Foro de Davos en enero de 2016, el entusiasmo del presidente y de su equipo encuentra su contracara en el amable escepticismo de sus interlocutores. Que reconocen la voluntad del gobierno de iniciar un nuevo tiempo, que aplauden entusiastas las intervenciones de Macri en los foros económicos, pero que también señalan -muchas veces en voz baja- sus limitaciones políticas. Las inversiones no llegan. Por supuesto la coyuntura macroeconómica -caída del consumo, atraso cambiario, déficit fiscal- no ayuda. Pero a la hora de explicar las decisiones de grandes inversores de largo plazo, la cuestión política parece decisiva. Los inversores, se sabe,“ votan con los pies”, y no lo están haciendo por Macri.

Lo que intentamos decir es que relativa debilidad política del gobierno a nivel local condiciona –y mucho- su política exterior. Si, como señalan Tokatlián y Merke (2014:251), la trayectoria histórica de la política exterior argentina se explica en buena medida por las “orientaciones económicas aplicadas por diversas coaliciones sociopolíticas”, la capacidad del actual gobierno para crear una coalición ganadora será determinante para el éxito de su estrategia de inserción internacional. Puesto de otra manera, la política exterior es en buena medida expresión de un modelo de desarrollo, cuyo éxito depende en gran medida de su legitimidad social y su consecuente fortaleza política.

Producto más del hartazgo social con el estilo autoritario y la corrupción del kirchnerismo tardío que de un franco apoyo social a sus banderas -especialmente en materia socio-económica- el macrismo empuja su agenda de reformas en un contexto de fuertes condicionamientos políticos. Al respecto, tres puntos merecen señalarse: a) el gobierno no cuenta con mayorías legislativas; b) los grupos de interés ligados al mercado interno son relativamente poderosos; c) la opinión pública argentina muestra fuertes inclinaciones intervencionistas en materia económica.

Primero, la falta de mayorías legislativas -y el fantasma de un retorno de CFK en 2019- generan una fuerte incertidumbre en el gobierno. También en los inversores, que visualizan a un gobierno (a sus ojos) bien intencionado, pero débil. El propio Macri lo admite implícitamente, previo a su visita a China (Clarín, 13/05/2017), al levantar la consigna “nosotros o el abismo populista”. Ganar las elecciones, acercarse a una mayoría en Diputados y debilitar a los sectores más cercanos a la ex–presidenta son objetivos políticos cuyo logro –o no- impactará sobre la política exterior.

En segundo lugar, si el gobierno quiere mayores avances en materia de inversión e  integración económica externas deberá mostrar su capacidad para negociar con los grupos de interés ligados al mercado interno, fundamentalmente sindicatos y organizaciones empresarias que reúnen a compañías orientadas “hacia adentro”. Macri necesita más acuerdos como el logrado con los sindicatos petroleros -Guillermo Pereyra acompañó al presidente a Houston- por Vaca Muerta. Su capacidad para generar compromisos similares en otros sectores resulta incierta, especialmente si ello significa recortar empleos.

Tercero, estudios de opinión muestran que una mayoría de argentinos está a favor de un Estado que intervenga activamente en la economía, para corregir las desigualdades generadas por el funcionamiento del mercado y proteger a los eslabones más débiles de la cadena productiva (según una encuesta de preferencias ideológicas de FLACSO-Ibarómetro, el 61,8% favorece una intervención activa del Estado en la economía). Este clima ideológico persiste más allá del cambio de gobierno, algo que la administración Macri sabe –muchos funcionarios parecen contenerse para evitar confesar sus verdaderas ideas-,al tiempo que intenta transformarlo como parte de la “batalla cultural” que dice dar.

Resumiendo, la política exterior de la administración Macri enfrenta un problema de credibilidad frente a “los mercados”. Si los gobiernos de centro-izquierda deben prometer consistencia macroeconómica, los de centro-derecha deben garantizar legitimidad social; los 90’, como se ve, no vuelven. Mientras tanto, los dueños del capital esperan a octubre.

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