Los mitos de la renovación

Por Facundo Matos Peychaux

En torno a la corriente reformista del PJ en los ‘80 anidan una serie de simplificaciones

 

“Renovación” es probablemente una de las palabras más usadas por peronistas en tiempos apremiantes. Como sucede desde 2015 cuando el PJ perdió la Presidencia, durante 2013 cuando Sergio Massa emprendió la fuga del FpV o en 1999 tras la derrota a manos de la Alianza, justicialistas de una y otra línea bregan por una “renovación” del partido que emule aquella cruzada reformadora de Antonio Cafiero y lleve, como entonces, al PJ nuevamente al poder.

El 21 de diciembre de 1985, en Parque Norte, Cafiero, Carlos Menem y Carlos Grosso conformaban el triunvirato que daría origen a la renovación. En torno a esa experiencia, no por idealizada menos memorable, perduran algunos mitos que vale la pena desterrar a la hora de analizar el proceso que atraviesa hoy el peronismo.

 

1. LA RENOVACION FUE UN DATO ELECTORAL

El 3 de noviembre de 1985, la lista para diputados nacionales encabezada por Antonio Cafiero bajo el sello del Frente Renovador, Justicia, Democracia y Participación (Frejudepa) alcanzaba el 27% de los votos, quedando detrás del 41% logrado por la UCR, pero relegando al tercer lugar al Frente Justicialista de Liberación (Frejuli) de Herminio Iglesias.

La victoria era leída por propios y ajenos como un triunfo del movimiento renovador encabezado por el ex ministro de Juan Domingo Perón contra la línea ortodoxa de Lorenzo Miguel, Herminio Iglesias e Italo Luder, quienes manejaban los hilos del partido (su proceso de selección de candidatos, cargos partidarios y recursos).

Sin embargo, más que un año o un momento (por cristalizador que fuera el del 3 de noviembre), la renovación fue un proceso: con marchas y contramarchas, tensiones, y un origen previo a la elección de 1985 y una conclusión más allá de esa fecha.

Previamente, los renovadores venían de irrumpir con resultados distintos en el Congreso Justicialista en el Teatro Odeón (1984) y en los celebrados en la ciudad santiagueña de Río Hondo y la pampeana Santa Rosa, ambos en el primer semestre de 1985. Recién 1986 sería el año de la “organización de la Renovación”, y no estaría exento de tensiones; con la ortodoxia peronista y al interior del sector reformista, tras la emergencia repentina de Menem.

“Mitad de año con grandes problemas para resolver: 1) el proceso interno. Bloqueado por la ‘mafia’ que se atrinchera en no reformar la Carta Orgánica (voto directo, distrito único) y en impedir las elecciones (…) Los 25 en posición rupturista. Los ‘blandos’ (Manolo) en ir como se pueda. La izquierda, por fuera, sueña con un nuevo partido, con darle profundidad y nitidez a la renovación y piensa en el largo plazo”, escribía Cafiero en su diario personal todavía para el 30 de junio de 1986.

 

2. LA RENOVACION FUE UNA EXPERIENCIA BONAERENSE

Lejos de haber sido un fenómeno reducible únicamente a la provincia de Buenos Aires, la tendencia renovadora se replicó en simultáneo en todas las provincias de manera similar. En todas, existió un conjunto de dirigentes que desafiaron a los líderes partidarios locales anteriores y se erigieron en su reemplazo, encarnando nuevas ideas y formatos. Muchas veces, incluso, recayendo como Cafiero en la gobernación de sus provincias respectivas en 1987. Fue el caso de José Octavio Bordón en Mendoza, Jorge Busti en Entre Ríos o Néstor Perl en Chubut.

Todos ellos, en mayor o menor medida, jugaron además un rol partícipe en la renovación nacional, integrando lugares en la cúpula partidaria renovadora, interviniendo en la escena nacional y definiendo su apoyo por uno u otro dirigente, entre otros puntos.

 

3. LA RENOVACION FUE DE FIGURAS

La primera pregunta al pensar en una réplica renovadora para el peronismo hoy no es cómo ni qué cambiar sino a quién. Y más importante aún, ¿por quién? Pero si bien la renovación de liderazgos y de cuadros intermedios fue fundamental en los tiempos cafieristas, también lo fue la transformación de programa, ideas y formas de hacer política que experimentó entonces el peronismo.

El 21 de diciembre de 1985, la corriente renovadora presentaba además de a sus líderes, su documento fundacional “La Renovación Peronista. Un proyecto y una voluntad para transformar la Argentina”, donde anunciaba la inauguración de una etapa de recuperación de “métodos y procedimientos” para “terminar con la confusión ideológica programática, discutiendo de cara al país y con el pueblo las propuestas que nos permitirían volver al poder”. Un protagonista silencioso de ese recambio de ideas fue el Centro de Estudios para la Renovación Justicialista (CEPARJ).

Pero incluso en las formas introdujo un cambio la renovación. El estilo moderado de Cafiero, su compromiso con la discusión democrática de ideas, y en campaña, la introducción de acciones novedosas como la Marcha de la Esperanza, se contrapusieron a las formas del peronismo clásico y lo pusieron a tono con un radicalismo que ya había interpretado los cambios de la sociedad para 1983.

 

4. LA RENOVACION FUE UN FENOMENO AISLADO

Vinculado a lo anterior, vale la pena resaltar que el ímpetu renovador fue no solo un impulso interno de un sector del peronismo sino ante todo, una respuesta obligatoria a un cambio que experimentaba la sociedad, más allá del propio movimiento justicialista.

“La renovación aparece en el justicialismo como una respuesta a las derrotas de 1983 y 1985, pero sus raíces son más profundas. La sociedad pedía un cambio, y una parte del partido lo quería”, describen Marcela Ferrari y Virginia Mellado.

De igual forma, lo planteaba el documento fundacional de la renovación peronista, que se planteaba como “primer atributo” el de “generar en el marco de la democracia los cambios que la sociedad en su conjunto continúa reclamando” y que hasta el momento el PJ no había sabido encarnar.

 

5. LA RENOVACION FUE UN PROCESO DIRIGIDO

A los ojos de la historiografía, la renovación justicialista aparece como un proceso con principio, desenlace y fin, debidamente planeado y armónicamente ejecutado. Sin embargo, como todo proceso histórico, distó de ser así.

Basta recorrer el diario personal de Cafiero citado en su autobiografía para encontrar que fue un proceso con idas y vueltas, roces, tensiones y sin una direccionalidad enteramente impresa por sus protagonistas. “Interpreté el sentimiento generalizado de la militancia y de las bases; además de la opinión pública en general. ¿Están dadas los mismos supuestos con la renovación nacional?”, se preguntaba en las primeras horas de 1986, dos meses después de su triunfal paso al costado del PJ. “Supe dar la impresión, en todo momento, de estar seguro de lo que haría cuando, en realidad, no tenía otro camino a seguir que fuese digno; ni la ‘lista de lujo’, ni ninguna otra variante me dejaba bien parado”, se sinceraba y reconocía también que “los errores de Herminio (Iglesias) fueron catastróficos: si hubiera dado la interna, todo habría sido distinto”. “Y así triunfamos. Ahora quisiera saber cómo sigue la película”, concluía, sin mucha seguridad.

Dos años más tarde, en el momento cumbre de su empresa renovadora, en las primeras horas posteriores a su elección como gobernador bonaerense, la provincia que lo eligiera mandatario y lo pusiera a las puertas de la Presidencia, amanecería empapelada con un cartel tan disruptivo como premonitorio: “Menem Presidente”.

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