¿Y ahora qué PASO, eh?

Por Miguel De Luca y Andrés Malamud

En la última nota, nos concentramos en las consecuencias de las PASO anteriores. En ésta  hurgamos sobre las próximas. Que no falte rock.

 

Los franceses distinguen entre mil tipos de quesos. Los italianos, entre veinte maneras de pedir un café. No extraña que los politólogos diferenciemos una docena de elecciones primarias: obligatorias o voluntarias, reguladas por la ley o por el partido, directas o indirectas, vinculantes o no, con financiamiento público o partidario, simultáneas o escalonadas, abiertas o cerradas, y las mejores: monógamas versus promiscuas.

Pero a los politólogos con tiempo libre no nos interesa sólo discutir clasificaciones. Aspiramos a más: queremos pronosticar efectos. Oficializadas las listas de la edición 2017, nos preguntamos: ¿y ahora qué PASO, eh?

¡Uno! Las PASO de este año tendrán un modesto impacto como barrera o filtro. El umbral del 1,5% ya hizo su trabajo en primarias anteriores. Por ejemplo, en las últimas elecciones antes de las PASO, en 2007, compitieron catorce fórmulas presidenciales. En las posteriores, las fórmulas se redujeron a siete (en 2011) y seis (en 2015). Para los partidos grandes, las PASO como barrera no son una preocupación. Y los partidos chicos ya aprendieron la lección. Incluso las fuerzas de izquierda, que siempre fueron divisibles por dos, armaron el Frente de la Izquierda y los Trabajadores y, bajo un paraguas de lista única en las PASO, acordaron rotación en las bancas. Aprendizaje y cooperación redundaron en mayor presencia el FIT en el Congreso y en las legislaturas.

¡Dos! Las PASO también registrarán un pobre efecto como mecanismo de selección de candidatos. Los principales actores ya vienen pegados en alianzas electorales (como Cambiemos) y no usarán las PASO como soldador. La gran mayoría de las primarias será sin competencia, ni cooperativa ni sangrienta, tal como venía ocurriendo. Un estudio del CIPPEC muestra que, para diputados, las PASO con más de una lista nunca superaron el 25% de los casos, y las verdaderamente competitivas nunca pasaron del 7%.

¡Ultra estratégico! En cambio, las PASO serán –decíamos hace poco– un censo con consecuencias: consecuencias sobre el comportamiento de electores y partidos.

Los analistas deberían concentrarse en evaluar este impacto, en parte porque es importante –y en parte porque ya no hay otros–. El francés Maurice Duverger nos invitaría a saborear un queso y reflexionar sobre las consecuencias similares entre nuestras PASO y la doble vuelta electoral.  Y, apurando un ristretto, el italiano Giovanni Sartori sentenciaría que las primarias all’uso nostro permiten que los votantes reajusten sus preferencias y que el juego comience de nuevo en la general, incluso para los partidos.

En elecciones proporcionales de distritos grandes, donde se usa la llamada lista sábana, Delia Ferreira Rubio sugiere que las PASO no deberían producir efectos estratégicos. En “la” provincia, que constituye el ejemplo más claro de lista sábana para diputados nacionales, un partido gana bancas aunque salga cuarto. Pero cuando se elige por mayoría, la cosa cambia. Para cargos ejecutivos, llegar segundo o último es lo mismo. Y para senadores nacionales, el que sale tercero es el bobo de la tribu. Por eso tiene sentido que los electores utilicen la información de las PASO para tornar su voto útil en la general. ¿Lo hacen? La provincia de Buenos Aires, como muestra el cuadro, sugiere que sí. Graciela Camaño en 2011 y Francisco de Narváez en 2013 perdieron la mitad de sus votos, unos 400 mil, entre las PASO y la general –¡y eso que eran candidatos a diputados, no a senadores!–.

Y en 2017 que pasará, eh?

Es esperable que las listas de senador que queden mal colocadas en agosto sufran pérdidas mayores en octubre. Y que este efecto repercuta sobre las boletas de diputados que las acompañan, salvo repartija de tijeras, coordinación entre votantes o ambas cosas.

¡Uno, dos, ultra estratégico!

 

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