Desmemoria y repeticiones

Por Mario Serrafero

El caso Maldonado mostró la repetición de conductas por parte de los distintos actores y los resultados, por lo tanto, no serán diferentes

Desde las PASO hasta ahora se ingresó en una espera hasta las elecciones de octubre que tuvo algunos sobresaltos para el Gobierno. El principal, el caso Santiago Maldonado. La desaparición de Maldonado reactualizó temas que se desplazan, de tiempo en tiempo,  desde los márgenes al centro de la vida de los argentinos. La desaparición de Maldonado encontró, nuevamente, a un Gobierno sin reflejos y cometiendo errores evitables. Frente a una primera versión sobre el posible involucramiento de la Gendarmería, la ministra de Seguridad negó cualquier relación de  la fuerza con los eventos. Una sobreactuación innecesaria que la dejó mal parada. A la demora en la reacción se sumó esta inexplicable defensa de la fuerza, antes de la investigación. Ahora la posición del Gobierno ha virado y distingue entre el comportamiento de la Gendarmería y el posible exceso de alguno de sus integrantes. La actuación de la Justicia también tuvo y tiene aristas confusas, pero sobre todo se repiten algunas regularidades como su atraso y su falta de idoneidad para esclarecer los casos.

La violencia es otra repetición que reaparece. Justamente la marcha que conmemoró el mes de la desaparición de Maldonado culminó con hechos de violencia en los alrededores de Plaza de Mayo y en otros puntos del interior. El Gobierno se apresuró a endilgarle a las huestes kirchneristas la autoría. Por su parte el kirchnerismo tiene en el caso Maldonado un nuevo punto para hacer foco en la campaña electoral. Lo cierto es que el Gobierno entendió que la calle es parte importante de la política y así como el 1 de abril una marcha le dio nuevo aliento y espíritu, otra marcha puede poner en jaque su futuro. La multitud del 1 de septiembre le hizo saber al Gobierno que el hecho “no pasaría” inadvertido y el oficialismo empezó a reaccionar.

La elección del Gobierno por la polarización trajo nuevamente al ruedo a una Cristina que parecía estar para cuarteles de invierno. Cabe esperar que volveráal Senado con su discurso encendido y que alimentará una hoguera que el propio oficialismo se encargó de fomentar. Si el kirchnerismo hizo de la alquimia entre política y corrupción su sello estelar, el macrismo hace política con el discurso de la corrupción kirchnerista. Sin entenderlo cae atrapado en la lógica de una política que tiene en el pasado su punto de referencia y que no cambia en sus patrones básicos de reproducción. La estrategia que puede darle unos puntos más en la elección, puede restarle oxígeno para gobernar. La debilidad del Gobierno no es tanto el poder institucional que carece o que no le es suficiente (en gobernaciones y Congreso), sino transitar un sendero de cornisa donde la efectividad de azuzar el recuerdo del pasado kirchnerista pueda convertirse en fuegos de artificio, en vez de sentar bases de fortaleza y de una política nueva que no imagina. Por su parte, el kirchnerismo tiene menos que perder, después de la derrota de 2015 que auguraba su declinación inexorable. Proclamado tantas veces su deceso –a través de términos tales como kirchnerismo póstumo o poskirchnerismo- sobrevivió a su anunciada muerte y espera seguir vivo, siempre y cuando Cristina obtenga una victoria en la provincia de Buenos Aires. Pero no es tarea fácil. Y Cristina ha convocado a la unión y el apoyo de las otras fuerzas opositoras pues ella misma se considera como la única que puede vencer a Cambiemos (en la provincia de Buenos Aires). Extraño lugar el de la ex residenta que pide ayuda, se encuentra sitiada judicialmente y, al mismo tiempo, puede convertirse en el político opositor más votado.

Entre tanto, el Congreso se encuentra en reposo. Siempre el calendario electoral condicionó o determinó el mayor o menor trabajo del Legislativo, pero este año la inoperancia fue enorme. Y la Justicia no encuentra un ritmo propio, ajeno a los avatares y tiempos políticos. Le cuesta investigar hechos y aplicar la ley. Politización de la justicia y judicialización de la política se han convertido en un embrollo donde todo puede ser tildado de oportunista y endeble. Respecto del cuarto poder, cuesta encontrar periodistas que no se alineen con el gobierno o con la oposición brindando opinión sesgada que recorta la realidad desde el prisma de la subjetividad o el crudo interés.

Hay una gran desmemoria en la clase política argentina y hasta en algunos asesores y supuestos especialistas. Pensar que la economía será la llave para una nueva Argentina es una ilusión del siglo pasado, aunque goce de buena salud. El repunte de la economía es necesario, pero no suficiente para que un cambio sea sustentable. En Argentina, fue la política la que terminó aniquilando los ciclos económicos más prometedores. La esperanza en“ brotes verdes” o sectores que repuntan tiene cierto color a óxido, si es sólo eso. Si no mejora la calidad de la política todo lo que se logre en mejora económica terminará arruinándose. Gran paradoja que los políticos no vean ni entiendan lo sustantivo de la política.

El espectáculo más fascinante en estos tiempos electorales y pensando en términos de una democracia que se precie, es la ausencia de debate y de proyectos. La oposición está huérfana incluso de consignas, salvo la de parar un ajuste que cobraría peso a partir de octubre, luego de las elecciones. Y el gobierno, habiendo adelantado reformas en materia laboral, previsional e impositiva, no promueve ningún debate amplio o que, al menos, informe a la población. El kirchnerismo y el resto de la oposición asimilan al gobierno con la dictadura. Y el macrismo parece mirar y transmitir la realidad en versión Disneychannel. Disparate sobre disparate en un país que da vueltas y siempre está en el mismo lugar. Argentina trata de repetirse a sí misma y lo logra con inusual maestría.

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