La unidad: el pecado reiterado del peronismo

Por Joaquín Múgica Díaz

 

En la elección de autoridades del PJ de la provincia de Buenos Aires se están reiterando prácticas que no trajeron buenos resultados en el pasado y que pueden agravar la crisis actual

El viernes 23 de junio de 2017, cerca de la medianoche y en un coqueto departamento de Recoleta, Florencio Randazzo se sentó frente a la expresidenta Cristina Kirchner y le pidió que compitieran en unas elecciones internas dentro del PJ. El premio final sería la candidatura a senador nacional, con el respaldo de un voto peronista más homogéneo y diversificado. Ambos dirigentes podrían cautivar a sectores diferentes del electorado y autoproclamarse como la fórmula peronista que le competiría a Cambiemos en las elecciones legislativas.

Fiel a su estilo, Cristina se plantó en la decisión que había tomado pocos días atrás, cuando pateó el tablero de la política nacional y lanzó el frente Unidad Ciudadana, prescindiendo del Partido Justicialista. No quería competir con su exministro. No tanto por temor a perder, sino para negarle a Randazzo la posibilidad de cautivar un porcentaje de votos que lo mostraran como su reemplazante natural en la conducción.

Después de una semana cargada de tensas negociaciones, el exministro llegó al departamento de Cristina con la intención de convencerla de enfrentarse en las PASO. El escenario que planteaba Randazzo les convenía a los dos. A la ex mandataria para el presente y al ex funcionario para el futuro. Ambos salían beneficiados y juntaban fuerzas para tratar de parar la ola amarilla que algunos dirigentes del peronismo ya veían a lo lejos. No estaban errados. La ola se convirtió en una tormenta invernal que resquebrajó las endebles estructuras que quedaban del peronismo kirchnerista.

Antes de que el reloj marcara el paso del día, Randazzo le anticipó a Cristina que sería derrotada. Fue solo una frase: “ Vas a perder con Gladys González”. La referencia a la segunda candidata a senadora de Cambiemos estuvo cargada de ironía, pero no era desacertada. Una mujer con bajo nivel de conocimiento en la provincia de Buenos Aires terminó quedándose con la segunda banca en el Senado. Jorge Taina fue el damnificado más directo. No pudo entrar al Congreso. Cristina volvió a fallar en la estrategia. Perdió. Como en los años 2013 y 2015. Pero esta vez, el golpe fue más fuerte.

La negociación entre la expresidenta y Randazzo quizás sea el ejemplo más concreto y actual para exponer el rechazo que existe en la cúspide del peronismo a la competencia interna. Durante los meses de mayo y junio de este año, los dirigentes del peronismo bonaerense repetían frente a cualquier micrófono que había que lograr la unidad. Esa parecía ser la única salida para ganarles a los candidatos de Mauricio Macri. Pero esa unidad tenía que ser por consenso. Había que evitar la competencia interna para no dañar la imagen del partido, los vínculos entre los dirigentes y la estructura electoral. Un cúmulo de excusas para evitar medir fuerzas de una forma más democrática.

Los intendentes del Conurbano se encargaron de alimentar la idea de que una competencia interna era la peor opción. Recordaron, cada vez que pudieron, que las PASO en las elecciones para gobernador del 2015 habían dañado mucho al PJ. En esa oportunidad, Aníbal Fernández y Julián Domínguez se enfrentaron en un duelo que los dejó heridos a ambos. Cristina habilitó la pelea entre dos estilos de políticos antagónicos. Finalmente, jugó a favor del exjefe de Gabinete.

Una vinculación con el narcotráfico y con el triple crimen de General Rodríguez, una acusación de montar una operación en el Grupo Clarín, una guerra dialéctica en los medios de comunicación con términos como “pelotudo”, “transa”  o  “mala leche”  y la desaparición de boletas en el momento de la elección, fueron algunas de las circunstancias que atravesaron la elección interna. Se cruzaron acusaciones. Se pelearon sin términos medios y desangraron, aún más, a un peronismo bonaerense que, liderado por el entonces gobernador Daniel Scioli, estaba en ruinas. Aunque muchos peronistas no se dieran cuenta. O no quisieran tomar real dimensión de la crisis que vivía el partido en lo que sería el final del mandato kirchnerista.

