La gran Macron

Macri encuentra en el escenario internacional las coordenadas para fortalecer su identidad política, de cara a las elecciones.

Los resultados electorales en Francia, con el triunfo de Emmanuel Macron frente a Marine Le Pen, fueron el mejor espejo en el que cual puede mirarse el presidente Macri. Lo que no proveen los datos de la economía y le retacea la política doméstica, lo suplieron en estas últimas semanas los respaldos y ayudas del frente externo, que –aunque no votan– influyen y mucho. Bocanadas de aire fresco y datos alentadores que vinieron del exterior para darle un envión a la carrera electoral de este año: las giras por EE.UU., Dubai, China y Japón, el apoyo de los ex presidentes y empresarios convocados en Buenos Aires por el Círculo de Montevideo, y también –por contraste– los rebotes de una deslucida gira europea de Cristina Kirchner, colocaron a Macri en el lugar en el que mejor se siente, el de un líder renovador e innovador, capaz de articular una nueva alianza entre capitalismo y democracia. En ese camino, el flamante presidente francés encarna esa idea de superar la división entre izquierda y derecha, y trazar la línea divisoria entre lo viejo –asociado al temor– y lo nuevo –asociado a la esperanza–. Quienes observan con simpatía inocultable el fenómeno lo explican como una contraposición entre quienes se enfocan en el futuro y en el cambio con optimismo y quiénes ven al mundo actual con pesimismo y encuentran en el pasado el horizonte al cual deberíamos volver. Este clivaje, aplicable a muchas elecciones de los últimos años, se vio reflejado en la definición electoral de Francia. Emmanuel Macron y Marine Le Pen obtuvieron, respectivamente, 24% y 22% de los votos en la primera vuelta y accedieron al balotaje dejando atrás al conservador François Fillon (20%) y al candidato de la izquierda Jean-Luc Mélenchon (20%). Con estos resultados, se evitó un posible escenario electoral que tenía a Europa y al mundo en vilo: el de una segunda vuelta entre Mélenchon y Le Pen, expresiones de las tradicionales izquierda y derecha, pero ambos populistas anti-globalización y antiintegración europea.

En Mélenchon y Le Pen se hacía evidente el deslizamiento de las coordenadas políticas tradicionales: izquierda y derecha emergían como dos caras de una misma moneda, con mayores puntos en común que diferencias. Compartían enemigos (los bancos, la globalización, la Unión Europea y los medios de comunicación) y una idea unificadora y cerrada del pueblo francés. Le Pen seguía el slogan “en nombre del pueblo” y Melenchon el de “la fuerza del pueblo”, coincidían en una visión pesimista de la actualidad y expresaban una nostalgia por el pasado. Como fue ya descripto por distintos observadores y analistas, el crecimiento de Mélenchon y Le Pen fue tributario del malestar que recorre el mundo hacia el consenso liberal de los últimos 50 años, más allá del éxito que éste tuvo para garantizar la persistencia de la paz y la mejora de las condiciones de vida de la población. Un malestar que se explica por distintos factores: la asimilación de flujos inmigratorios, el futuro del trabajo ante los avances tecnológicos, la persistencia y en muchos casos aumento de la desigualdad y la inseguridad ante los cambios económicos y sociales que trajo el Siglo XXI. En algunos países europeos, como Austria y Holanda, ese malestar se tradujo en el crecimiento de fuerzas xenófobas. Gran Bretaña, con el Brexit, decidió dejar atrás la integración continental y salir de la Unión Europea. Por otra parte, muchos interpretan la victoria de Donald Trump en EE.UU. como el enojo de una población blanca, masculina y de clase trabajadora que se sintió estafada y amenazada por la elite política. Y, trazando un paralelismo, no difirieron tanto los votantes de Bernie Sanders que se resistieron a votar a Hillary Clinton con los votantes de Mélenchon que se negaron a votar a Macron y optaron por la abstención.

En ese contexto surge Macron, como la gran novedad. Con menos de 40 años y un pasado de banquero y ministro socialista, no se define por izquierda o derecha sino, sobre todo, por su optimismo respecto de los desafíos actuales. Al mismo tiempo, se rebela contra los viejos partidos y su propuesta vino de la mano de una fuerza alternativa, “En Marcha!”, que pretende renovar el tradicional compromiso de la democracia francesa con la comunidad internacional y la creación de una sociedad inclusiva, pluralista y próspera sobre la base de una economía de mercado. En unas elecciones que el mundo observó como un test antipopulista, el candidato del movimiento En Marcha se impuso por el 65,9% por ciento de los votos contra Marine Le Pen, del xenofóbo Frente Nacional (FN), que obtuvo el 34,1% de los sufragios.

“Macri-Macron, un solo corazón”. Más allá de la similitud de apellidos, se identificaron las afinidades entre Cambiemos en Argentina y En Marcha en Francia: coaliciones nuevas que rompen con los partidos y agrupamientos ideológicos tradicionales y reciben apoyos a uno y otro lado del espectro, con propuestas esperanzadas de horizontes más ambiciosos para sus países y que ven, en las nuevas realidades, oportunidades y no razones para rememorar un pasado que ya fue. Y así como la Argentina, hace dos años, le dio un voto de confianza a esa propuesta de cambio, ahora, es Francia la que optó por ese camino. Entusiasmado por este envión, Macri eligió una escala de su gira asiática en Dubai para dar la señal de largada de la campaña electoral: “En octubre vamos a discutir si seguimos con el cambio o si volvemos al populismo”. Su contrincante principal –a los ojos del macrismo– será la Marine Le Pen argentina, con su 20/30% de intención de voto, según lo que miden las encuestas: CFK. La confrontación entre liberalismo y populismo dio sus frutos en Francia. ¿Puede darlos, este año, en Argentina?

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