Las enseñanzas de los tres chanchitos para la defensa nacional

Por Sergio Eissa

 

Noticias significativas sobre la defensa nacional y su Instrumento Militar han ocupado las páginas centrales de los principales diarios del país. Sintéticamente se anunció que se autorizaría a las Fuerzas Armadas a “combatir al terrorismo” para lo cual se propone modificar el Decreto Reglamentario de la Ley de Defensa Nº 727/2006, aunque se reafirmó que en lo que respecta en la lucha contra el narcotráfico, sólo se continuará brindando “apoyo logístico”.

El argumento que se presenta es que dicha norma no permitiría actuar al Sistema de Defensa Nacional frente a “un eventual ataque de organizaciones terroristas como Estado Islámico (EI)” y que la “reunión del G-20 en Buenos Aires, que convocará a los principales jefes de Estado del planeta en noviembre de 2018, aceleraría la decisión”. Una editorial de La Nación ahonda en más argumentos. Según este medio, la reforma del decreto citado “procurará que las Fuerzas Armadas puedan volver a intervenir en la lucha contra el terrorismo, labor que actualmente les está vedada por el decreto reglamentario de la ley de defensa nacional. Ese decreto prohíbe lo que la ley no prohíbe, limita lo que la ley y los legisladores no buscaron limitar y crea confusión y contradicción en perjuicio del Estado argentino”. Asimismo, recordando los ataques a la Embajada de Israel y a la AMIA, se sostiene que “con la necesaria y adecuada modificación de la legislación vigente, las Fuerzas Armadas, debidamente entrenadas a tal fin, tienen un importantísimo papel que cumplir en la lucha contra el terrorismo. La complejidad que entraña ese particular combate requerirá, además, convocar a los servicios de inteligencia de las tres fuerzas en las labores de prevención”.
 
Por último, se anunció la compra y recepción de los Texan T-6C para entrenamiento y lucha contra el narcotráfico, y la adquisición de cinco aviones Super Etendard modernizados para la Armada Argentina, lo cual provocó una disputa entre esa fuerza y la Fuerza Aérea Argentina, cuyos cazabombarderos A4-AR quedarían fuera de servicio en el 2018.

Las historia de los tres chanchitos
 
La historia de los tres chanchitos en materia de defensa nacional es un poco diferente a la que nos contaron cuando éramos chicos.
 
Los tres chanchitos compraron a fines de la década del ´60 tres casas, una para cada uno, ubicadas a una cuadra de la Avenida Rivadavia en pleno centro de Caballito. Cada casa tenía cinco ambientes en dos plantas con parque y pileta. Cada habitación de los hijos contaba, por triplicado, todo lo que necesitaban: baño, televisor, entre otros detalles. Cada uno de los tres chanchitos se casó y, para no alterar el orden en el cosmos, también tuvieron tres hijos.
 
Hacia fines de los ’80 y principios de los ’90 sus hijos habían crecido y poco después los chanchitos se jubilaron, mermando considerablemente sus ingresos para hacer frente, además, a sus crecientes gastos médicos. Lamentablemente, poco tiempo después, también enviudaron. Entre ellos habían empezado a discutir qué hacer con las respectivas casas. Lo que había empezado con algunas ideas sueltas y esbozadas sin prisa, se tornó más urgente con la jubilación y la viudez. Sin embargo, nunca se pusieron de acuerdo y cada uno de ellos decidió seguir un camino diferente.
 
El primer chanchito, el más orgulloso, decidió seguir como si nada hubiera cambiado. Obviamente los ingresos no le alcanzaban para mantener la casa y modernizarla, con la cual la casa se fue deteriorando gradualmente. A fines de la década del ’90 tuvo un golpe de suerte, cuando se sacó el Quini 6, pensó que la vida le había vuelto a sonreír y le permitía recuperar su estatus, y compró un auto, una avioneta y un hidromasaje importados. La crisis del 2001 lo dejó sin repuestos. En la actualidad ni el auto ni el avión ni el hidromasaje funcionan porque no puede pagar los repuestos, el mantenimiento y los gastos de funcionamiento. La casa está completamente deteriorada y los parches de pintura y arreglos no alcanzan para que pueda cumplir su función principal: ser un hogar.

El segundo chanchito quiso seguir el ejemplo del primero, pero pronto descubrió que dicha situación era inviable. No tuvo el golpe de suerte del primero, pero unos contactos le permitieron alquilar la planta baja y convertirla en una comisaría, y él, por su cuenta, montó en una de las habitaciones, una oficina de servicio de seguridad privada. El afán por tener ingresos extras hizo que la casa fuera prácticamente inhabitable: él no podía disfrutarla, sus amigos no querían visitarlo y sus hijos y nietos tampoco. La casa perdió también su rol principal.
 
