¿Al G-20 le sobra el 2 o el 0?

Por Esteban Actis

La reciente cumbre de Hamburgo  puso de manifiesto que un espacio útil en otra etapa no refleja la realidad mundial de este momento. 

 

La reciente cumbre del Grupo de los 20 (G-20) celebrada en Hamburgo mostró con claridad un desfase entre el números de sillas que ocupan dicho espacio de concertación global y la realidad internacional actual. El fastidio evidente de muchos de los líderes que concurren a la cita como la confirmación a último momento de algunos de ellos, la falta de consensos básicos sobre los principales temas de la agenda mundial, el aumento de los disturbios callejeros y la dispersión intra-Cumbre (miles de reuniones bilateral o plurilaterales) son claros indicadores de un malestar con el G-20

Ahora bien, en lo que va del Siglo XXI no es la primera vez que sucede el fenómeno descripto. Si hace unos años fue por su defecto, hoy es por su exceso: me explico. Cuando en 2008 estalló la crisis financiera internacional (que rápidamente derivó en una depresión económica global) el mecanismo para delinear la gobernanza global quedó chico. El G-7, que incluía a Estados Unidos, los principales países de Europa y Japón, se tornaba un espacio ineficaz para acordar políticas contra la crisis debido a que sin el apoyo de China y las demás potencias emergentes (Brasil, India, Rusia, entre otras) que venían apalancando el crecimiento de la economía mundial no había solución posible. Ante dicho desfase entre realidad y gobernanza, la administración norteamericana decidió reflotar un viejo espacio de concertación en desuso desde finales de los noventa como era el G-20, justamente creado para coordinar posiciones en un contexto de crisis financiera de la periferia (México, Argentina, Brasil, Corea del Sur, Turquía). Si el crecimiento y el aumento de poder relativo de los emergentes indicaban un mundo cada vez más multipolaridad, el G-20 era el mejor espacio de cooperación posible y la crisis económica internacional el primer test case.

A nueve años del apogeo del G-20, el mundo es claramente otro. Las nociones de multipolaridad y cooperación institucionalizada se han desvanecido.  El auge de los “emergentes” es cosa de la pasada década y como era de esperarse solamente China ha logrado converger y dar el salto al peldaño de los poderosos, país que ya ocupa claramente un rol de potencia global. En términos de recursos de poder, el mundo se encamina hacia una clara competencia hegemónica (en lo tecnológico, comercial, militar y territorial) en donde la bipolaridad parece ser la nueva configuración del próximo orden internacional. Por su parte, la idea de cooperación institucionalizada ha sufrido un rotundo golpe con la elección de Donald Trump.La potencia impulsora, defensora del orden internacional liberal y proveedora de bienes públicos globales desde hace más de medio siglo, parece decidido temporalmente a darle la espalda a la noción de gobernanza. A pesar de los intentos de líderes como Xi-Jinping, Angela Merkel o Emmanuel Macron, la defección de EE.UU. es irremplazable.

En este contexto, si el G-20 dejó de ser funcional, ¿qué es lo que tenemos en términos de gobernanza? La gran incógnita es saber cuáles de los dos números del “G”desaparecen. Me vuelvo a explicar. Para el consultor y analista internacional Ian Bremmer, el mundo se encamina hacia un G-0 entendido como la total ausencia de un mecanismo de gobernanza global con algún grado eficacia. Esta lectura prioriza la ausencia de concertación como la principal variable explicativa del actual orden internacional después del vacío de EE.UU. pos Trump. Sin embargo, el grado de interdependencia del sistema en cualquiera de sus agendas hace difícil pensar en un escenario como este. Hay que ser claros, sin cualquier atisbo de gobernanza y cooperación  por parte de los principales actores lo que emerge es la anarquía, no siendo funcional para nadie.

En realidad, el número que parece desaparecer del G-20, es el 0. La Cumbre de Mar-aLago de abril pasado entre Trump y Xi mostró que en realidad la clave de la gobernanza global está en una mesa muy pequeña de dos, con algún invitado flexible. Me explico por última vez. De cómo EE.UU. y China manejen la pérdida relativa de poder del primero en beneficio del segundo dependerá la forma que adquirirála bipolaridad así como una mayor tensión/ distención enel escenario internacional. Por ejemplo, los problemas geopolíticas como los de Corea del Norte y Siria o las controversias económicas en torno al comercio, las CGV o el dólar tienen su resolución únicamente a partir del entendimiento que pueden alcanzar EE.UU. y China. A lo sumo un tercer actor como Rusia (por ejemplo en el caso de Siria) o Alemania (por ejemplo en el caso del ingreso definitivo de China a la OMC) pueden sentarse ocasionalmente para concertar temas concretos. La flexibilidad o rigidez de la bipolaridad dependerá de cómo sea el diálogo entre las dos potencias

En definitiva, a pesar de que ya se ha anunciado la próxima Cumbre del G-20 en Buenos Aires, Hamburgo demostró que dicho espacio está condenado a convertirse en otra arquitectura moribunda del escenario internacional. Adiós G-20. Bienvenido G-2

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