Angela Merkel: esperanzas limitadas

Por Tomás Múgica

 

Luego de un triunfo menor al esperado y teniendo en cuenta el poder relativo de Alemana frente a otras potencias, Merkel ejercerá un liderazgo acotado

 

Tras un resultado electoral por debajo de lo esperado, Angela Merkel se dispone a comenzar su cuarto mandato. Se encamina –en caso de terminar su período- a ser la Canciller con más años en el poder en la Alemania pos 1945. Lo hace en medio de de las grandes expectativas que su liderazgo ha venido suscitando en Europa y entre el resto de las potencias occidentales; expectativas que enfrentan límites impuestos por la situación política doméstica y el peso internacional de Alemania.

En las elecciones del 24 de septiembre, CDU-CSU -la coalición democristiana que lidera- obtuvo el 32,8% de los votos y 246 sobre 709 bancas del Bundestag. Una elección pobre, la peor desde 1949. El SPD, el partido socialdemócrata alemán, consiguió el 20,7% de los votos, también en su peor performance desde la Posguerra, y alcanzó 153 bancas. La gran novedad de la elección es que Alternativa por Alemania (AfD) una formación de derecha nacionalista xenófoba, consiguió entrar al Parlamento, con un 13% de los votos y 94 bancas. Un castigo a la decisión de Merkel de abrir el país a los refugiados de Medio Oriente.

Descartada una reedición de la “gran coalición” con el SPD -como la que actualmente gobierna, y como la que gobernó entre 2005 y 2009- Merkel negocia una coalición atípica con los Liberales del FPD (10.4% de los sufragios y 80 bancas) y los Verdes (9.1% y 67 bancas). Lo atípico no es la alianza entre Democristianos y Liberales, que tiene sólidos antecedentes, sino la presencia de los Verdes, una fuerza de izquierdas cuyas raíces se hunden en las movimientos sociales surgidos en el ´ 68. Los tres socios divergen sobre temas centrales como el tratamiento de la inmigración, la integración europea y el cambio climático. El euroescepticismo y la dureza frente a los refugiados del FPD y la mayor preocupación de los Verdes por el cambio climático son ejemplos de ello. La conformación final y el acuerdo programático de la próxima coalición de gobierno en Alemania marcarán los límites dentro de los cuales se desenvolverá el liderazgo de Merkel. La Canciller, recientemente nominada como nueva esperanza de las elites occidentales en la era de Trump y del Brexit, deberá enfrentar importantes desafíos desde una posición de de mayor debilidad que la tenía antes de la elección.

¿Quién es Merkel y qué expectativas genera su liderazgo? Angela Merkel nació en Hamburgo, pero creció en Alemania Oriental (de allí viene su dominio del idioma ruso). Es hija de un pastor luterano. Casada en segundas nupcias con Joachim Sauer, un catedrático de química, no tiene hijos. Fue discípula de Helmut Kohl, Canciller entre 1982 y 1998 y el hombre que lideró la reunificación alemana. Durante su gobierno comenzó su ascenso dentro de la CDU, ocupando los cargos de ministra de la Mujer y ministra de Medio Ambiente. Tras la dimisión de Kohl, escaló hasta liderar el partido en 2000.

Cultiva un estilo sin estridencias, desde su vestimenta hasta su oratoria, marca de aburrimiento y medianía para algunos, signo de estabilidad y seguridad para otros. Doctora en Física, tiene fama de metódica y rigurosa; prefiere los temas concretos a los grandes relatos. Titubeante y excesivamente conservadora para algunos, prudente para unos otros, Merkel no deslumbra, pero sabe ejercer el poder. Ha demostrado pragmatismo para cambiar su posicionamiento –o para ofrecer posturas matizadas- en temas complejos. Tal como lo hizo en la cuestión de los refugiados: luego de implementar una política de apertura, que llevó a Alemania a recibir 1,3 millones de refugiados, optó por endurecer la legislación y deportar a miles de recién llegados. También fue una de los artífices del acuerdo entre la UE y Turquía en 2106 para contener allí a los refugiados.

Su liderazgo tiene diferentes implicancias para -y genera distintas expectativas en-Alemania, Europa y Occidente. Para Alemania, Merkel es la líder del crecimiento económico, la austeridad fiscal y el bajo desempleo (3,8%). Continuadora -y muchos dirían beneficiaria- de las reformas liberalizantes del socialdemócrata Gerhard Schröder (la versión alemana de la Tercera Vía), bajo su gobierno el país conoció un fuerte ciclo de crecimiento, que aunque morigerado se ha sostenido en medio de la crisis europea. Su gestión no está exenta de deudas pendientes, como el deterioro de la infraestructura, el aumento de las desigualdades y la declinación demográfica, pero la aprobación social sigue siendo elevada.

Para Europa, la Canciller alemana representa algo distinto. Por un lado –al mando de la mayor potencia económica del continente- es el rostro visible de una política de austeridad impuesta desde Alemania y resistida en el sur de Europa; es la dirigente que, por ejemplo, se ha negado a avanzar hacia una política fiscal común mediante la mutualización de deudas (emisión de Eurobonos). La preferencia por la austeridad excede las convicciones personales de Merkel; se trata más bien de un imperativo político doméstico: es la sociedad alemana la que teme el déficit. A ello se suma la reticencia de esa misma sociedad y de sus dirigentes a asumir un rol de mayor protagonismo en Europa.

Merkel, entonces, defiende políticas impopulares en el sur de Europa, pero con sólido respaldo en Alemania. Esas restricciones domésticas, sumadas al temor que aun suscita una Alemania fuerte, son las que limitan su rol en Europa. Aun así, en 2015 decidió apoyar un rescate financiero para Grecia y ayudó así a mantenerla dentro del euro. También se muestra consciente de la importancia de la UE para la continuada vitalidad de la economía alemana. Austeridad, sí, pero también apoyo a la continuidad del proyecto europeo.

Justamente, por otro lado Merkel es una pieza central en el relanzamiento de ese proyecto a partir del eje franco-alemán. Desde Francia, Macron la llama a revitalizar la UE, a partir de iniciativas como el desarrollo de una fuerza de defensa común. Merkel, por su parte, comparte con el presidente francés la idea de crear un Fondo Monetario Europeo. Se muestra a favor de una profundización de la UE, aunque para avanzar en ese camino deberá convencer a sus aliados internos, especialmente el FPD, y prestar atención a la opinión pública alemana.

Para Occidente, Merkel representa la reivindicación de la democracia liberal, el libre comercio y el multilateralismo. Con Estados Unidos en una fase de introversión, la Canciller comienza a aparecer como la defensora del orden internacional fundado por los norteamericanos y sus aliados tras la Segunda Guerra Mundial. Su figura suscita apoyo en los principales países occidentales, como muestra un reciente estudio de Pew Research Center, en el cual es considerada mucho más confiable que Trump en el manejo de los asuntos internacionales. El problema es que Alemania no cuenta con el peso económico y militar suficiente, ni con la voluntad política –más allá de una mayor autoconfianza que se hizo visible en la visita del presidente norteamericano a Europa- para imponer sus términos a actores como Estados Unidos o Rusia. Aún más, la propia Merkel no parece dispuesta a asumir ese rol. Política realista, conoce los límites que enfrenta, más allá de las grandes esperanzas que despierta

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