El tercer chanchito pronto comprendió que su vida había cambiado, que sus ingresos eran distintos, que la situación del país era distinta y que necesita pensar una solución integral. Decidió vender la casa y comprar un departamento acorde a sus necesidades actuales. La casa cumplía con su función esencial, ser un hogar, recibir amigos y a sus hijos y nietos. No tenía tres televisores, tres baños, no triplicaba medios para disfrutar de la vida, pero si tenía un smart TV de última generación, un hermoso baño y así con otras cosas. Este chanchito había entendido “su realidad”, no la de “su pasado” ni la de “otros”.

Enseñanzas para la defensa nacional
 
La Argentina actual no es la década del ’60 ni social, ni política ni económicamente. Tampoco la región sudamericana, en la que está inserta, es la misma. La probabilidad que se produzca un conflicto interestatal es mínima, aunque esto no supone, de ninguna manera, no tener Fuerzas Armadas preparadas para defender la soberanía y la integridad territorial. Es necesaria una reforma integral adecuada a la realidad nacional y regional del Siglo XXI. Como ya hemos sostenido en otros artículos, debemos recuperar la Ley Nº 24.948 y aplicar sus preceptos: accionar conjunto, diseñar el Instrumento Militar pensándolo de manera conjunta y dejar de triplicar y duplicar funciones, entre otras cuestiones. El peso que tienen los haberes y las jubilaciones en el presupuesto, exige una reforma urgente de la Ley Nº 19.101. El despliegue no puede ser el mismo que en la década del 60 cuando el dictador Juan Carlos Onganía realizó la última modificación profunda. Analicemos un ejemplo.

En la actualidad nuestro país cuenta con tres Fuerzas Aéreas que, como señalan los artículos citados, no estarían en capacidad de brindar el control del espacio aéreo. Entonces, ¿es necesario tener tres Fuerzas Aéreas? ¿Por qué no concentrar la aviación de combate y transporte en la Fuerza Aérea, pensando en las enseñanzas de Malvinas? ¿Por qué el Ejército Argentino no concentra las aeronaves de ala rotativa para transporte táctico y apoyo al fuego y renuncia a tener aviones? ¿Por qué la Armada Argentina no desiste en tener aviación de combate, en definitiva, a tener los Super Etendard, dado que no hay portaaviones, y se concentra en aeronaves para control del mar, en helicópteros embarcados para hacer transhorizonte? ¿Para qué queremos una estación aeronaval en Ezeiza? ¿No sería mejor tener submarinos en una nueva base en el sur y vender los terrenos de Mar del Plata? ¿No sería mejor gastar energía y dinero en adquirir un buque anfibio multipropósito como el Juan Carlos I del Reino de España? ¿Por qué no aplicar los Convenios de 1987 y 2011 de coordinación entre la Prefectura Naval y la Armada para garantizar el control del mar contra la pesca ilegal siguiendo el modelo de la Guardia Costera y la Armada de los Estados Unidos? En las actuales condiciones, sin una profunda reestructuración, cualquier inyección extra de presupuesto se perderá en la maraña burocrática.
 
Mientras tanto seguimos discutiendo desde la década del ’90 que hacer con las Fuerzas Armadas como perro que corre detrás su propia cola mordiscándosela. ¿Queremos cambiar el Decreto Nº 727/2006 para garantizar la protección aérea del G20? Es falso que el Decreto impida o limita tal acción. La Ley de Defensa permite la protección aérea de los objetivos de valor estratégico. Para ello, se aprobaron decretos secretos específicos que establecían las reglas de empeñamiento entre 2003 y 2015. Es más, el Decreto Nº 228/2016 señala en sus considerandos que “resulta también necesario renovar la vigencia de los protocolos para la defensa del espacio aeroespacial ya utilizados en los últimos diez (10) años en nueve (9) oportunidades diferentes mediante los Decretos Nº 1345/05, 912/06, 1052/08, 1134/09, 621/10, 1103/10, 1842/10, 971/12 y 2415/14”. En dicho sentido su artículo 9º aprueba las nuevas “Reglas de Protección Aeroespacial”, que forman parte del Anexo I de dicha norma “pública”. La cumbre del G20 no necesita cambio de normas, necesita aviones en manos de la Fuerza Aérea Argentina.
 
En cambio, si es cierto que la el Decreto Nº 727/2006 impide luchar contra el terrorismo islámico y cualquier forma de terrorismo internacional y nacional, que se puedan imaginar algunos analistas. ¿Pero cuál sería la función de las Fuerzas Armadas? ¿Enviaremos tropas, aviones y buques a Siria y/o África? Si esa fuera la decisión, Argentina se expondría a traer esos conflictos a su territorio, como ya sucedió luego de nuestra participación en la I Guerra del Golfo, que podrían materializarse en nuevos atentados terroristas. Si en cambio la propuesta fuera, como dicen los diarios, colaborar en la prevención del terrorismo haciendo inteligencia interna. Bueno, en ese caso no se necesitan los Super Etendard, ni tanques ni buque multipropósito, sino más inteligencia, pero ello debería ser acompañado por una derogación y/o modificación de la Ley de Seguridad Interior y de la Ley de Inteligencia. No alcanza con modificar el Decreto 727/2006 y tampoco me imagino que podría hacer un cazabombardero contra un “lobo solitario”.
 
