Buenos Aires, la madre de todos los naufragios

Por Javier Zelaznik (UTDT)

Ganar en el principal distrito del país es importante para llegar a la Presidencia pero no siempre es imprescindible

 

Las elecciones en la provincia de Buenos Aires tienen una centralidad que opaca las del resto de los 23 distritos del país. La principal razón es su peso electoral: allí se encuentra el 37% del electorado nacional. Algunas de sus secciones territoriales tienen electorados más grandes que los de la mayoría de las provincias, como el caso del partido de La Matanza donde reside el 3% del padrón nacional. Parece pues razonable escuchar al acercarse cada contienda electoral el consabido latiguillo:“ Buenos Aires, la madre de todas las batallas”, dejando al resto de los distritos bajo un más o menos discreto manto de neblina. Todo se define ahí; el resto es irrelevante, o casi.

En su origen la frase tuvo un matiz diferente. El padre de la criatura fue Carlos Kunkel. El alumbramiento fue durante la campaña para las elecciones intermedias de 2005. Lo que estaba en juego no era tanto la base legislativa del gobierno encabezado por Néstor Kirchner sino el control del partido de gobierno hasta entonces en manos Eduardo Duhalde. Para terminar con esa cohabitación, Buenos Aires se convertía en el distrito decisivo: no tanto por su peso electoral en el país sino porque allí residía la base de poder duhaldista. El centro de la escena lo ocupó la elección de senador nacional: en el rincón de la retadora Cristina Fernández de Kirchner por el Frente para la Victoria, en el de la defensora Hilda González de Duhalde por el Frente Justicialista. La oposición, bien gracias.

Para el aún naciente kirchnerismo la elección bonaerense era claramente la madre de todas las batallas. Pero lo que se ponía en juego de manera directa no era el peso electoral de Buenos Aires, sino el poder organizativo del peronismo. Alejados de esa coyuntura particular la frase cobró vida propia. En su acepción corriente significa que el que gana Buenos Aires gana la Nación, aunque se gane por sólo un voto (esto último merecería en sí mismo una nota). Lo curioso es que ese lugar común se mantenga a pesar de la abrumadora evidencia en su contra. No se trata de evidencia oculta: está ante nuestros ojos, y en la boca de analistas de todo pelaje, orientación política y propósito. No pretendo ser muy original en esta nota: sólo sistemático en la presentación de evidencia conocida que pone en duda la idea de que Buenos Aires sea efectivamente la madre de todas las batallas.

 

LA MALDICION DE LOS GOBERNADORES BONAERENSES

Si Buenos Aires es la madre de todas las batallas, flaco favor le hizo a quienes jugaron de local. El síndrome se conoce como la maldición de los gobernadores bonaerenses. La lista es larga y variable. Aquí se focaliza sólo en gobernadores (o ex gobernadores) que fueron candidatos (o pre candidatos) a la presidencia, dejando de lado los que sólo se ilusionaron con esa posibilidad. En conjunto son once personas, cerca del 30% de quienes llegaron a la gobernación mediante elecciones directas o indirectas. Como algunos buscaron la Presidencia en más de una oportunidad el total es de 17 intentos presidenciales. La evidencia al respecto muestra que ocupar la gobernación bonaerense ha jugado más como una carga que como una ventaja, al menos hasta ahora.

La lista empieza con el único caso exitoso: Bartolomé Mitre en 1862. Pero es también un caso dudoso. Por un lado, fue gobernador del Estado de Buenos Aires antes de que se reincorporase a la Confederación Argentina; por el otro, en su caso la madre de todas las batallas no fue Buenos Aires sino Pavón, Provincia de Santa Fe. Aun así, Mitre fracasó en sus posteriores apuestas presidenciales de 1874, 1892 (terminó bajando sus sucesivas candidaturas, primero por la Unión Cívica, después por la Unión Cívica Nacional) y 1898 (terminó convocando a apoyar a Roca).

Siguen en la lista Adolfo Alsina en 1868 y 1874 (bajó sus precandidaturas a favor del sanjuanino Domingo Sarmiento y el tucumano Nicolás Avellaneda respectivamente), Carlos Tejedor en 1880, Dardo Rocha en 1886, Guillermo Udaondo en 1910 (a último momento desistió de su candidatura y proclamó la abstención electoral), Marcelino Ugarte en 1916 (terminó apoyando otros candidatos), Rodolfo Moreno en 1943 (cuya precandidatura precipitó su renuncia a la gobernación), Oscar Alende en 1963, 1973 y 1983, Antonio Cafiero en 1988, Eduardo Duhalde en 1999 y Daniel Scioli en 2015. (Los nueve años marcados en negrita indican los intentos presidenciales mientras el aspirante en cuestión gobernaba la provincia). Al parecer, ocupar o haber ocupado la gobernación de la provincia de Buenos Aires permite anticipar más naufragios que éxitos en la búsqueda de la Presidencia.

 

UNA ELECCION DECISIVA PARA GANAR LA PRESIDENCIA

En las elecciones presidenciales ganar el distrito en que se encuentra el 37% del electorado es sin dudas una ventaja. Menos claro es que también sea decisivo.

En primer lugar, hay candidatos que llegaron a la Presidencia a pesar de haber sido derrotados en la madre de todas las batallas. Sin ir muy lejos, Mauricio Macri en 2015 fue negado tres veces por la mayoría de los bonaerenses: derrotado por Scioli en las PASO de agosto, en las generales de octubre y en el balotaje de noviembre. También llegaron a la Presidencia a pesar de perder en Buenos Aires Nicolás Avellaneda (1874), Julio Roca (1880), Miguel Juárez Celman (1886), e Hipólito Yrigoyen (1916). Si bien no fue electo, es igualmente indicativo que en 2003 Carlos Menem haya obtenido la primera minoría a nivel nacional a pesar de haber sido derrotado en Buenos Aires. (Aunque no venga al caso, digamos también que Raúl Alfonsín, Fernando De la Rúa y Macri fueron derrotados cómodamente en La Matanza, que vendría a ser la madre de todas las batallas en la madre de todas las batallas).

