Y la política, ¿cuándo arranca?

Por Mario Serrafero

Ninguna fuerza política por sí sola puede sentar las bases para un cambio per el nivel de confrontación actual genera dudas sobre la posibilidad de lograr avances.

 

Las elecciones de medio término suelen servir como termómetro, para el gobierno y la oposición. Pero la situación resulta un tanto confusa. El hecho que el oficialismo haya decidido polarizar con la expresidenta detiene el debate en el pasado.  Y todavía lo que la población no puede ponderar son los resultados de la actual gestión. Es cierto que es poco tiempo para hacer balances. Se trataría, entonces, de ponderar el rumbo. Para ello no ayuda la cantidad de errores que el propio gobierno reconoce. Tampoco la sensación de que vastos sectores no se han visto beneficiados, hasta ahora, de las políticas públicas desplegadas. En algún sentido, entonces, se trataría de una cuestión de fe. ¿Se le cree o no al Gobierno? ¿Es la pesada herencia lo que, supuestamente, no ha permitido que la economía arrancara? ¿O es que el proceso ya arrancó y no hay manera efectiva de medirlo o quizá, es que llevará tiempo que llegue a la gente la sensación de mejora? Interrogantes difíciles de resolver ahora.

Por el lado de la oposición la situación no es tampoco clara. Los que hasta hace poco gobernaron hoy hablan de inflación e inseguridad, cuando antes las negaban. ¿Seguirá dividido el peronismo? ¿Cristina es la mejor opción o un pasado agotado? ¿El peronismo que es?  Y la oferta del “ camino del medio”, ¿no aparece un tanto desdibujada entre una elección que intenta presentarse entre el pasado y el presente, entre Cristina y Macri?, ¿o es que tratan de despegarse del reduccionismo bipolar?

Algunas cuestiones parecen menos confusas. En primer lugar y si bien todavía no ha comenzado oficialmente la campaña, no hay ideas en debate. Una pobreza de proyectos asalta el horizonte. Este año el trabajo del Congreso ha sido por cierto exiguo. No hay propuestas movilizadoras.  Y los números que reflejan los indicadores económicos y sociales son alarmantes. El más lacerante, sin duda, es el número de pobres que tiene el país.

En segundo lugar, las PASO no parecen ser un instrumento de mayor transparencia partidaria, ni participación ciudadana. Ni el oficialismo ni la oposición desean que los ciudadanos tomen partido en las ofertas al electorado de partidos y coaliciones.

¿Son las elecciones de 2017 cruciales? El oficialismo considera que son relevantes para que el cambio pueda seguir su marcha. El peronismo, el kirchnerismo, el massismo y el resto, estiman que deben poner límite al proyecto oficial que opta por favorecer a los sectores más pudientes y abandonar a los más vulnerables. Es notable como ha cambiado el clima político de 2016, cuando en el Congreso se debatía y los proyectos se aprobaban con el apoyo de partidos opositores. El oficialismo en minoría legislativa pudo lograr cantidad de leyes gracias a un efímero clima de época que coadyuvó a que los partidos opositores colaboraran en el trabajo legislativo, el gobierno estuviera abierto a los cambios y hubiera entonces resultados.

El Gobierno probablemente piensa que lo favorece una oposición dividida, esto es un peronismo en estado de disgregación. Puede ser. Pero una oposición de calidad ha sido siempre requisito funcional de un sistema político sano. Festejar una oposición dividida ha sido un lugar común de los oficialismos, como también ha sido lugar común el de las oposiciones que han embestido contra los gobiernos que han dado muestras o signos de debilidad. Lugares comunes de la mediocridad política argentina. En este panorama se está lejos de lograr acuerdos generales o grandes salidas negociadas. La política se resiste a cambiar. En realidad, más que la economía, es la política la que no arranca, la que no logra despegarse de los viejos hábitos y las oxidadas prácticas.

Las elecciones legislativas no se han planteado desde el presente. Se despliegan como un espejo retrovisor que debate el pasado, o bien como una prueba que sólo mira el 2019, donde las elecciones decidirán si el presidente continúa en el poder o tiene el relevo de la oposición o de alguien de su mismo espacio político.Un sentido contradictorio rodea a estas elecciones. No se espera mucho de ellas para el presente inmediato, pero se las considera cruciales para la confirmación o rectificación de la marcha del gobierno y las posibilidades opositoras dentro de dos años.

La política está en un impasse, no arranca. Cristina volvió al ruedo con un estilo desconocido para ella. Montó un escenario donde fue sólo ella y la gente. Sin aparatos a la vista ni consignas. Pasando revista a los problemas de la gente que, obviamente, no comenzaron con el gobierno de Cambiemos sino que abarcó a su propia gestión. Cristina tiene un buen piso, pero un techo corto. Es la foto del día, pero las fotos de la política, en  Argentina, son sólo fotos. Macri tiene todavía las expectativas a su favor. Aunque la economía todavía no ha dado muestras  de un despegue que abarque a la mayoría, la política sigue ofreciendo para muchos ciudadanos promesas de un futuro mejor. Pero las promesas pueden ser un boomerang, si sólo quedan en promesas.  Y Massa no estaría tan desolado en un juego de dos, si Macri y Cristina defraudan las expectativas. Y, sobre todo, si continúa apostando a las propuestas vinculadas con las necesidades de la población.

La personificación del momento político electoral ha hecho sombra de los partidos. ¿Qué es Cambiemos? ¿Un espacio político? ¿Una coalición legislativa? ¿Una coalición imperfecta de gobierno, donde decide un pequeño grupo de uno solo de los partidos? ¿El peronismo dónde está en la oferta de los distintos peronismos? ¿En el pragmatismo cambiante y especulativo de los intendentes del conurbano? ¿En una Cristina que sufre amnesia de peronismo? ¿En el kirchnerismo residual que hacía de público en una tribuna en el acto del lanzamiento del Frente Ciudadano de la exmandataria? ¿En el especulativo silencio de los gobernadores del movimiento que otrora fue de Perón?

En 2016 el gobierno de Cambiemos y la oposición dieron un promisorio puntapié inicial a un juego que podría haber sido distinto. Pero este año, el cortoplacismo de todos los jugadores retrotrajo la partida y ahora, la política no arranca. Es probable que las próximas elecciones sean sólo una etapa insípida entre los comicios de 2015 y los de 2019. En las elecciones presidenciales de 2019 Macri tendrá ventajas si se presenta a la reelección y la situación económica y social denota cierta mejora y mayor claridad de rumbo. Pero si persisten o se agravan los problemas, Argentina volverá a girar sobre sí misma, recalando en los vicios circulares de un eterno retorno. La compulsión a la repetición no está en la conciencia y menos aún en el cálculo de la superficialidad en la que navegan los asesores de imagen y los estrategas de campaña. La lección no se aprende. Ninguna fuerza política en soledad puede sentar las bases de un cambio. Sin ideas, con partidos desdibujados, sólo con estrategias de confrontación y con liderazgos que pretenden ser mesiánicos las elecciones de 2017 serán un regreso al territorio temido del inmovilismo o la decadencia. Restan unos meses. Todavía hay tiempo para que las cosas no sean necesariamente así

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