Si, y ésta sería la tercera opción, concordamos con el senador Miguel A. Pichetto que los mapuches son como “Sendero Luminoso” o “protomontoneros” y constituyen una amenaza a la integridad territorial, ¿cuál sería la función de las Fuerzas Armadas? ¿Hacer inteligencia? Entonces, volvemos al párrafo precedente: hay que modificar las leyes de seguridad interior e inteligencia. ¿Desplegaríamos tropas del Ejército en la Patagonia? ¿En serio quiere usar tropas de combate contra los mapuches? Ya la anterior gestión había desplegado tropas de esta fuerza para apoyar la lucha contra el narcotráfico y que, sabiamente, el actual gobierno replegó. Pero, por otro lado, aprobó la norma que autoriza el derribo del tráfico aéreo irregular (TAI´s), pero los Texan T-6C no sirven para esa función y la misma tampoco sirvió para disminuir los TAI´s. Ni el terrorismo ni el narcotráfico se combaten con tropas de combate de las Fuerzas Armadas, esa opción genera más violencia, homicidios y estados fallidos. Como dijo el Presidente en uno de los debates: hace falta más inteligencia que músculo. Necesitamos hacer inteligencia, una Policía Federal que funcione al estilo del FBI y una justicia que, bajo un modelo acusatorio, se dedique a perseguir el financiamiento del terrorismo y el narcotráfico que no se encuentra en las villas, en la Patagonia ni en el monte tucumano, sino, como dijo Arturo Illia, en las manzanas que rodean a Plaza de Mayo.
 
A diferencia de lo que sostiene la editorial de La Nación, la voluntad de los legisladores al debatir la Ley de Defensa en 1988 fue sumamente clara. Durante el debate en el plenario, el senador Antonio Berhongaray definió que debía entenderse la agresión externa como “el ataque de las Fuerzas Armadas de un Estado contra el territorio de otro Estado; el bombardeo de las fuerzas armadas terrestres, navales o aéreas contra el territorio de otro Estado, o el empleo de cualquier arma por un Estado contra el territorio de otro Estado; el bloqueo de los puertos y de las costas de un Estado por las Fuerzas Armadas de otro; el ataque de las Fuerzas Armadas de un Estado contra las fuerzas armadas terrestres, navales o aéreas de otro Estado, contra su flota mercante o aérea; la utilización de las fuerzas armadas de un Estado que se encuentran en el territorio de otro Estado con el acuerdo del Estado receptor en violación a las condiciones establecidas en el acuerdo o toda prolongación de su presencia en dicho territorio desde de terminado el acuerdo”. ¿Queremos debatir las leyes de defensa, de seguridad interior e inteligencia y el decreto reglamentario para luchar contra el “terrorismo autóctono” e internacional, y el narcotráfico? Seamos claros entonces en el debate, pero hay que demostrar analíticamente y a través de la experiencia comparada, que las Fuerzas Armadas sirven para esas tareas.
 
Sigo creyendo que el tercer chanchito nos brinda la mejor enseñanza.
 
¿Cuál es la actual realidad nacional y regional? Solo algunas puntas. ¿Por qué no mirar el Atlántico Sur cuyo espacio bajo soberanía nacional se amplió por decisión de Naciones Unidas? ¿Por qué no comprender el significado geopolítico de las islas del Atlántico Sur, es decir, su proyección sobre la Antártida? ¿Hasta cuándo quedarán congelados los reclamos soberanos y la explotación de recursos en ese continente? ¿Qué haremos cuando se abra esa disputa? ¿Por qué no vemos que la presencia de Gran Bretaña en Malvinas, Georgias y Sándwiches del Sur no se trata solo de una usurpación de nuestra integridad territorial, sino que también implica una clara y presente amenaza contra el territorio continental?
 
La Argentina tuvo como hipótesis de conflicto durante cien años a Brasil y Chile y nunca a Gran Bretaña. A ello se sumo en la década del ’60, la Doctrina de Seguridad Nacional: el enemigo ideológico interno. En cambio, en1982 fuimos a una Guerra que no habíamos planificado y para la que no estábamos preparados. Los errores del Nivel Estratégico Nacional y Estratégico Militar no pueden ser corregidos por el Nivel Operacional, es decir, los errores de la política y de los generales, almirantes y brigadieres no pueden ser subsanados con el coraje y la valentía de sus subordinados. La improvisación, los parches son una mala consejera para la defensa.
 
Argentina se merece tener Fuerzas Armadas acordes a sus necesidades en el Siglo XXI y para ello debemos pensar en el futuro, y no en un pasado que ya quedó atrás.

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