Esa mala experiencia sirvió como ejemplo concreto para evitar internas en los últimos dos años. La primera en desistir fue Cristina. Aunque su decisión estuvo basada en una mirada estratégica errada y egoísta. Pero los dirigentes que la acompañaban, para cubrirla, encontraron en el duelo Fernández-Domínguez una buena explicación para castigar a Florencio Randazzo y culparlo por complotar contra la unidad del peronismo. Una excusa para no competir. Justo en el año donde en las PASO para consejeros escolares, concejales y diputados provinciales hubo más de noventa localidades en donde se compitió. Dentro del peronismo. Aunque parezca raro.

En las últimas semanas, el PJ Bonaerense tuvo la posibilidad de recorrer el camino inverso al que siguió la ex presidente en los últimos comicios. Probar, nuevamente, con la posibilidad de competir. Esta vez en las elecciones partidarias. Los dirigentes tenían la oportunidad de forjar una discusión amplia, moderada y profunda. Utilizar la renovación de mandato dentro del partido para modernizar el debate y dejar atrás la obsesión por generar una unidad sin sustento. Una unión sin base sólida, atada a una dinámica poco plural y a un pasado donde la elección a dedo de los candidatos atentaba contra la amplitud de criterios e ideas.

El intendente de Merlo, Gustavo Menéndez, y el exintendente de La Matanza Fernando Espinoza se posicionaron como los candidatos más fuertes para competir por la presidencia del PJ bonaerense. El primero, que acompañó a Cristina Kirchner en Unidad Ciudadana, tiene una mirada aperturista. Quiere seguir un camino distinto al de su jefa política. La derrota ante el oficialismo quizás haya apresurado su cambio de visión. Por eso busca abrirles las puertas a los dirigentes del massismo y el randazzismo. También al sindicalismo que hoy respalda la mirada más moderada que proponen los gobernadores peronistas. En tanto, Espinoza quiere quedarse sentado en el sillón que ocupa actualmente e imponer sus condiciones en la conducción del partido. Fiel ladero de la exjefa de Estado, busca extender el tiempo de control del kirchnerismo en el peronismo.

La diferencia entre ambos competidores era y es clara. Aun así, los dos querían formar una lista única y evitar medir fuerzas. Los jefes comunales que respaldaban ambas candidaturas también insistían con la idea de una sola fórmula. “Vamos a hacer todo lo posible para lograr una lista única”, repetían al compás de las negociaciones contrarreloj. Como si la competencia interna fuera el peor mal que podrían enfrentar. Como si formar dos listas, mostrar las diferencias de ideas, competir y que el ganador se quede con la presidencia, no fuera abrazarse a un acto democrático y legítimo.

Mientras esta nota toma forma y color, los dirigentes del peronismo bonaerense negocian la unidad. Quieren evitar competir el 17 de diciembre, día pactado para las elecciones. No pueden lograr un acuerdo con Espinoza, el hombre que siempre tiene el mismo ancho de espada: La Matanza. Pero esta vez, los intendentes –son la mayoría–  que apoyan a Menéndez creen que la localidad más poblada de Buenos Aires se puede convertir en el ancho de basto. El de espada lo tienen ellos, porque consideran que juntando los votos de las localidades que gobiernan pueden superar a los que dice tener el matancero.

En octubre de 2009, frente a todo el gabinete de ministros y durante poco más de 20 minutos, la entonces presidenta Cristina Kirchner presentó las Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias, más conocidas como las PASO. Dijo que servirían como una herramienta de “democratización de los partidos” pensada para que “nadie pueda decir que hay candidatos designados a dedo”  y nadie pueda hablar de “listas cerradas en las que cuales no se puede participar”. Fue un objetivo demasiado ambicioso para que lo cumpla con normalidad el peronismo.  Inclusive, para que lo cumpla ella

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