En segundo lugar, y como contracara de lo recién señalado, ganar la elección bonaerense no garantiza llegar la Presidencia, como aprendieron Mitre en 1874, Tejedor en 1880, Rocha en 1886, Ugarte en 1916 y Scioli en 2015. Con la excepción de Mitre, los otros cuatro candidatos presidenciales eran al mismo tiempo gobernadores de Buenos Aires, y perdieron la presidencia a pesar de haber ganado sus distritos.

En tercer lugar, algunos candidatos presidenciales exitosos obtuvieron victorias no decisivas en la provincia de Buenos Aires. En 1983 Alfonsín obtuvo una ventaja de 1.729.157 a nivel nacional sobre Ítalo Luder, candidato del PJ, pero esa ventaja fue de sólo 514.273 votos en la provincia de Buenos Aires. De la misma manera, en 1999 De la Rúa aventajó a Duhalde por 1.913.257 votos a nivel nacional, pero por sólo por 120.825 votos en Buenos Aires. En ambos casos fue importante ganar Buenos Aires, en ningún de los casos fue decisivo.

 

LA CARA DEL TRIUNFO OPOSITOR EN LAS ELECCIONES INTERMEDIAS

El ciclo electoral argentino determina que dos años antes de cada disputa presidencial haya elecciones legislativas en las que se pone en juego la composición del Congreso, la evaluación global del gobierno y la carrera presidencial en ciernes. Desde la vuelta de la democracia se celebraron siete elecciones legislativas de ese tipo (no se cuenta la de octubre de 2017), en cinco de las cuales la oposición derrotó al oficialismo nacional en la madre de todas las batallas.

Aun en los casos en que esas victorias opositoras se extendieron a todo el país, la mayoría de los análisis sobre la evolución probable de la dinámica política se centró en Buenos Aires. Por un lado, el castigo al oficialismo preanunciaba su derrota en las elecciones presidenciales siguientes; por el otro, la cara de esos triunfos opositores, la del líder victorioso en la madre de todas las batallas, se convertía automáticamente en número puesto para la disputa por la primera magistratura.

Eso ocurrió particularmente en tres de esas cinco victorias opositoras: 1987, 1997 y 2013 (en 2001 la cara fue abstracta, la del voto bronca; en 2009 la cara fue no presidenciable por cuestión de nacionalidad). Las caras de esas victorias fueron Antonio Cafiero (PJ), Graciela Fernández Meijide (Alianza UCRFrepaso), y Sergio Massa (Frente Renovador), respectivamente, lo cual da una interesante variación partidaria. En los tres casos la derrota electoral del gobierno nacional preanunció su caída en las posteriores elecciones presidenciales; pero en ninguno los ganadores de la madre de todas las batallas llegaron a la Presidencia a pesar de haberlo intentado ostensiblemente. Algunos ni siquiera pudieron obtener la nominación presidencial: Cafiero fue derrotado en internas cerradas por Menem en 1988, Meijide fue derrotada por De la Rúa en internas semiabiertas en 1999, Massa ganó la nominación en primarias abiertas, pero quedó en el camino en la elección presidencial. En los tres casos las victorias en la provincia de Buenos Aires generaron expectativas convergentes en actores y analistas, pero divergentes con los naufragios efectivamente resultantes.

 

¿Y AHORA?

La evidencia expuesta es conocida y trillada, por lo que es curioso que se siga insistiendo con tanta vehemencia en ese foco bonaerense casi excluyente. La regla parece ser que Buenos Aires es la Madre de todos los Naufragios. En todo caso hay dos excepciones a esa regla. La primera, dudosa, la de Mitre. La segunda, la del triunfo oficialista de Cristina Kirchner en 2005: su candidatura para ser senadora por afuera del PJ en Buenos Aires no solo significó el fin del duhaldismo sino que preanunció su éxito en la elección presidencial dos años más tarde (aunque nos dejaron haciendo los rulos hasta última hora con el chiste de si iba a ser pingüino o pingüina).

A pesar de eso, con en el inicio de la campaña de las PASO 2017 empezó de a poco a establecerse de nuevo aquel mantra, “Buenos Aires, la madre de todas las batallas”, como si ello reflejase menos el conocimiento compartido sobre los límites de su poder predictivo que los miedos y las esperanzas de actores, analistas y observadores. Los resultados definitivos de las PASO 2017 nuevamente quitan hierro a la centralidad bonaerense. Con 37,1% de los votos positivos Cambiemos salió cómodamente primero a nivel nacional ayudado por la división del peronismo, pero también por el incremento de casi 6 puntos porcentuales desde la PASO de Diputados en 2015. En Buenos Aires la coalición oficialista salió primera en la categoría Diputados con una pequeña ventaja de 2,1% sobre Unidad Ciudadana (36,4% y 34,3% de los votos afirmativos, respectivamente), y fue derrotada en la categoría Senadores por Cristina Kirchner por una diferencia aún más pequeña de 0,2% (Unidad Ciudadana y Cambiemos obtuvieron 35,6% y 35,4% de los votos afirmativos, respectivamente). Resultado muy poco concluyente, aunque de repetirse en octubre es posible que sea precisamente su carácter no decisivo lo que permita avistar nuevos naufragios.

Con aquel pasado y este presente, ¿no será mucho pedirle a Buenos Aires que cargue con el peso de ser la madre de todas las batallas? y

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